miércoles, 9 de mayo de 2018

Bellotas con leche - La sorpresa - J. R. Carrero






   Como un niño tratando de recuperar su pelota en la orilla de un río, Don Carlo estiró los cortos brazos sobre la mesa de billar hasta conseguir, con la punta de los dedos, voltear la cabeza hacia sí. La cogió por los lados levantándola.
   —Sabía que volvería a verte, Toni… Lo sabía —dijo y le plantó un sonoro beso en cada mejilla, luego dejó caer la cabeza en el interior del cubo y se palmeó las manos como si las desempolvara.
   Fabio le miraba intentando mantener la compostura, pero sin mucho éxito, toda la seguridad  mostrada hasta entonces, se esfumó con aquellos disparos.
   —¿Qué te pasa Fabio? Te has quedado de piedra, deduzco por tu cara que no tienes ni idea de por qué me he cargado a esos dos bastardos, en cambio Giuseppe si lo sabe, ¿no es así? —inquirió mirándole de reojo.
   El semblante de Giuseppe revelaba distintos estados de ánimo: consternación, rabia, asombro, pero sobre todo, tristeza, mucha tristeza. Sin embargo, alguien como él no podía exteriorizar algunos sentimientos, se deshizo de ellos y retomó su papel de tipo duro.
   —Sí, lo sé —admitió Giuseppe—.  Tienes trabajo, Petrov —añadió paseando la mirada por los cuerpos sin vida de sus amigos de la infancia.
   El Ruso se puso en movimiento.
   —¿Nunca te has preguntado por qué te dejamos en paz Fabio?—consultó Don Carlo.
   —No, no sé de qué me habla.
   —Sí hombre, sabes perfectamente de qué te hablo, cuando tu querido primo Toni, aquí de cabeza presente —dio un golpecito con la palma de la mano en el canto del cubo—, decidió convertirse en un confidente de la pasma y desaparecer, te buscamos y te trajimos aquí. ¿Te acuerdas, verdad? —Fabio asintió—. Yo mismo me remangué y te propiné una buena paliza. Eran otros tiempos, a menudo bajaba al barro. Además, lo de tu primo era una cuestión de honor, pero tú no soltaste ni una palabra, luego llegaron esos dos cerdos y me aseguraron haberle matado, por eso te dejé marchar. ¿Qué te parece Fabio? Me juraron y perjuraron que estaba muerto. Y hoy, once años más tarde, tú, apareces por aquí con su cabeza dentro de un cubo. Yo quería pruebas, claro, pero Giuseppe confiaba en ellos. ¿Cómo fue lo que me dijiste? —preguntó Don Carlo a su sobrino sin ni siquiera mirarle.
   —Confiaba en ellos… —titubeó Giuseppe.
   —¡Te he hecho una maldita pregunta! —gritó el capo.
   —Que pondría la mano en el fuego por ellos —dijo Giuseppe arrastrando las palabras.
   —¡Exacto! Esas fueron tus palabras, exactamente esas. Pero bueno ese es un tema a tratar en la intimidad, ahora tenemos un invitado.  Me resulta un tanto extraño que justo ahora, cuando estás en apuros, aparezcas aquí con la sesera de Toni. ¿Comprendes Fabio?
   —Yo… No… —flaqueó Fabio.
   Don Carlo levantó su mano derecha indicándole silencio.
   —Supongo que tienes una historia para contarme y tiene algo que ver con el contenido de ese cubo. Adelante, ábrelo.
  Fabio acató la orden de inmediato, abrió el recipiente y el hedor a sangre y descomposición colmó el ambiente, los dos hombres se retiraron hacia atrás abruptamente.
Tapándose la nariz con la palma de la mano, Don Carlo se inclinó hacia delante y miró en su interior.
   El contenido parecía un baturrillo de huevos sanguinolentos, coágulos de sangre seca, trocitos de vísceras y una redecilla de hilos blanquecinos grasientos y viscosos. 
   —¿Qué asquerosidad es esa? —preguntó el capo, casi chillando y con cara de asco.
   Giuseppe se mantuvo firme, evitando la tentación de mirar dentro.
