viernes, 26 de enero de 2018

La historia de un nombre (Parte I) - Benjamín J. Green







Recuerdo adormecido

“Las leyes de los dioses dicen que una vez que el nombre de un recién nacido traspasa la barrera de los dientes de su padre o de su madre, no puede ser retirado ni cambiado, porque la maldición perseguirá a ese niño el resto de su vida, haciendo de su pasar por el tiempo adjudicado en este duro mundo, un infierno de desgracias, padecimientos e infelicidades.”

Esperando en la consulta del dentista, leía un libro sobre las tan humanas vidas de las antiguas deidades griegas, cuando me topé con este pasaje, despertando en mi memoria, una sórdida historia familiar que había estado cogiendo polvo en alguna estantería de mi mente. Digo familiar, porque mi nombre tiene una historia curiosa, triste, y desde ese momento, puede que hasta preocupante.

                                                    
                               
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Mi bisabuelo materno se llamaba Benjamín. Había tenido una prolífica descendencia: cuatro hijos y cinco hijas, y por aquel entonces, lo normal en muchos de los pequeños pueblos españoles, era poner el nombre del padre a alguno de ellos. Pero en este caso y para desdicha suya, ninguno de sus hijos y nietos, se llamaba como él.

Contaba con cincuenta años y era viudo desde hacía un lustro, cuando protagonizó un escandaloso episodio que paso a relatarles, relegando su nombre al más profundo de los olvidos.

Fue una cálida noche de primavera del año 1.928, en un pequeño pueblo de la provincia de Albacete, pegado al río Júcar. Donde las buenas gentes del lugar, la mayoría eran campesinos honrados y piadosos, dormían el sueño de los justos. Todos no, si alguien hubiese mirado desde una ventana de las casas más altas del pueblo a las tres de la madrugada, habría podido ver una sombra escurridiza que iba de casa en casa por los tejados, apareciendo y desapareciendo, esquivando chimeneas y aleros, parándose de tanto en tanto a tomar aliento.

Probablemente ese vecino, se persignaría encomendándose a todos los santos, convencido de que el diablo andaba suelto. En aquellos tiempos, las gentes sabían, que el oscuro y sus acólitos, merodeaban por las techumbres, intentando entrar en las moradas de los creyentes por algún hueco sin bendecir.

Pues no, no era el diablo. Sólo era un hombre que iba al encuentro de su amante que vivía cinco o seis edificios más allá. Ella era casada y su marido trabajaba en Francia, viniendo a verla dos o tres veces al año a casa de su hermano donde se alojaba. Casualmente, amigo íntimo del amante furtivo.

El hombre accedía al aposento de su amada por uno de los aleros del patio, donde una pequeña cancela permitía los encuentros secretos.

Cada casa del pueblo, disfrutaba de un patio interior, que ofrecía fresco en verano y retenía el calor procedente de las habitaciones superiores en invierno. Engalanado con una fuente, mesa, sillas y macetas. Y en la parte superior, un pequeño avancé de fina madera de quita y pon, para protegerse de los rayos del sol de verano, y que se retiraba en invierno para obtener más luz.

Llegando el conquistador a su destino, no se dio cuenta de que el avancé estaba colocado, debido a las altas y tempranas temperaturas de aquel año. El liviano entramado, no estaba hecho para soportar el peso de una persona y la mala suerte quiso que tropezara, lo que le llevo a apoyar el pie sobre el frágil tejadillo de madera. Al pisarlo se rompió, y el hombre se precipitó al patio desde el segundo piso.

Cayó sobre la mesa rompiéndola pero salvando los huesos, o eso creía él. Intentó levantarse medio mareado por el golpe, sin ser consciente de la situación, hasta que unas voces airadas y un garrotazo en la espalda que lo volvió a tumbar en el suelo, lo hizo tomar conciencia de repente, de la cruda realidad en la que se encontraba. Hermano y sobrinos de su amante, lo estaban apaleando a base de bien.

Ella les gritaba:

—¡Vais a matarlo! ¡Parad! ¡Parad! Lo conozco y viene a verme.

Estas palabras frenaron la paliza, que de haber seguido, habría acabado muy mal para el Casanova que ya estaba medio inconsciente, sangrando y con algunos huesos rotos.

Efectivamente, cuando alguien trajo un candil, el dueño de la casa lo reconoció: era su amigo Benjamín. Por aquella época, encamarse con una mujer casada, aunque uno fuera viudo, podía convertirse en una ofensa de sangre, era un asunto muy serio.

El ser amigos de toda la vida, salvó a mi bisabuelo del garrotazo final. El patriarca lo echó de su casa con cajas destempladas, dando por finiquitado cualquier lazo de amistad.

Mientras tanto, en la calle se habían congregado los vecinos alertados por la algarabía y el griterío. Hacía muchos años que no se montaba un escándalo de tal magnitud en la pequeña comunidad rural, concretamente desde hacía tres décadas, cuando la madre del tuerto, ya entrada en años, se fue tras un romancero mucho más joven, llevándose a la mula.

Entre los presentes, estaban los hijos e hijas del Don Juan, que estupefactos, vieron abrirse la puerta de la casa y salir al padre con signos de haber recibido una tremenda tunda que casi no podía caminar. Lo recogieron y se lo llevaron a casa para curarlo y esconderlo, bajo las chanzas y burlas de los vecinos.

La familia se sintió avergonzada del comportamiento del abuelo y se preguntaba con aprensión, qué iba a pasar al regreso del marido traicionado. Quiso el destino que no lo hiciera jamás, enviándolo a mejor vida, ignorante y coronado por magna cornamenta, a causa de un accidente laboral. Dejando viuda a la amante.

La convalecencia del enfermo, se prolongó varios meses, obligándolo a guardar cama y a soportar con estoicismo las largas charlas de Don Venancio, que como buen cura del pueblo, tenía la ardua faena de devolver toda oveja descarriada a su redil.

La familia de ella, furiosa y avergonzada, mandaron a la adúltera con una tía abuela que vivía en la capital.

De no ser por el incidente y la consiguiente oposición de las familias implicadas, mi bisabuelo hubiese tenido una vida diferente, menos solitaria y más acorde a su temperamento aventurero. Se encerró en sí mismo, comunicándose con los suyos por obligación y con el pesar de que ninguno de sus nietos se llamara como él. El clan se sentía tan abochornado que decidieron borrar su nombre del árbol familiar.

Entre silencios fueron pasando los años, hasta que apareció mi padre.



                                                                                        Continuará...



Benjamín J. Green



5 comentarios:

  1. Lo que esconde un nombre, menudo carácter debió ser tu bisabuelo, eran de otra pasta. Muy buena historia, quedo pendiente de la segunda parte. Muchas gracias por traerla. Un abrazo.

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  2. Me ha encantado esta historia, desde luego Benjamín, a su manera, era un intrépido aventurero. A la espera de la próxima entrega. Saludos.
    J.R.Carrero

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  3. Me ha encantado la historia. Antiguamente estas cosas parece que pasaban con bastante frecuencia.

    Un saludo Benjamín

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  4. Una historia de enredos muy divertida, a ver como acaba...Me ha gustado mucho Benjamín.

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  5. Muchas gracias por vuestros preciados comentarios, siento la tardanza, pero llevo una semana de miedo. Ahora mismo estoy con la segunda parte, gracias por vuestra paciencia.

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