martes, 30 de enero de 2018

Bellotas con leche - Taxi & Rock - J. R. Carrero








   La cuarentona avinagrada había carraspeado, tosido y llamado al chico en numerosas ocasiones; empezaba a sospechar que estaba muerto. Buscaba nerviosa entre los pasajeros que se levantaban y recogían sus equipajes de mano a alguna azafata para comunicárselo, cuando Raúl abrió los ojos muy despacio.
   —¡Ya era hora, pensaba que estaba en el otro mundo! —exclamó la señora con cierto alivio.
   Sus palabras no obtuvieron ninguna respuesta, pasaron a formar parte del aire sin que nadie las escuchase. Raúl no sabía dónde estaba ni qué debía hacer. Se sentía fuera de su propio cuerpo. Las articulaciones, los músculos, los párpados, lo tenía todo completamente relajado a excepción del estómago, allí dentro era como si dos perros rabiosos peleasen sin tregua por hacerse un hueco. Sus capacidades cognitivas, no empezaron a funcionar hasta pasados más de treinta segundos. Ajeno a la mirada asustadiza que su compañera de viaje le dedicaba, comenzaron a amontonársele recuerdos en forma de imágenes desordenadas: «la cocaína, el Yesero, Marilyn, Vangof, el poli del traje negro… ¿Dónde estaba? ¿Nápoles? No, no, era Roma, estaba en Roma, lo habían cambiado a última hora, los dolores, la poción mágica… ¡Mierda las pastillas! ¡Estoy drogado, joder!»  Profirió para sí y le entraron las prisas.
   Debía de salir de allí lo antes posible. Con ambas manos y fuerza, agarró los reposabrazos se levantó muy poco a poco, temiendo que las piernas no le respondiesen. No fue así, respondieron. Sin embargo, no tenía la sensación de ser él quien las manejase. Era como si flotase, como una marioneta a la que manipulan unos hilos invisibles. Ahora eso carecía de importancia, tenía que irse.
   Gran parte del pasaje ya había abandonado el avión, lo que hizo más sencilla la tarea de encontrar su mochila, la cogió y se la colgó a la espalda sin ni siquiera notar el peso.
   Comenzó a andar a través del pasillo enmoquetado de azul marino y por un instante creyó que estaba caminando sobre el mar.
   —Estás colocado Raúl. ¡Joder, contrólate! —masculló y por primera vez pensó, en qué aspecto tendría de cara al exterior. Levantó la mirada con lentitud siguiendo la línea vertical del pasillo, hasta que sus ojos encontraron a la azafata encargada de despedir a los viajeros. La chica le miraba a escasos tres metros de él y le sonreía con complacencia, su rostro no expresaba ninguna anomalía.
   Esto tranquilizó a Raúl que se dirigió hacia ella utilizándola como guía para mantener un trazado recto al caminar.
   Cuando estuvo a su altura, la muchacha incrementó su sonrisa calculada y le dedicó unas palabras de despedida, pero Raúl no estaba, él flotaba y flotaba, y en su cabeza sólo existían dos palabras que de tanto repetirlas perdieron su significado y se convirtieron en un murmullo mental:
   «Caminar erguido caminar erguido caminar erguido
caminarerguidocaminarer…»
   Abandonar el aeropuerto de Roma, no supuso ningún problema más allá de la disputa interior que Raúl tenía en conservar la calma. Mientras avanzaba, los dolores estomacales parecieron remitir un poco, aun así, de vez en cuando lanzaban punzadas que de momento soportaba.
   Un par de policías situados en una de las puertas de salida, le observaron durante un instante, le reconocieron y se apresuraron en desviar la mirada. 
   En el exterior, el sol descarado de media tarde, le recibió luminoso y brillante. Estornudó dos veces seguidas y el dolor abdominal fue tan profundo que a punto estuvo de caer de rodillas, consiguió mantener el equilibrio con un breve tambaleo, pero los perros rabiosos de sus entrañas se habían vuelto a despertar, y peleaban más feroces que nunca.
   Caminó lánguido hacia la zona reservada a taxis y se introdujo con torpeza en el primero de la fila. El ambiente en el interior era espeso, casi masticable, un revoltillo de distintos olores se coló por sus fosas nasales, de inmediato sintió el estómago revuelto. Esforzándose en que sus gestos pareciesen muy naturales, se acomodó en el  asiento, justo detrás del copiloto, colocó la mochila en su regazo y miró al taxista.
   El tipo, un hombre corpulento de mediana edad, se limpiaba con esmero los dedos regordetes con una toallita húmeda sin prestarle la más mínima atención. Lucía una abundante cabellera de pelos negros y rizados que no parecían reales.
   «Es una peluca, lleva una maldita peluca» pensó Raúl.
   Una poblada y canosa barba escondía a medias, la notable papada, ésta se movía  con un vaivén provocado por los movimientos abruptos de la mandíbula que machacaba el último bocado de lo que había sido un bocadillo de pollo.
   De esta guisa el taxista se giró hacia Raúl.
