martes, 16 de enero de 2018

Bellotas con leche - El viaje - J. R. Carrero

 




   Vangof  le llamó a las ocho de la mañana para informarle de los cambios de última hora. Al parecer el destinatario de la mercancía, sólo podía garantizarle la seguridad en el aeropuerto de Roma, provocando el canje de los billetes apresuradamente. Esa era la buena noticia, la mala era que la seguridad tenía un coste, y a Raúl  le tocaría asumir una gran parte. El hotel también lo habían tenido que cambiar. Toda la información estaba en su correo electrónico. Los nuevos pasajes que tuvo que imprimir en un locutorio cercano a su piso, indicaban que el vuelo efectuaría su salida a las 14.40h.
   El aeropuerto del Prat era un hervidero de gente. Los viajeros arrastraban pesadas maletas, empujaban atiborrados carritos o esperaban su turno en largas colas detrás de los mostradores.
   Raúl miraba atentamente uno de los paneles de información buscando su vuelo. Faltaban cincuenta minutos para el despegue.  La camiseta del Nápoles   le iba un poco holgada, no le quedaba del todo mal pero se sentía ridículo, el fútbol le parecía un deporte absurdo. ¿Qué podía hacer él? Aquella prenda era la referencia para el contacto, si es que aparecía.  Se dirigió hacia el tablero de la aerolínea de su vuelo, permutó los billetes electrónicos, fue al control de acceso correspondiente y se situó el último en la hilera.
   Tenía ocho personas delante.
   Mientras depositaba el equipaje de mano, una simple mochila verde en la bandeja, notó un pinchazo recorriéndole el estómago, como si le hubiesen atravesado con una larga aguja de hacer punto. Lo resistió con entereza, su rostro permaneció impasible.
   Seis personas delante.
   Continuó depositando sus pertenencias en el recipiente: el teléfono, las llaves, monedas…
   Cinco personas.
Era un momento delicado, debía cruzar el arco de seguridad, pasar por delante de dos pares de agentes de policía que le observarían con atención, deseosos de que hiciera un gesto sospechoso, que le brillara la frente o sencillamente, ver en sus ojos un atisbo de temor.
   Cuatro personas delante.
   Alguien le cogió del hombro con fuerza.
   —¿Señor, puede coger su bandeja y acompañarme,  por favor?
   Al girarse Raúl, puso su mejor cara de niño bueno pero un tanto sorprendido.
   —¿Yo? ¿Qué pasa?
El tipo era grande y de complexión fuerte, vestía traje negro, camisa blanca y corbata también negra. Su rostro tenía el semblante de un dogo alemán.
   —Coja su bandeja y acompáñeme por favor —ordenó mirándole fijamente con los ojos rebosantes de ira.
   «Mierda, mierda la he cagado» pensó Raúl, pero obedeció sin rechistar. Avanzó un par de pasos y recuperó la bandeja de la cinta transportadora  segundos antes de que se introdujera en la máquina de rayos x.
   «Será el contacto, será el contacto. Que sea el contacto, por favor».
   Al girarse, un policía uniformado se reunía con Trajenegro.
   —¿Algún problema, capitán?
   —Ninguno, yo me encargo.
   Raúl siguió al tipo con la bandeja a cuestas como si estuviese buscando mesa en un burger después de recoger su comanda.  Otro pinchazo atravesó su estómago y esta vez el dolor le hizo doblar una rodilla, pero enseguida recuperó la compostura y continuó su andadura.
   Caminaron durante casi cinco minutos recorriendo pasillos estrechos, cruzaron varias puertas con carteles de:


