lunes, 26 de febrero de 2018

Bellotas con leche - El regalo - J. R. Carrero





   
   Bajo el conocido y afamado restaurante Il Nonno Giuseppe, estaba ubicado el cuartel general de la familia Longo. Dicho establecimiento abrió sus puertas durante el frío invierno de 1921, con la única intención de proporcionar una tapadera a Giuseppe Longo, el que fue hasta el fin de sus días, un gran mafioso y abuelo de Don Carlo.  Al principio fue una humilde posada, que pronto se convertiría en el juguete preferido del dueño, donde iban a parar todas las inversiones, ampliándolo y contratando a los mejores chefs de la zona. Hasta ser todo el edificio de su propiedad y al Nonno, con tanto prestigio, acudían con regularidad grandes personalidades de la alta esfera napolitana. Era sencillo ver disfrutando de un buen vino y de sus deliciosos fetuccini a la putanesca  a peces gordos de la política, actores, presentadores o jugadores de fútbol, entre otras personas adineradas. En el Nonno  se fraguaban todo tipo de negocios, algunos legales y otros en cambio de lo más perversos y fraudulentos. Sin embargo, el restaurante mantenía intacto el propósito para el que fue creado.
   Como cualquier otro domingo a mediodía, el salón presentaba un aspecto inmejorable, los camareros perfectamente uniformados, caminaban garbosos entre las mesas, sirviendo carísimos caldos o grandes platos humeantes de suculentos manjares. En un reservado un tanto alejado del murmullo general de la sala, Don Carlo disfrutaba de una copiosa comida en compañía de su esposa, —una ostentosa y esbelta rubia, veinte años más joven que él—, su queridísimo sobrino y heredero al trono, y la prometida de éste. Don Carlo era un hombre menudo y regordete, de grandes mofletes y rostro amigable, estaba casi calvo, salvo por un penacho de pelo negro y liso que le cubría parte de las orejas. Si Raúl hubiese coincidido con él antes de morir, no hubiese tardado en sacarle un Parecido Razonable con Dani De Vito.
   El Don, nunca tuvo descendencia, algo no funcionaba bien allá abajo, no obstante, el destino quiso que su hermana Antonella muriese en el parto de su primer y único hijo. El padre de la criatura, un alcohólico empedernido, mujeriego y maltratador, apareció muerto en extrañas circunstancias una semana después de enterrar a su esposa. Suicidio dijeron.
   Don Carlo se apropió legalmente de Giuseppe, pues así lo llamaron en honor a su bisabuelo, prolongando el apellido Longo al menos una generación más.
   Mientras en el comedor de la planta superior, los comensales disfrutaban de lo lindo, abajo, en las entrañas del edificio, cualquier atisbo de glamur desaparecía como un conejo en la chistera de un mago. Allí, en una esquina, envuelto por una luz mortecina y unas paredes deslucidas y mohosas, Petrov, de nacionalidad rusa y mudo de nacimiento, fortalecía sus bíceps levantando pesas de treinta kilos.
   El Ruso era un hombre grande, con un corte de pelo al estilo militar, mandíbula pronunciada, facciones rudas y por qué no decirlo, bastante corto de entendederas. Esto no impedía que las cosas le fuesen bien, él se limitaba a obedecer órdenes.