   —¿A dónde vamos? —preguntó con la boca desdentada y llena de comida.
   La imagen provocó a Raúl la primera arcada, notó el sabor agrio de la leche inundándole la garganta y como una de las píldoras ascendía  por el esófago a toda velocidad.
   Cerró la boca y tragó saliva. Y por el momento todo volvió a su sitio.
   —¿Se encuentra bien, señor? —preguntó el taxista un tanto afligido.
   Raúl tragó saliva de nuevo y consiguió articular unas palabras, esbozando casi una sonrisa:
   —Sí, estoy bien. Ha sido un aterrizaje difícil.
   El taxista asintió dubitativo.
   —Y bien, ¿dónde vamos?
   Raúl sacó una hoja de papel de la mochila y se la tendió al conductor quien la leyó con atención.
   —Esto está a casi cien kilómetros de aquí. Necesitaré un adelanto.
   Aquellas palabras cayeron como una losa sobre Raúl. Estaba colocado, muy cansado y dolorido; lo único que quería era llegar al hotel, estirarse sobre la cama y dormir, dormir, dormir. ¡Oh, dios, eso sería maravilloso! Aunque tenía sentido, el destino final de la mercancía era Nápoles, por tanto Vangof, había reservado el hotel en esa dirección y no le había importado demasiado la distancia.
   Raúl extrajo dos billetes de cincuenta euros de la cartera y se los entregó al taxista.
   —Con esto bastará —afirmó el tipo satisfecho poniéndose en marcha.
   Raúl cerró la mochila, la dejó a su lado y se colocó el cinturón de seguridad. Pensó en cerrar los ojos, quizá eso aumentase la sensación de mareo, así que descartó la idea. Los analgésicos habían surgido efecto sin tener claro que eso fuese positivo, pensó qué quizá sin ellos, todo hubiese resultado peor. Al fin y al cabo estaba drogado. Transcurridos los primeros veinte minutos del trayecto, su organismo pareció estabilizarse un poco, él seguía flotando y flotando, y el taxista conducía de forma monótona.  
   No sentía las piernas ni los brazos, en cambio sentía el pelo, su pelo, estaba allí, lo notaba, incluso podía oírlo.
   «¿Cómo coño puedo oírme el pelo? El taxista lleva peluca, me duele, quiero dormir...»
   Divagaba.
   Dormitó durante casi cuarenta minutos y luego despertó sobresaltado, poco a poco lo hicieron sus piernas, flojas, endebles y blandas. También la cabeza, atronadora y zumbadora. De pronto el dolor de barriga fue insoportable y se expandió al pecho. Las punzadas en el estomago eran constantes, como alfileres clavados en el centro de una herida. Notó un hilillo de calor en la nariz, se llevó la yema de los dedos, estaba sangrando. Tenía frío y calor al mismo tiempo, ¿era aquello posible? Al parecer, sí.
   —¿Se encuentra bien? Ya casi llegamos, es la próxima salida —dijo el taxista con la mirada fija en el retrovisor del parabrisas.
   Raúl no pudo reprimir la arcada, hundió la cabeza entre las rodillas y vomitó emitiendo unos sonidos guturales espantosos. Notaba las cápsulas subiendo por la garganta, desgarrándole milímetro a milímetro. Expulsó seis bellotas envueltas todas ellas en un viscoso líquido sanguinolento y blanquecino. A causa del esfuerzo perdió el control del esfínter y se cagó encima. El taxista profería maldiciones a viva voz, entretanto tomaba la salida de la autopista y paraba en el arcén.
   Por un momento las arcadas cesaron y Raúl se derrumbó sobre el respaldo, tenía la boca abierta y toda la barbilla ensangrentada, como un vampiro que acaba de darse un festín. Una cápsula se le había quedado sobre la lengua, la empujó con la misma al exterior y el movimiento le provocó una nueva convulsión. Apoyó la frente en el asiento del copiloto y volvió a descargar. Vomitaba y escuchaba música, un susurro acompasado y rítmico, era rock and roll antiguo, algo de los sesenta o setenta.
   En ese instante supo que iba a morir, lo que no imaginaba era cómo.
   Escuchó una detonación, lejana, como un petardo que explota a medio kilometro de distancia y calor, mucho calor en el pecho. El impacto le impulsó y empotró hacia atrás contra el asiento. La música seguía sonando.
   «¿Esta es la música que se escucha en las puertas del infierno?» pensó sin coherencia, ese último pensamiento le provocó un ataque de risa macabra que enseguida se vio interrumpido. Dos convulsiones espasmódicas provocaron la  extracción de un par de bellotas más, como una máquina expendedora de refrescos estropeada.
   El segundo disparo no hubiese sido necesario pero el taxista apretó el gatillo otra vez, quizá para no seguir mirando aquel dantesco espectáculo.
   Observó el nítido y rojo agujero en la frente del chico y como el cuerpo inerte se deslizaba por el asiento hasta que quedó recostado, dejó la pistola en el asiento del acompañante y bajó el volumen de la radio.
   Sonaba Folsom Prison Blues de Johnny Cash.


