martes, 30 de enero de 2018

Bellotas con leche - Taxi & Rock - J. R. Carrero








   La cuarentona avinagrada había carraspeado, tosido y llamado al chico en numerosas ocasiones; empezaba a sospechar que estaba muerto. Buscaba nerviosa entre los pasajeros que se levantaban y recogían sus equipajes de mano a alguna azafata para comunicárselo, cuando Raúl abrió los ojos muy despacio.
   —¡Ya era hora, pensaba que estaba en el otro mundo! —exclamó la señora con cierto alivio.
   Sus palabras no obtuvieron ninguna respuesta, pasaron a formar parte del aire sin que nadie las escuchase. Raúl no sabía dónde estaba ni qué debía hacer. Se sentía fuera de su propio cuerpo. Las articulaciones, los músculos, los párpados, lo tenía todo completamente relajado a excepción del estómago, allí dentro era como si dos perros rabiosos peleasen sin tregua por hacerse un hueco. Sus capacidades cognitivas, no empezaron a funcionar hasta pasados más de treinta segundos. Ajeno a la mirada asustadiza que su compañera de viaje le dedicaba, comenzaron a amontonársele recuerdos en forma de imágenes desordenadas: «la cocaína, el Yesero, Marilyn, Vangof, el poli del traje negro… ¿Dónde estaba? ¿Nápoles? No, no, era Roma, estaba en Roma, lo habían cambiado a última hora, los dolores, la poción mágica… ¡Mierda las pastillas! ¡Estoy drogado, joder!»  Profirió para sí y le entraron las prisas.
   Debía de salir de allí lo antes posible. Con ambas manos y fuerza, agarró los reposabrazos se levantó muy poco a poco, temiendo que las piernas no le respondiesen. No fue así, respondieron. Sin embargo, no tenía la sensación de ser él quien las manejase. Era como si flotase, como una marioneta a la que manipulan unos hilos invisibles. Ahora eso carecía de importancia, tenía que irse.
   Gran parte del pasaje ya había abandonado el avión, lo que hizo más sencilla la tarea de encontrar su mochila, la cogió y se la colgó a la espalda sin ni siquiera notar el peso.
   Comenzó a andar a través del pasillo enmoquetado de azul marino y por un instante creyó que estaba caminando sobre el mar.
   —Estás colocado Raúl. ¡Joder, contrólate! —masculló y por primera vez pensó, en qué aspecto tendría de cara al exterior. Levantó la mirada con lentitud siguiendo la línea vertical del pasillo, hasta que sus ojos encontraron a la azafata encargada de despedir a los viajeros. La chica le miraba a escasos tres metros de él y le sonreía con complacencia, su rostro no expresaba ninguna anomalía.
   Esto tranquilizó a Raúl que se dirigió hacia ella utilizándola como guía para mantener un trazado recto al caminar.
   Cuando estuvo a su altura, la muchacha incrementó su sonrisa calculada y le dedicó unas palabras de despedida, pero Raúl no estaba, él flotaba y flotaba, y en su cabeza sólo existían dos palabras que de tanto repetirlas perdieron su significado y se convirtieron en un murmullo mental:
   «Caminar erguido caminar erguido caminar erguido
caminarerguidocaminarer…»
   Abandonar el aeropuerto de Roma, no supuso ningún problema más allá de la disputa interior que Raúl tenía en conservar la calma. Mientras avanzaba, los dolores estomacales parecieron remitir un poco, aun así, de vez en cuando lanzaban punzadas que de momento soportaba.
   Un par de policías situados en una de las puertas de salida, le observaron durante un instante, le reconocieron y se apresuraron en desviar la mirada. 
   En el exterior, el sol descarado de media tarde, le recibió luminoso y brillante. Estornudó dos veces seguidas y el dolor abdominal fue tan profundo que a punto estuvo de caer de rodillas, consiguió mantener el equilibrio con un breve tambaleo, pero los perros rabiosos de sus entrañas se habían vuelto a despertar, y peleaban más feroces que nunca.
   Caminó lánguido hacia la zona reservada a taxis y se introdujo con torpeza en el primero de la fila. El ambiente en el interior era espeso, casi masticable, un revoltillo de distintos olores se coló por sus fosas nasales, de inmediato sintió el estómago revuelto. Esforzándose en que sus gestos pareciesen muy naturales, se acomodó en el  asiento, justo detrás del copiloto, colocó la mochila en su regazo y miró al taxista.
   El tipo, un hombre corpulento de mediana edad, se limpiaba con esmero los dedos regordetes con una toallita húmeda sin prestarle la más mínima atención. Lucía una abundante cabellera de pelos negros y rizados que no parecían reales.
   «Es una peluca, lleva una maldita peluca» pensó Raúl.
   Una poblada y canosa barba escondía a medias, la notable papada, ésta se movía  con un vaivén provocado por los movimientos abruptos de la mandíbula que machacaba el último bocado de lo que había sido un bocadillo de pollo.
   De esta guisa el taxista se giró hacia Raúl.