                                   PROHIBIDO EL PASO
                     SÓLO PERSONAL AUTORIZADO


    Al final el capitán se paró delante de una puerta de doble hoja.
   —Detrás de esta puerta, caminas unos diez metros y te toparás con el acceso a tu vuelo. —explicó, mientras le arrebataba la bandeja de las manos. —Coge tus cosas y lárgate.
   Raúl se puso la mochila al hombro, con manos temblorosas cogió el resto de sus pertenencias y las repartió en los bolsillos, abrió la puerta y se marchó.
   La azafata emplazada en la puerta de embarque, miró el billete sin prestarle demasiada atención, le dedicó una bonita sonrisa y le deseó buen viaje.
   Raúl no tardó demasiado en encontrar su asiento, estaba estratégicamente situado  muy cerca de la salida y daba al pasillo central, de esta forma, podría realizar el desembarque con celeridad. Vangof sabía hacer su trabajo.
   Tomó asiento, a su lado una cuarentona de aspecto descuidado y rostro avinagrado, leía una novela de Stephen King, Raúl arqueó las cejas al ver el grosor del libro y la saludó con un susurrante: «Hola». La mujer lo miró de soslayo. Eso estaba bien, muy bien, al parecer tendría un viaje tranquilo, sin tener que preocuparse de esos pasajeros en busca de una conversación amistosa entre desconocidos. Se puso el cinturón de seguridad y pretendía relajarse, cuando un extraño calambre recorrió sus intestinos como un pequeño rayo para desembocar en el ano en forma de punzada. Dio un respingo exagerado, provocando que la ferviente lectora levantase la mirada con el ceño fruncido.
   Después de aquello consiguió serenarse un poco,  al menos durante la primera media hora de las casi dos que duraba el vuelo. A ratos, mantenía los ojos cerrados e imaginaba lo que haría con el dinero, quizá desaparecería durante un tiempo, necesitaba unas vacaciones.
   Fue a partir de entonces, cuando su estómago empezó a revelarse. En un par de ocasiones los gruñidos estomacales hicieron que la mujer de al lado carraspease visiblemente molesta. De repente sintió nauseas, dolor de cabeza, un calor asfixiante, tenía la boca seca y el sudor apareció de manera desmesurada sobre la frente, decidió que era hora de ir al baño. Algo iba mal, estaba claro.
   Al levantarse, un súbito cosquilleo recorrió sus piernas, las tenía completamente dormidas.  Sudoroso, pálido y arrastrando los pies, comenzó un humillante paseo con andares robóticos hacia el lavabo, sentía las miradas curiosas e indiscretas de los pasajeros como decenas de mariposas revoleteando alrededor de su cabeza, por suerte nadie le dijo nada ni se cruzó en su camino. Consiguió llegar al servicio y respiró aliviado al ver que el indicador estaba en verde.
  Una vez dentro, observó el minúsculo habitáculo, sus ojos se detuvieron automáticamente en el inodoro, enseguida desvió la mirada, no estaba dispuesto a caer en la tentación. Sabía perfectamente que al menos la primera evacuación sería normal, después ya vendrían los huevos de oro, aun así, hubiese sido un gran error bajarse los pantalones y acomodarse en el trono, si algo tenía que salir de su culo, como era el caso, aquel no era ni el sitio ni el momento adecuado por más que sus tripas entonasen la quinta sinfonía de Beethoven.
   Al mirar el espejo se topó con una versión demacrada de sí mismo, le sobrevino el pensamiento de que ya estaba muerto y se encontraba cara a cara con su propio fantasma. El sudor era como un manto de barniz brillante, le cubría toda la cara. La tez de su rostro había adquirido un tono parecido al color de la crema de pastelero, en la esclerótica también amarillenta, serpenteaban diminutas venillas rojizas como culebras de río petrificadas. Poco a poco la sangre fue recuperando su actividad normal en las piernas, al parecer  la sensibilidad estaba de vuelta, eso le hizo reaccionar  y pensar que no todo estaba perdido.
   Se despojó con brusquedad de la camiseta, dejándola encima del retrete. Luego accionó el grifo, ahuecó las palmas de las manos bajo el chorro de agua fría. La temperatura y el tacto del líquido frío, le resultaron de lo más reconfortante. Bebió un poco, no demasiado porque podría sentarle peor, si es que eso era posible. Se empapó la cara y el pelo, poniendo especial énfasis en remojar bien la nuca, con las borracheras aquel truco solía funcionar. Se miró de nuevo en el espejo y aunque era evidente que no estaba en su mejor momento, el aspecto había mejorado considerablemente.
   «Creo que es hora de la poción mágica» pensó, mientras su mente viajaba a través del tiempo hasta situarse unos seis años atrás cuando Esteban alias el Brujo le pasó un papelito con la receta, Raúl escuchó en su interior las palabras del veterano mula como si le estuviese hablando en aquel mismo instante:
   —Si las cosas se ponen feas tómate esto, te sentará bien.
   Raúl introdujo su dedo índice en el mini bolsillo rectangular de los tejanos, donde normalmente se guardan las monedas, lo colocó en forma de garra y extrajo una pequeña bola de papel del plata acompañada de un par de pelusas grisáceas, descartó las pelusas de un soplido y desenvolvió el diminuto fardo de aluminio hasta que asomaron cuatro pastillas, se deshizo del papel de aluminio y situó las pastillas en la palma de su mano derecha.
   El cóctel de medicamentos estaba compuesto por un relajante muscular, un protector estomacal, una píldora para los dolores menstruales y una aspirina de las de toda la vida. Se las metió todas juntas en la boca, las masticó y tragó rápidamente, bebió otro poco de agua. Se puso la camiseta, salió del servicio y se precipitó de nuevo por el pasillo.
   La mujer del libro gordo le miró como se mira a las personas que no inspiran ninguna confianza, Raúl tomó asiento torpemente, se puso el cinturón y desvió la vista sin ningún disimulo hacia el libro, completamente ajeno a las chispas que los ojos marrones de la mujer le lanzaban.
   Antes de caer en un tan inesperado como profundo sueño y sentir por un momento que el mundo se apartaba de él, Raúl leyó por azar las siguientes líneas:
   … Y en el último instante, cuando el hacha llegaba a lo más alto y quedaba allí, en equilibrio, Richie comprendió que…