                            ******


   Mientras Raúl escuchaba la que sería su última canción, en un pequeño apartamento ubicado al norte de Nápoles, Fabio, un hombre, un año más joven que el taxista, esnifaba una raya de coca. Cogió el revólver del calibre 38 que tenía sobre la mesita del salón, metió una bala en el tambor, lo hizo girar y lo cerró con un leve movimiento de muñeca. Luego se lo metió en la boca.
   «Dispararé cinco veces si salgo con vida pensaré en algo, si no, que te jodan Fabio» pensó.
   A Fabio le gustaba apostar, tanto que aquella tarde había decidido jugarse la vida, de todas formas si no lo hacia él mismo lo harían los chicos de Don Carlo en más o menos cuarenta horas.
   Le debía treinta de los grandes por culpa de una mala mano. Por supuesto, no tenía el dinero ni forma de conseguirlo. Algo serio.
   Sostenía la pistola con las dos manos, notando el tacto frío del metal sobre la lengua seca y rugosa. Se disponía a apretar el gatillo cuando sonó el teléfono. Fue tal el sobresalto que a punto estuvo de disparar por accidente. Con mucho cuidado dejó el revólver sobre la mesa, enjugó las lágrimas con el dorso de las manos, carraspeó un instante y atendió la llamada.

                                                                         CONTINUARÁ…

                       

J. R. Carrero





viernes, 26 de enero de 2018

La historia de un nombre (Parte I) - Benjamín J. Green







Recuerdo adormecido

“Las leyes de los dioses dicen que una vez que el nombre de un recién nacido traspasa la barrera de los dientes de su padre o de su madre, no puede ser retirado ni cambiado, porque la maldición perseguirá a ese niño el resto de su vida, haciendo de su pasar por el tiempo adjudicado en este duro mundo, un infierno de desgracias, padecimientos e infelicidades.”