   —¿A dónde vamos? —preguntó con la boca desdentada y llena de comida.
   La imagen provocó a Raúl la primera arcada, notó el sabor agrio de la leche inundándole la garganta y como una de las píldoras ascendía  por el esófago a toda velocidad.
   Cerró la boca y tragó saliva. Y por el momento todo volvió a su sitio.
   —¿Se encuentra bien, señor? —preguntó el taxista un tanto afligido.
   Raúl tragó saliva de nuevo y consiguió articular unas palabras, esbozando casi una sonrisa:
   —Sí, estoy bien. Ha sido un aterrizaje difícil.
   El taxista asintió dubitativo.
   —Y bien, ¿dónde vamos?
   Raúl sacó una hoja de papel de la mochila y se la tendió al conductor quien la leyó con atención.
   —Esto está a casi cien kilómetros de aquí. Necesitaré un adelanto.
   Aquellas palabras cayeron como una losa sobre Raúl. Estaba colocado, muy cansado y dolorido; lo único que quería era llegar al hotel, estirarse sobre la cama y dormir, dormir, dormir. ¡Oh, dios, eso sería maravilloso! Aunque tenía sentido, el destino final de la mercancía era Nápoles, por tanto Vangof, había reservado el hotel en esa dirección y no le había importado demasiado la distancia.
   Raúl extrajo dos billetes de cincuenta euros de la cartera y se los entregó al taxista.
   —Con esto bastará —afirmó el tipo satisfecho poniéndose en marcha.
   Raúl cerró la mochila, la dejó a su lado y se colocó el cinturón de seguridad. Pensó en cerrar los ojos, quizá eso aumentase la sensación de mareo, así que descartó la idea. Los analgésicos habían surgido efecto sin tener claro que eso fuese positivo, pensó qué quizá sin ellos, todo hubiese resultado peor. Al fin y al cabo estaba drogado. Transcurridos los primeros veinte minutos del trayecto, su organismo pareció estabilizarse un poco, él seguía flotando y flotando, y el taxista conducía de forma monótona.  
   No sentía las piernas ni los brazos, en cambio sentía el pelo, su pelo, estaba allí, lo notaba, incluso podía oírlo.
   «¿Cómo coño puedo oírme el pelo? El taxista lleva peluca, me duele, quiero dormir...»
   Divagaba.
   Dormitó durante casi cuarenta minutos y luego despertó sobresaltado, poco a poco lo hicieron sus piernas, flojas, endebles y blandas. También la cabeza, atronadora y zumbadora. De pronto el dolor de barriga fue insoportable y se expandió al pecho. Las punzadas en el estomago eran constantes, como alfileres clavados en el centro de una herida. Notó un hilillo de calor en la nariz, se llevó la yema de los dedos, estaba sangrando. Tenía frío y calor al mismo tiempo, ¿era aquello posible? Al parecer, sí.
   —¿Se encuentra bien? Ya casi llegamos, es la próxima salida —dijo el taxista con la mirada fija en el retrovisor del parabrisas.
   Raúl no pudo reprimir la arcada, hundió la cabeza entre las rodillas y vomitó emitiendo unos sonidos guturales espantosos. Notaba las cápsulas subiendo por la garganta, desgarrándole milímetro a milímetro. Expulsó seis bellotas envueltas todas ellas en un viscoso líquido sanguinolento y blanquecino. A causa del esfuerzo perdió el control del esfínter y se cagó encima. El taxista profería maldiciones a viva voz, entretanto tomaba la salida de la autopista y paraba en el arcén.
   Por un momento las arcadas cesaron y Raúl se derrumbó sobre el respaldo, tenía la boca abierta y toda la barbilla ensangrentada, como un vampiro que acaba de darse un festín. Una cápsula se le había quedado sobre la lengua, la empujó con la misma al exterior y el movimiento le provocó una nueva convulsión. Apoyó la frente en el asiento del copiloto y volvió a descargar. Vomitaba y escuchaba música, un susurro acompasado y rítmico, era rock and roll antiguo, algo de los sesenta o setenta.
   En ese instante supo que iba a morir, lo que no imaginaba era cómo.
   Escuchó una detonación, lejana, como un petardo que explota a medio kilometro de distancia y calor, mucho calor en el pecho. El impacto le impulsó y empotró hacia atrás contra el asiento. La música seguía sonando.
   «¿Esta es la música que se escucha en las puertas del infierno?» pensó sin coherencia, ese último pensamiento le provocó un ataque de risa macabra que enseguida se vio interrumpido. Dos convulsiones espasmódicas provocaron la  extracción de un par de bellotas más, como una máquina expendedora de refrescos estropeada.
   El segundo disparo no hubiese sido necesario pero el taxista apretó el gatillo otra vez, quizá para no seguir mirando aquel dantesco espectáculo.
   Observó el nítido y rojo agujero en la frente del chico y como el cuerpo inerte se deslizaba por el asiento hasta que quedó recostado, dejó la pistola en el asiento del acompañante y bajó el volumen de la radio.
   Sonaba Folsom Prison Blues de Johnny Cash.