   A escasos metros de donde se encontraba Petrov, los hermanos gemelos Pavesi, amigos de la infancia del sobrinísimo, jugaban al billar. Filippo trataba de meter la bola negra en el agujero correspondiente, de nuevo erró el tiro y Francesco rompió en una estridente carcajada que semejaba la risa de una hiena. Filippo apodado El Palmeras por su gran afición a las camisas hawaianas, lanzó el taco sobre el tapete y a grandes zancadas fue hacia el mueble bar. Los Pavesi formaban un dúo un tanto curioso, a pesar de ser gemelos de treinta y pocos años, nariz inmensa y puntiaguda, una boca grande y larga en la que podría coger un lápiz en horizontal y medir los dos exactamente un metro y ochenta centímetros, se les distinguía con facilidad. Filippo lucía una larga coleta de pelo castaño y vestía siempre trajes de colores en tonos pastel a juego con sus camisas, en cambio su hermano tenía el pelo rapado y acostumbraba a ir en chándal.  En aquél momento, Francesco estaba concentrado, con la mirada fija en la bola blanca, cuando escuchó una serie de fuertes golpes provenientes de la puerta de arriba, la que daba al callejón sin salida de las basuras. Alguien quería entrar en la guarida del lobo.
   Los hermanos se sostuvieron la mirada por unos segundos, hasta que con un bufido Francesco soltó el palo. Subió por la herrumbrosa escalera, que le llevó a la vieja puerta de pino macizo, movió la palanca liberando las aspas de la antigua mirilla de bronce, y pudo ver el rostro del visitante. Sólo era Fabio, así que le abrió y despreocupado bajó las escaleras.
   —¿Has conseguido la pasta? —preguntó.
   —Algo así —contestó tranquilamente Fabio mientras accedía al mismo lugar donde apenas treinta horas antes, un trío de jotas le dejaba en bancarrota.    
   Para la ocasión había escogido su mejor vestuario, que no era más que un viejo y raído traje de pana beige y una camisa blanca. Su semblante era seguro y al mismo tiempo tenso.
   —¿Algo así? Sólo, algo así… no creo que baste con eso Fabio —apuntó Filippo y le dio un trago al gin-tonic que acababa de preparar.
   Fabio no contestó de inmediato, con parsimonia sacó la cajetilla de tabaco del bolsillo de su camisa, extrajo un cigarrillo, se lo llevó a los labios y lo encendió. Los hermanos le miraban extrañados, por algún motivo que no llegaban a comprender Fabio se mostraba desafiante.
   —Quiero ver al jefe —dijo al fin, expulsando una gran bocanada de humo blanco.
   —¿Qué bicho te ha picado? Sabes de más que este tema lo llevamos nosotros, si no tienes la pasta lárgate y búscate la vida, todavía tienes tiempo antes de que me arrepienta —amenazó Francesco señalándole.
   —Creo que no me he explicado bien, Fran, lo que trato de decirte es que solicito audiencia con Don Carlo.
   El Ruso arqueó las cejas y levantó la mirada, los hermanos quedaron estupefactos por unos segundos.
   —Vamos Fabio, no digas tonterías —intervino Filippo con tono conciliador—, sabes como suele acabar eso. Hombre, todavía tienes tiempo, vete y vuelve mañana por la mañana con la pasta.
   Solicitar audiencia con el capo era una norma no escrita en la familia. Si en algún momento se hubiese plasmado sobre un papel diría algo así: «Todo aquél que contraiga una deuda con la familia y no esté en disposición de saldarla en el plazo determinado, podrá pedir Chattare, en este caso Don Carlo escuchará al solicitante y tomará una decisión al respecto».  
   Las pocas veces que ello había ocurrido, solía ser una sesión de súplicas por parte del interesado, que acababa con sus huesos en el fondo de un lago.
   —Solicito audiencia con Don Carlo —exclamó Fabio elevando un poco el tono de voz.
   —Joder, esta va a ser sonada —auguró Filippo, y lo cierto es que no se equivocaba ni un pelo.
   —Está bien, está bien. Es tu decisión, adelante con ello —desistió Francesco, que continuaba  mirándole mientras cogía el teléfono, esperando ver algún gesto de arrepentimiento, pero Fabio se mantuvo impasible.