Esperando en la consulta del dentista, leía un libro sobre las tan humanas vidas de las antiguas deidades griegas, cuando me topé con este pasaje, despertando en mi memoria, una sórdida historia familiar que había estado cogiendo polvo en alguna estantería de mi mente. Digo familiar, porque mi nombre tiene una historia curiosa, triste, y desde ese momento, puede que hasta preocupante.

                                                    
                               
                                                 *****


Mi bisabuelo materno se llamaba Benjamín. Había tenido una prolífica descendencia: cuatro hijos y cinco hijas, y por aquel entonces, lo normal en muchos de los pequeños pueblos españoles, era poner el nombre del padre a alguno de ellos. Pero en este caso y para desdicha suya, ninguno de sus hijos y nietos, se llamaba como él.

Contaba con cincuenta años y era viudo desde hacía un lustro, cuando protagonizó un escandaloso episodio que paso a relatarles, relegando su nombre al más profundo de los olvidos.

Fue una cálida noche de primavera del año 1.928, en un pequeño pueblo de la provincia de Albacete, pegado al río Júcar. Donde las buenas gentes del lugar, la mayoría eran campesinos honrados y piadosos, dormían el sueño de los justos. Todos no, si alguien hubiese mirado desde una ventana de las casas más altas del pueblo a las tres de la madrugada, habría podido ver una sombra escurridiza que iba de casa en casa por los tejados, apareciendo y desapareciendo, esquivando chimeneas y aleros, parándose de tanto en tanto a tomar aliento.

Probablemente ese vecino, se persignaría encomendándose a todos los santos, convencido de que el diablo andaba suelto. En aquellos tiempos, las gentes sabían, que el oscuro y sus acólitos, merodeaban por las techumbres, intentando entrar en las moradas de los creyentes por algún hueco sin bendecir.

Pues no, no era el diablo. Sólo era un hombre que iba al encuentro de su amante que vivía cinco o seis edificios más allá. Ella era casada y su marido trabajaba en Francia, viniendo a verla dos o tres veces al año a casa de su hermano donde se alojaba. Casualmente, amigo íntimo del amante furtivo.

El hombre accedía al aposento de su amada por uno de los aleros del patio, donde una pequeña cancela permitía los encuentros secretos.

Cada casa del pueblo, disfrutaba de un patio interior, que ofrecía fresco en verano y retenía el calor procedente de las habitaciones superiores en invierno. Engalanado con una fuente, mesa, sillas y macetas. Y en la parte superior, un pequeño avancé de fina madera de quita y pon, para protegerse de los rayos del sol de verano, y que se retiraba en invierno para obtener más luz.

Llegando el conquistador a su destino, no se dio cuenta de que el avancé estaba colocado, debido a las altas y tempranas temperaturas de aquel año. El liviano entramado, no estaba hecho para soportar el peso de una persona y la mala suerte quiso que tropezara, lo que le llevo a apoyar el pie sobre el frágil tejadillo de madera. Al pisarlo se rompió, y el hombre se precipitó al patio desde el segundo piso.

Cayó sobre la mesa rompiéndola pero salvando los huesos, o eso creía él. Intentó levantarse medio mareado por el golpe, sin ser consciente de la situación, hasta que unas voces airadas y un garrotazo en la espalda que lo volvió a tumbar en el suelo, lo hizo tomar conciencia de repente, de la cruda realidad en la que se encontraba. Hermano y sobrinos de su amante, lo estaban apaleando a base de bien.

Ella les gritaba:

—¡Vais a matarlo! ¡Parad! ¡Parad! Lo conozco y viene a verme.

Estas palabras frenaron la paliza, que de haber seguido, habría acabado muy mal para el Casanova que ya estaba medio inconsciente, sangrando y con algunos huesos rotos.