   —Es droga, son bellotas de droga…
   —¿Qué? —interrumpió Giuseppe enérgicamente,  inclinándose y mirando al fondo del cubo.
   —¿Qué pasa Giuseppe?
   —He de hacer una llamada —dijo nervioso mientras sacaba su teléfono y marcaba.
   —Tapa esa mierda Fabio, haz el favor —ordenó Don Carlo señalando el cubo.
   Giuseppe caminaba en círculos, con el receptor pegado a la oreja, esperando nervioso que atendiesen la llamada. Al otro lado de la línea alguien descolgó.
   —Luigi ¿dónde estás? —preguntó a su interlocutor. Escuchó la respuesta y su rostro mostró verdadera angustia.
   —Me lo imaginaba, vente para aquí, ahí ya no puedes hacer nada.
   Giuseppe le hizo un gesto inequívoco a su tío, una combinación de mirada y movimiento con la mandíbula, indicando: Hablemos a solas.  Los dos hombres se retiraron unos metros para mantener una charla discreta.
   En el fondo, Fabio conocía lo que estaba pasando, aunque se negaba a creerlo, la reacción de Giuseppe al saber que era droga y aquellas palabras: Ahí ya no puedes hacer nada, sólo llevaban por un camino, pero no, no podía ser cierto.       
          De todas formas ya nada podía hacer, las cartas estaban sobre la mesa.        Entretanto, Petrov había arrastrado los cadáveres de los Pavesi a su esquina, tenía el cuerpo sin vida del Palmeras encima de un banco de abdominales y lo envolvía meticulosamente con un gran rollo de film transparente de embalaje.
   Tras unos minutos de conversación Don Carlo y Giuseppe ocuparon de nuevo su posición en la mesa de billar.
   —Bueno Fabio, cuéntamelo todo  —propuso el Don.
   —Debería saber, Don Carlo, que yo no sabía nada de mi primo hasta ayer por la tarde, cuando me llamó por teléfono —Fabio hizo una pausa, esperando la aprobación del capo, pero no obtuvo nada—. En realidad es bastante sencillo… como le he dicho antes, yo no sabía nada de él desde…
   —Quieres ir al grano de una vez —estalló Giuseppe.
   —Está bien, según me contó, había sido testigo protegido durante un tiempo,  luego le dejaron tirado y ahora era taxista en Roma. Me dijo que un mula subió a su taxi, empezó a vomitar bellotas y se lo cargó. Me pidió ayuda, quería que yo vendiese la droga para fugarnos, quedé con él y le maté, luego le saqué la droga al mula y bueno… aquí estoy.
   —¿Preferiste traerme la cabeza de tu primo y la droga para saldar tu deuda antes que fugarte con él?
   —Así es.
   —¡Vaya! Eso te honra Fabio, es una muestra de lealtad increíble, no puedo dejarla pasar por alto.
   —Gracias Don Carlo.
   —Pero tenemos un pequeño problema amigo, uno de nuestros hombres está ahora mismo de vuelta de un hotel donde había quedado precisamente con ese mula. Quiero decir que esa droga es mía y por lo que a mí respecta, la cosa está así: Tú me has traído un regalo, por el cual te doy las gracias, pero para saldar tu deuda me entregas algo mío, por lo tanto me sigues debiendo treinta de los grandes. ¿Qué hacemos ahora, Fabio?  Menudo dilema, ¿eh?
   Fabio se quedó mudo, su rostro ya de por si arrugado por años y años de excesos, pareció envejecer un lustro en apenas unos segundos. Abría y cerraba la boca con lentitud, intentando decir algo, pero sus cuerdas vocales  no emitían ningún sonido.
   —¿Cuántas hay? —preguntó Giuseppe —¿Cuántas bellotas le sacaste?
   —No… No sé… —Consiguió balbucear Fabio con voz áspera— Treinta y cinco o cuarenta, más o menos.
   —¡Joder!  Debería haber cincuenta y tres. ¿Qué hiciste con el cuerpo?
   Fabio estaba a punto de echarse a llorar como un niño sabedor de que no saldría bien parado.
   —¡Contéstame, maldita sea!