   La cucharilla de Don Carlo viajaba del plato a su boca cargada de un exquisito tiramisú cuando el teléfono móvil de Giuseppe vibró sobre la mesa. Éste desbloqueó el teléfono y de inmediato le cambió la cara, gesto que no pasó desapercibido para su tío.
   —¿Algún problema? —preguntó Don Carlo limpiándose los labios.
   —Me temo que sí —dijo y deslizó el teléfono para que su tío pudiese leer el mensaje:
                   Ha venido Fabio, solicita audiencia con Don Carlo
   Don Carlo no dijo nada ni mostró reacción alguna, simplemente continuó comiendo con tranquilidad.
   —Pediros unas copas chicas, Giuseppe y yo debemos ocuparnos de un asunto  —Se disculpó una vez el tiramisú quedó reducido a migajas.
   Los dos hombres se levantaron al unísono, caminaron por el lateral del salón y se introdujeron en la cocina. Los cocineros, pinches, camareros y friegaplatos, se apartaban sorprendidos a su paso. Al fondo de la estancia, ambos entraron en un viejo montacargas.
   —Ese Fabio, ¿es quién yo creo que es?
   —Sí.
   —¿Cuánto nos debe?
   —Treinta mil, se le fue la cabeza en la timba del viernes.
   —Bueno, escucharé lo que me tenga que decir.
   El sonido chirriante del elevador anunció la inminente visita, el Ruso soltó las mancuernas y se puso en pie, los Pavesi fueron a recibirle y Fabio quedó a la espera junto al billar. Don Carlo entró en el sótano seguido de Giuseppe, divisó a Fabio y fue a su encuentro.
   —Buenas tardes querido Fabio, hacía mucho tiempo que no sabía nada de ti —dijo y le tendió una mano blanda adornada con un gran anillo de oro.
   —Es un honor para mí que me reciba Don Carlo, le estoy muy agradecido —declaró rodeándole la mano con las suyas e inclinando la cabeza.
   Después del saludo, Don Carlo tomó posición al otro lado del billar, Giuseppe  se situó a su lado, los hermanos quedaron unos metros detrás de Fabio y el Ruso permaneció de pie en su esquina.
   —Bueno Fabio, has solicitado mi presencia y aquí me tienes, te escucho.
   —Gracias Don Carlo, como usted ya sabrá, el viernes perdí todo lo que tenía, no sólo eso, además dejé a deber una gran cantidad de dinero a sus hombres. Estoy aquí hoy para saldar mi deuda, no he podido reunir el dinero pero lo que tengo bien podría superar con creces mi cuenta. Antes de eso, me haría muy feliz que aceptase un regalo, —Fabio introdujo su mano en el bolsillo interior de la americana, Giuseppe hizo ademán de sacar la pistola—. No hay de qué preocuparse, sólo quiero sacar mi móvil, le mostraré una foto, tanto el regalo como el pago de mi deuda están en el coche.
   Giuseppe miró a su tío y éste asintió, Fabio sacó el teléfono, buscó la fotografía y estiró el brazo hasta que la pantalla quedó a escasos centímetros del capo.
   Don Carlo la miró unos instantes, hubo un levísimo gesto en su entrecejo que mostró sorpresa y un brillo de rabia en sus ojos. Fabio guardó el teléfono.
   —¿Y dices que está en el coche?
   —Así es.
   —Petrov, acompaña a Fabio al coche —mandó Don Carlo.
   El Ruso y Fabio se encaminaron hacia la escalera.
   Giuseppe y Don Carlo giraron sobre sus talones e intercambiaron unas palabras entre susurros, luego se volvieron hacia los Pavesi.
   —Dadme vuestras armas chicos —ordenó Giuseppe dirigiéndose a los hermanos—, es probable que la cosa se ponga fea y no quiero un tiroteo aquí. Si alguien va a disparar será Don Carlo.
   Los hermanos avanzaron hasta la mesa y dejaron sus pistolas sobre el tapete: un revolver del 38 y una automática.
   —Ponle un silenciador a esa y guarda la otra —ordenó Don Carlo a su sobrino.
   Llamarón a la puerta y Filippo fue a abrir. El Ruso portaba los dos cubos blancos con tapadera, perfectamente limpios, Fabio le seguía.
   —Déjalos aquí encima Petrov, Gracias.
   El Ruso obedeció, uno de los cubos estaba marcado en rotulador negro con una gran X en la tapa.
  Fabio avanzó hasta la mesa, en seguida advirtió el arma dispuesta sobre el tapete, delante de Don Carlo.
   —Supongo que éste es mi regalo, ¿verdad? —preguntó el capo señalando el cubo marcado con la X.
   Fabio asintió.
   —Ábrelo.
   Así lo hizo, el plástico emitió chasquidos huecos al desprenderse de sus muescas, dejó la tapadera a un lado y arrastró el cubo unos centímetros hacia Don Carlo. El hombre miró en su interior, sólo él podía ver el contenido y así quedó aproximadamente un minuto. Deliberando.
   —Sácala —dijo al fin.
   Fabio se acercó el bulto, metió la mano en forma de garra dentro, hurgó un poco y extrajo la cabeza cercenada de su primo. Agarrándola por el pelo, la alzó hasta que estuvo a la altura del capo.
   —Es un buen regalo Fabio —admitió el Don con una sonrisa en los labios.
   En ese momento el adhesivo de la peluca perdió toda su efectividad con un sonido raspante, Fabio se quedó sosteniendo una mata de pelo sintético y la cabeza cayó sobre el tapete verde, rodó un par de veces y quedó mirando a los Pavesi con ojos secos que casi se salían de las cuencas, tenía la boca abierta sin un solo diente y la calva sonrosada. La reacción de los Pavesi fue idéntica, el parecido entre ambos resurgió como una llama, los dos quedaron estupefactos y nerviosos.
   Don Carlo asió la pistola y disparó dos veces seguidas, las balas silbaron por el aire, Fabio las escuchó con nitidez por su lado derecho. Impactaron en el pecho de Filippo y la camisa hawaiana se tiñó de rojo en cuestión de segundos. Mientras el Palmeras caía, Don Carlo apuntó a Francesco y efectuó otros dos disparos.
   Los Pavesi nacieron y murieron  juntos. Cosas del destino.
   Fabio notó como unas gotas calientes humedecían sus calzoncillos, estaba paralizado, no entendía nada de lo que acababa de ocurrir.

                                                           
                                                                              CONTINUARÁ...


J. R. Carrero




4 comentarios:

  1. Me he quedado como Fabio, pero sin las gotitas. Espero que en la próxima entrega, desveles el misterio que recae sobre los hermanos Pavesi. Esta historia cada día me gusta más, gracias por compartirla con nosotros. Un abrazo y feliz semana.

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  2. Tu istoria cada ves me engancha más y me quedo esperando la próxima entrega para saber más de esta intriga.un saludo
    Y que tengas feliz semana

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  3. Menuda peña!,... estupenda continuación J.R. Carrero,... por por favor,... tenemos ganas del desenlace... jajaja. Buen fin de semana!

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  4. Gracias por vuestros comentarios, ya estamos cerca del desenlace final.
    Deseo que os guste.
    J.R.CARRERO

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