Efectivamente, cuando alguien trajo un candil, el dueño de la casa lo reconoció: era su amigo Benjamín. Por aquella época, encamarse con una mujer casada, aunque uno fuera viudo, podía convertirse en una ofensa de sangre, era un asunto muy serio.

El ser amigos de toda la vida, salvó a mi bisabuelo del garrotazo final. El patriarca lo echó de su casa con cajas destempladas, dando por finiquitado cualquier lazo de amistad.

Mientras tanto, en la calle se habían congregado los vecinos alertados por la algarabía y el griterío. Hacía muchos años que no se montaba un escándalo de tal magnitud en la pequeña comunidad rural, concretamente desde hacía tres décadas, cuando la madre del tuerto, ya entrada en años, se fue tras un romancero mucho más joven, llevándose a la mula.

Entre los presentes, estaban los hijos e hijas del Don Juan, que estupefactos, vieron abrirse la puerta de la casa y salir al padre con signos de haber recibido una tremenda tunda que casi no podía caminar. Lo recogieron y se lo llevaron a casa para curarlo y esconderlo, bajo las chanzas y burlas de los vecinos.

La familia se sintió avergonzada del comportamiento del abuelo y se preguntaba con aprensión, qué iba a pasar al regreso del marido traicionado. Quiso el destino que no lo hiciera jamás, enviándolo a mejor vida, ignorante y coronado por magna cornamenta, a causa de un accidente laboral. Dejando viuda a la amante.

La convalecencia del enfermo, se prolongó varios meses, obligándolo a guardar cama y a soportar con estoicismo las largas charlas de Don Venancio, que como buen cura del pueblo, tenía la ardua faena de devolver toda oveja descarriada a su redil.

La familia de ella, furiosa y avergonzada, mandaron a la adúltera con una tía abuela que vivía en la capital.

De no ser por el incidente y la consiguiente oposición de las familias implicadas, mi bisabuelo hubiese tenido una vida diferente, menos solitaria y más acorde a su temperamento aventurero. Se encerró en sí mismo, comunicándose con los suyos por obligación y con el pesar de que ninguno de sus nietos se llamara como él. El clan se sentía tan abochornado que decidieron borrar su nombre del árbol familiar.

Entre silencios fueron pasando los años, hasta que apareció mi padre.



                                                                                        Continuará...



Benjamín J. Green



jueves, 18 de enero de 2018

Un hombre nuevo - Laura Mir








El impacto de la bala lo hizo caer al suelo herido, ciego y sin recordar quién era. Despertó horas más tarde entre lobregueces, se incorporó como pudo y comenzó a andar a tientas, trastabillando con los cuerpos inertes de sus compañeros.


                                               ****


La maldita guerra, la tristeza y la languidez, hicieron que los glúteos y el corazón se le endurecieran. Cada día subía la colina para otear desde la cima, se sentaba en las alturas esperando sin saber muy bien el qué.

Miraba hasta donde se perdía la vista, viendo y lamentando los campos baldíos y sus prolongados silencios.

Aquella tarde el sol de octubre desdibujaba el camino, alargando su sombra por entre los árboles, el hombre se tambaleaba a cada paso mientras con torpeza intentaba asirse al aire. Bajó corriendo la ladera hasta los establos, mal ensilló a Rayo y al galope fue a su encuentro.

Supuraba bajo los párpados y la sangre empapaba sus ropas. Le tocó la sucia frente, ardía. Sin pensarlo se lo llevó a casa con lágrimas en los ojos: ¡Cuánto detestaba tanta hostilidad!

Le procuró todos los cuidados de los que disponía para que se recuperara. Durante los delirios de él, ella le habló de las cosechas perdidas, de la cerda que se llevó el ejército, de los hijos que nunca tuvieron y del marido fusilado por insurrecto.

