jueves, 4 de enero de 2018

Encuentro casual - Violeta Evori








El gran deseo de Mario siempre fue viajar a Nueva York, desde que un domingo sus padres le llevaron siendo niño, al cine de su barrio a ver la película: Solo en casa.

Al salir de la proyección, decidió que cuando se hiciera mayor ese sería su objetivo. Nada ni nadie, frenaría el ímpetu que había experimentado sentado en la oscuridad de la sala.

Pasados los años, recordó que no había realizado su proyecto y eso motivó que una tarde de intenso frío cercana a Navidad, se pusiera el abrigo, la bufanda, una gorra de lana y unos guantes de piel, para dirigirse a una agencia de viajes donde le organizarían el trayecto y estancia en la gran metrópoli.

Aparcó el coche y antes de entrar al centro comercial, se detuvo a contemplar cómo los empleados del ayuntamiento, encaramados en largas escaleras, colocaban las luces decorativas entre las farolas.

«¡Este año él no estaría presente!» pensó.  

Desde que murieron sus padres, Mario no tenía lazos que le ataran a ninguna persona y menos aún en esas fechas, las cuales pasaba cada año solo entre las cuatro paredes de su casa: cenaba ligero, miraba un rato la televisión y se iba a dormir, sabiendo que había muchas personas que estaban todos esos días rodeados de amigos y familiares.

Con aquellos pensamientos se distrajo y al dar los primeros pasos, notó algo enganchado a su abrigo que le impedía avanzar, por lo que casi estuvo a punto de caer al girarse.

Se paró para observar a una niñita con la cara sucia, el pelo totalmente enmarañado y cubierto de nieve, que en aquel momento, caía en grandes copos. Vestía andrajosamente, e intentaba llamar su atención extendiendo el brazo hacía él, en clara señal de pedirle una limosna.

La pequeña que tenía los ojos entornados, llevaba las manos escasamente cubiertas por unos guantes con grandes agujeros, por los que Mario pudo vislumbrar los menudos dedos que parecían a punto de quebrarse y además, se fijó en los zapatos rotos que calzaba. Del bolsillo de su abrigo sacó unas monedas para dárselas y, cuando la criatura fue a cogerlas, sus miradas se encontraron. Mario quedó paralizado, pues reconoció en su rostro, ciertos rasgos que le recordaban a alguien muy importante de su juventud.

¡Esos ojos! —exclamó el hombre.

Eran iguales, idénticos a los de Lucía. Su primer y gran amor, la joven que cuando él se preparaba para iniciar su carrera de notario, sin darle ninguna explicación le abandonó y de la que no había vuelto a tener noticias.

Al alzar la mirada al frente, distinguió en un banco a una mujer encogida y arropada bajo una manta a cuadros rojos y negros, que apenas le cubría medio cuerpo. Ella al sentirse observada, levantó la cabeza, miró a la niña y le hizo una señal para que acudiera a su lado.

María ven aquí.

Sí mamá.

El corazón de Mario se detuvo al escuchar aquellas palabras, aquella voz. Su mente quedó noqueada por un instante.

Igual que el de Lucía, que también le había reconocido y, en un momento, afloró a su rostro todo el color que hacia tanto le faltaba.

Mario se olvidó por completo del motivo que le había llevado allí.

Reponiéndose, cogió a la niña de la mano y se acercaron a su madre, sin atreverse a mirarla.

En una fracción de segundo el pasado se agolpó en el corazón de Mario,  más a pesar de todo, no sintió ningún rencor, por lo que el perdón emergió de inmediato de su alma y el tiempo se detuvo hasta regresar al día anterior a la huída de Lucía.

No hizo falta hablar nada. Intuitivamente se quitó el abrigo, las cubrió y los tres se encaminaron al lugar donde Mario había dejado el coche.

Lucía supo que había llegado la hora de explicarle la verdadera historia de María, la niña que feliz y sonriente,  caminaba entre ellos… ¡Sus  padres!

«Adiós a mi viaje a Nueva York» pensó Mario, por fin este año pasaría las fiestas acompañado.

—Adiós al hambre, al frío, a deambular por las calles… —susurró casi imperceptible para sí Lucía, tampoco ellas las pasarían solas a la intemperie.




Violeta Evori



6 comentarios:

  1. Bonito relato Violeta.
    Muy a menudo esta vida es un pañuelo.
    J.R.Carrero

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  2. Gracias Fina por traernos esta brisa de aire fresco. Es una buena historia para estas fiestas que ya acaban, donde manifiestas la parte oscura que se siente en ellas, menos mal que tiene un final feliz. Me ha gustado mucho y agradezco que nos lo hayas traído. En espera de más te envío un abrazo.

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  3. Hola Violeta, me ha gustado mucho este agridulce relato, un final de película, me ha encantado, te deseo unos felices reyes, un saludo.

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  4. Bonito relato navideño, Violeta. Para muchas personas la Navidad puede llegar a ser una tortura. Ver la felicidad en los demás multiplica la propia tristeza de quien está solo. De repente, dos (o tres) almas solitarias se tornan una familia gracias a la casualidad y una mirada al pasado. Gracias por tu relato, que se escribe en horas y se consume en segundos. Felicidades.

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  5. Hola Violeta un relato muy bonito me a gustado mucho
    que tengas buen fin de semana

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  6. Muchas gracias por vuestros comentarios!

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