                            ******


   Mientras Raúl escuchaba la que sería su última canción, en un pequeño apartamento ubicado al norte de Nápoles, Fabio, un hombre, un año más joven que el taxista, esnifaba una raya de coca. Cogió el revólver del calibre 38 que tenía sobre la mesita del salón, metió una bala en el tambor, lo hizo girar y lo cerró con un leve movimiento de muñeca. Luego se lo metió en la boca.
   «Dispararé cinco veces si salgo con vida pensaré en algo, si no, que te jodan Fabio» pensó.
   A Fabio le gustaba apostar, tanto que aquella tarde había decidido jugarse la vida, de todas formas si no lo hacia él mismo lo harían los chicos de Don Carlo en más o menos cuarenta horas.
   Le debía treinta de los grandes por culpa de una mala mano. Por supuesto, no tenía el dinero ni forma de conseguirlo. Algo serio.
   Sostenía la pistola con las dos manos, notando el tacto frío del metal sobre la lengua seca y rugosa. Se disponía a apretar el gatillo cuando sonó el teléfono. Fue tal el sobresalto que a punto estuvo de disparar por accidente. Con mucho cuidado dejó el revólver sobre la mesa, enjugó las lágrimas con el dorso de las manos, carraspeó un instante y atendió la llamada.

                                                                         CONTINUARÁ…

                       

J. R. Carrero





11 comentarios:

  1. Vaya, estoy en shock, lo de Raúl no sé si podré superarlo... Me adelanto a los acontecimientos y relleno los huecos de forma errónea, seguro, me llena de impaciencia el no saber.

    Gran relato José y mil gracias por compartirlo.

    Un abrazo.

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    1. Hola Laura, Raúl debió hacer caso a su instinto el día que entró en el Arcoíris... Desde entonces tenía los dias contados jeje. Muchas gracias por tu apoyo.
      J.R.Carrero.

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  2. Gran relato. JOSÉ NOS DEJAS ESPERANDO OTRA PARTE
    CON IN PASENSIA GRACIA POR CON PRATILO CON NOSOTROS

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    1. Gracias a ti, celebro que te guste.
      J.R.Carrero

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  3. Menudo giro, esto si que no lo esperaba, después de tanto esfuerzo. Muy bueno J.R.Carrero Felicidades

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    1. Muchas gracias Violeta, intentaré mantener el factor sorpresa en las próximas entregas.
      J.R.Carrero

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  4. Me ha encantado el relato!! Vaya giro de trama!! Muy bueno!!
    Besicos!!

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    1. Muy agradecido por el comentario, deseo que las próximas entregas también te gusten.
      J.R.Carrero

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  5. Vaya, me has roto los esquemas, un gran giro en tu historia, como bien dice Anónimo estaba cantado, esperando continuación, un saludo.

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  6. Muchas gracias Bénjamin, nos leemos por aquí.
    J.R.Carrero

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  7. La verdad yo tampoco me esperaba que la historia tomase estos derroteros,... en fin, la peluca del taxista era toda una declaración de intenciones pero me confundió el "adelanto",... un thriller en toda regla!

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