Cuando les cubrió el invierno y el temporal de nieve arrecía, lo tapó con su cuerpo y la piel de borreguito. Susurrándole al oído tembloroso:

—Tranquilo. No sufras, estás a salvo… Pronto llegará la primavera y este duro diciembre quedará atrás. Tienes que esforzarte y ponerte bien porque habrá que arar el campo norte, yo sola no puedo.

En cierta ocasión ella le preguntó su nombre y él le contestó:

—No lo recuerdo. Por mucho que lo intento, no recuerdo nada.

—De alguna forma hay que llamarte, te llamaré Apolo como el dios griego.

Ella pensó que era mejor así y quemó en la chimenea el uniforme junto a su documentación. Desde ese momento sería un hombre nuevo.

A principios de marzo, ambos estaban bastante recuperados.

Al oírla cantar desde la cocina, él sintió que ese era el mejor hogar y pensó que aquella mujer lo quería de verdad. Sin dudarlo se lo preguntó y la joven con una sonrisa le contestó:

—En el pasado, en el presente… Toda la vida.

Ella sabía con certeza de que ahora sí, ahora sí podrían tener los hijos que nunca tuvieron, aunque no la recordara.




Laura Mir   



                                                                                     


martes, 16 de enero de 2018

Bellotas con leche - El viaje - J. R. Carrero

 




   Vangof  le llamó a las ocho de la mañana para informarle de los cambios de última hora. Al parecer el destinatario de la mercancía, sólo podía garantizarle la seguridad en el aeropuerto de Roma, provocando el canje de los billetes apresuradamente. Esa era la buena noticia, la mala era que la seguridad tenía un coste, y a Raúl  le tocaría asumir una gran parte. El hotel también lo habían tenido que cambiar. Toda la información estaba en su correo electrónico. Los nuevos pasajes que tuvo que imprimir en un locutorio cercano a su piso, indicaban que el vuelo efectuaría su salida a las 14.40h.
   El aeropuerto del Prat era un hervidero de gente. Los viajeros arrastraban pesadas maletas, empujaban atiborrados carritos o esperaban su turno en largas colas detrás de los mostradores.
   Raúl miraba atentamente uno de los paneles de información buscando su vuelo. Faltaban cincuenta minutos para el despegue.  La camiseta del Nápoles   le iba un poco holgada, no le quedaba del todo mal pero se sentía ridículo, el fútbol le parecía un deporte absurdo. ¿Qué podía hacer él? Aquella prenda era la referencia para el contacto, si es que aparecía.  Se dirigió hacia el tablero de la aerolínea de su vuelo, permutó los billetes electrónicos, fue al control de acceso correspondiente y se situó el último en la hilera.
   Tenía ocho personas delante.
   Mientras depositaba el equipaje de mano, una simple mochila verde en la bandeja, notó un pinchazo recorriéndole el estómago, como si le hubiesen atravesado con una larga aguja de hacer punto. Lo resistió con entereza, su rostro permaneció impasible.
   Seis personas delante.
   Continuó depositando sus pertenencias en el recipiente: el teléfono, las llaves, monedas…
   Cinco personas.
Era un momento delicado, debía cruzar el arco de seguridad, pasar por delante de dos pares de agentes de policía que le observarían con atención, deseosos de que hiciera un gesto sospechoso, que le brillara la frente o sencillamente, ver en sus ojos un atisbo de temor.
   Cuatro personas delante.
   Alguien le cogió del hombro con fuerza.
   —¿Señor, puede coger su bandeja y acompañarme,  por favor?
   Al girarse Raúl, puso su mejor cara de niño bueno pero un tanto sorprendido.
   —¿Yo? ¿Qué pasa?
El tipo era grande y de complexión fuerte, vestía traje negro, camisa blanca y corbata también negra. Su rostro tenía el semblante de un dogo alemán.
   —Coja su bandeja y acompáñeme por favor —ordenó mirándole fijamente con los ojos rebosantes de ira.
   «Mierda, mierda la he cagado» pensó Raúl, pero obedeció sin rechistar. Avanzó un par de pasos y recuperó la bandeja de la cinta transportadora  segundos antes de que se introdujera en la máquina de rayos x.
   «Será el contacto, será el contacto. Que sea el contacto, por favor».
   Al girarse, un policía uniformado se reunía con Trajenegro.
   —¿Algún problema, capitán?
   —Ninguno, yo me encargo.
   Raúl siguió al tipo con la bandeja a cuestas como si estuviese buscando mesa en un burger después de recoger su comanda.  Otro pinchazo atravesó su estómago y esta vez el dolor le hizo doblar una rodilla, pero enseguida recuperó la compostura y continuó su andadura.
   Caminaron durante casi cinco minutos recorriendo pasillos estrechos, cruzaron varias puertas con carteles de:


                                   PROHIBIDO EL PASO
                     SÓLO PERSONAL AUTORIZADO


    Al final el capitán se paró delante de una puerta de doble hoja.
   —Detrás de esta puerta, caminas unos diez metros y te toparás con el acceso a tu vuelo. —explicó, mientras le arrebataba la bandeja de las manos. —Coge tus cosas y lárgate.
   Raúl se puso la mochila al hombro, con manos temblorosas cogió el resto de sus pertenencias y las repartió en los bolsillos, abrió la puerta y se marchó.
   La azafata emplazada en la puerta de embarque, miró el billete sin prestarle demasiada atención, le dedicó una bonita sonrisa y le deseó buen viaje.
   Raúl no tardó demasiado en encontrar su asiento, estaba estratégicamente situado  muy cerca de la salida y daba al pasillo central, de esta forma, podría realizar el desembarque con celeridad. Vangof sabía hacer su trabajo.
   Tomó asiento, a su lado una cuarentona de aspecto descuidado y rostro avinagrado, leía una novela de Stephen King, Raúl arqueó las cejas al ver el grosor del libro y la saludó con un susurrante: «Hola». La mujer lo miró de soslayo. Eso estaba bien, muy bien, al parecer tendría un viaje tranquilo, sin tener que preocuparse de esos pasajeros en busca de una conversación amistosa entre desconocidos. Se puso el cinturón de seguridad y pretendía relajarse, cuando un extraño calambre recorrió sus intestinos como un pequeño rayo para desembocar en el ano en forma de punzada. Dio un respingo exagerado, provocando que la ferviente lectora levantase la mirada con el ceño fruncido.
   Después de aquello consiguió serenarse un poco,  al menos durante la primera media hora de las casi dos que duraba el vuelo. A ratos, mantenía los ojos cerrados e imaginaba lo que haría con el dinero, quizá desaparecería durante un tiempo, necesitaba unas vacaciones.
   Fue a partir de entonces, cuando su estómago empezó a revelarse. En un par de ocasiones los gruñidos estomacales hicieron que la mujer de al lado carraspease visiblemente molesta. De repente sintió nauseas, dolor de cabeza, un calor asfixiante, tenía la boca seca y el sudor apareció de manera desmesurada sobre la frente, decidió que era hora de ir al baño. Algo iba mal, estaba claro.
   Al levantarse, un súbito cosquilleo recorrió sus piernas, las tenía completamente dormidas.  Sudoroso, pálido y arrastrando los pies, comenzó un humillante paseo con andares robóticos hacia el lavabo, sentía las miradas curiosas e indiscretas de los pasajeros como decenas de mariposas revoleteando alrededor de su cabeza, por suerte nadie le dijo nada ni se cruzó en su camino. Consiguió llegar al servicio y respiró aliviado al ver que el indicador estaba en verde.
  Una vez dentro, observó el minúsculo habitáculo, sus ojos se detuvieron automáticamente en el inodoro, enseguida desvió la mirada, no estaba dispuesto a caer en la tentación. Sabía perfectamente que al menos la primera evacuación sería normal, después ya vendrían los huevos de oro, aun así, hubiese sido un gran error bajarse los pantalones y acomodarse en el trono, si algo tenía que salir de su culo, como era el caso, aquel no era ni el sitio ni el momento adecuado por más que sus tripas entonasen la quinta sinfonía de Beethoven.