                                                             
                                                 
                                                                                 CONTINUARÁ…




J. R. Carrero






19 comentarios:

  1. Tendré en cuenta el cóctel de pastillas mientras la historia continua hacia la quinta entrega, que sin querer adelantar, se necesitan sus efectos. Jeje. Buena y documentada historia y en espera de más. Muchas gracias J. R. Carrero. Un abrazo.

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  2. Un amigo hizo durante un tiempo de mulero y es como lo cuentas. Es un buen aporte, te sigo.

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    1. Muchas gracias por tu apoyo. J.R.Carrero

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  3. Hay que tener cuidado con los cócteles que se toman, que luego pasa lo que pasa. Ánimo José, a seguir escribiendo que lo haces muy bien. Que tengas un buen día.

    Mari Carmen

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    1. Muchas gracias Mari Carmen, eres muy amable.
      J.R.Carrero

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  4. Tus relatos son lecturas amenas que enganchan! Otra semana más me quedo pensando en qué le depara el futuro a nuestro protagonista Raúl.

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  5. Bien J.R. Carrero eres experto en dejarnos con la miel en los labios, menos mal que ya es jueves.
    Muy bueno, si señor!

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    1. Muy agradecido por tus palabras Violeta.
      J.R.Carrero

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  6. Como las pastillas,... los buenos relatos hacen efecto lentamente. Esperamos la próxima entrega!

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    1. Muchas gracias El baile del Norte, algo me dice que estás pastillas harán efecto pronto.
      J.R. Carrero.

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  7. Jose,sabes enganchar con las palabras. Nunca dejes de hacerlo. Por cierto ¿cual era el libro de Stephen King que leía la señora del avión?

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  8. Hola Lola, el libro al que hago referencia es IT(eso)
    Tú también flotarás, jeje.
    Gracias.
    J.R.Carrero

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  9. Me ha gustado mucho este episodio del avión, pobre Raúl, tengo ganas de saber como le va ha ir a nuestro amigo y si podrá aguantar, esperando continuación...

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    1. ¡Hola, Benjamín! ¡Cuánto tiempo! He leído el comentario y me ha chirriado "como le va ha ir". Me tomo la osadía de corregirte. Es "va a ir". El "ha" siempre va delante de un participio verbal (ido, comido...). Estamos en contacto. Un saludo.

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  10. Hola Benjamín, muchas gracias por comentar. Lo cierto es que Raúl está pasando un mal momento, muy pronto sabremos que le depara el destino. Muy agradecido, de veras. Saludos.
    J.R.Carrero

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  11. J.R.: Es adicción lo que provoca esta historia. Estaba empezando a encontrarme mal, empatizando con Raúl y sus graves problemas digestivos. Muy bien relatado el episodio.

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  12. Hola José Maria, muy agradecido por tus palabras. Animan mucho.
    J.R.Carrero

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  13. Esta parte del relato se ha tornado angustiosa, dentro de la magnificencia general del trabajo. Por tanto reitero mis felicitaciones. Te veo capaz, si no lo has hecho ya, de acometer la creación de una novela. No defraudaría.

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