   —Lo quemé todo.
   —¡Mierda, mierda, mierda!
   —Bueno, bueno, calmaros los dos—intervino Don Carlo, se le veía tranquilo, era evidente que las cantidades de las que estaban hablando no le inquietaban lo más mínimo—. No debes olvidar Giuseppe que la intención de Fabio era buena, pretendía pagarnos y además me ha traído un buen regalo.
   El capo caminó alrededor del billar, fue hasta Fabio y con suavidad, casi acariciándolo le pasó la mano por la espalda, Fabio sintió un inquietante escalofrío. Mientras le guiaba hacia el mueble bar, hablándole solo a él en tono amigable, le dijo:
   —Voy a necesitar un poco de tiempo para tomar una decisión Fabio, no me lo has puesto nada fácil. Mientras tanto quédate aquí, puedes tomarte una copa y relajarte. ¿De acuerdo?
   Fabio aprobó nervioso pues no le quedaba otro remedio. Don Carlo y Giuseppe caminaron hacia el montacargas.

   El domingo era el día más agitado para Vangof, durante toda la tarde desfilaban por el club casi una veintena de camellos, entregaban la recaudación del fin de semana y reclamaban su parte. Eran horas de contar y contar billetes, discusiones y probablemente, alguna que otra advertencia más seria, en la cual, debía sacar los puños a pasear. También empezaba a elaborar la lista para la timba del martes, eso le suponía cerca de quince llamadas telefónicas. A estas tareas, se le añadía alguna de las chicas rezagadas  queriendo cobrar sus honorarios de la noche anterior y para colmo, estaba lo de Lisa, llevaba todo el día intentando localizarla sin ningún resultado.
   Por supuesto, los domingos El Yesero se tomaba el día libre, al menos hasta que el trabajo estaba hecho, a última hora aparecía por allí, repasaba las cuentas con su secretario y recogía el dinero.
   Entre camello y camello, Vangof encontró un hueco para llamar a Lisa por trigésima vez, esta vez contestó a la primera.
   Después de una brevísima conversación, Vangof colgó, pero antes de separar la mano del aparato este volvió a sonar, recibía un mensaje de Luigi:
   Tu mujer no está en el hospital, va todo bien? Seguramente te llame mi padre, activa el sonido
   Por alguna razón inexplicable, cuando a Vangof  le atacaban los nervios le empezaba a picar la oreja, la que le faltaba. El cartílago no estaba allí pero él podía sentirlo. Con tanto ajetreo se había olvidado por completo de Raúl.
   El mensaje de Luigi le confirmaba que algo andaba mal. Comenzó a rascarse el muñón fuertemente con las uñas, mientras extraía del primer cajón del escritorio el viejo Nokia 3310.  Con mi padre, Luigi se refería a su jefe y con activa el sonido, a la línea telefónica segura acordada con anterioridad.
   Encendió el Nokia y lo dejó sobre la mesa, acto seguido cogió el ratón y lo movió frenéticamente, en la pantalla apareció el mapa de Italia con el puntito rojo, amplió la imagen y sintió un poco de alivio al ver la ubicación actual de Raúl, era la dirección del Nonno Giuseppe. Continuaba rascándose mientras se exprimía los sesos intentando descifrar qué podía haber pasado. «Si Raúl está en el Nonno, la droga está allí, pero algo no cuadra, lo acordado era que se encontrasen en el hotel…»
   En esas cavilaciones andaba, cuando el viejo Nokia sonó con una cancioncilla animosa, antes de contestar dejó de rascarse por un momento y se miró la mano, tenía la yema de los dedos manchadas de sangre.
  —¿Diga?
   —Han  interceptado el pedido antes de llegar al hotel, hemos podido recuperar parte de la mercancía pero no toda, así que las condiciones de nuestro acuerdo han cambiado por completo. Necesito saber dónde está la capsula GPS. ¿Lo puedes mirar?
   —Sí, lo tengo en frente, el ordenador me indica que está en el Nonno.
   —Vale, hazle saber a tu jefe que a partir de este momento los términos para solucionar esta situación los ponemos nosotros. No cabe ninguna negociación.
   —De acuerdo.
   —Una cosa más, ¿Cómo puedo diferenciar la capsula GPS de las demás?
   —Bueno… es roja.
   —Te volveré a llamar.
   Vangof  cortó la comunicación e inconscientemente su mano fue hacia la oreja.  La que ya no estaba.
Ras, Rass, Rasss

                                                                                         CONTINUARÁ...

J. R. Carrero

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