   Al mirar el espejo se topó con una versión demacrada de sí mismo, le sobrevino el pensamiento de que ya estaba muerto y se encontraba cara a cara con su propio fantasma. El sudor era como un manto de barniz brillante, le cubría toda la cara. La tez de su rostro había adquirido un tono parecido al color de la crema de pastelero, en la esclerótica también amarillenta, serpenteaban diminutas venillas rojizas como culebras de río petrificadas. Poco a poco la sangre fue recuperando su actividad normal en las piernas, al parecer  la sensibilidad estaba de vuelta, eso le hizo reaccionar  y pensar que no todo estaba perdido.
   Se despojó con brusquedad de la camiseta, dejándola encima del retrete. Luego accionó el grifo, ahuecó las palmas de las manos bajo el chorro de agua fría. La temperatura y el tacto del líquido frío, le resultaron de lo más reconfortante. Bebió un poco, no demasiado porque podría sentarle peor, si es que eso era posible. Se empapó la cara y el pelo, poniendo especial énfasis en remojar bien la nuca, con las borracheras aquel truco solía funcionar. Se miró de nuevo en el espejo y aunque era evidente que no estaba en su mejor momento, el aspecto había mejorado considerablemente.
   «Creo que es hora de la poción mágica» pensó, mientras su mente viajaba a través del tiempo hasta situarse unos seis años atrás cuando Esteban alias el Brujo le pasó un papelito con la receta, Raúl escuchó en su interior las palabras del veterano mula como si le estuviese hablando en aquel mismo instante:
   —Si las cosas se ponen feas tómate esto, te sentará bien.
   Raúl introdujo su dedo índice en el mini bolsillo rectangular de los tejanos, donde normalmente se guardan las monedas, lo colocó en forma de garra y extrajo una pequeña bola de papel del plata acompañada de un par de pelusas grisáceas, descartó las pelusas de un soplido y desenvolvió el diminuto fardo de aluminio hasta que asomaron cuatro pastillas, se deshizo del papel de aluminio y situó las pastillas en la palma de su mano derecha.
   El cóctel de medicamentos estaba compuesto por un relajante muscular, un protector estomacal, una píldora para los dolores menstruales y una aspirina de las de toda la vida. Se las metió todas juntas en la boca, las masticó y tragó rápidamente, bebió otro poco de agua. Se puso la camiseta, salió del servicio y se precipitó de nuevo por el pasillo.
   La mujer del libro gordo le miró como se mira a las personas que no inspiran ninguna confianza, Raúl tomó asiento torpemente, se puso el cinturón y desvió la vista sin ningún disimulo hacia el libro, completamente ajeno a las chispas que los ojos marrones de la mujer le lanzaban.
   Antes de caer en un tan inesperado como profundo sueño y sentir por un momento que el mundo se apartaba de él, Raúl leyó por azar las siguientes líneas:
   … Y en el último instante, cuando el hacha llegaba a lo más alto y quedaba allí, en equilibrio, Richie comprendió que…

                                                             
                                                 
                                                                                 CONTINUARÁ…




J. R. Carrero






miércoles, 10 de enero de 2018

Mi mejor momento - José Mª García Sánchez







El sol ya había empezado a despuntar por el horizonte, estábamos a finales de mayo y amanecía más temprano. Llevaba los ojos entrecerrados por el sueño y los cegadores rayos de luz que venían del este. La temperatura a esa hora era agradable, y por un instante, me arrepentí de llevar una chaqueta de lana fina, me estorbaba.

Nos dirigíamos a Palma, donde nos esperaban a partir de las siete. Ya casi era la hora. El traqueteo del viaje y el no haber comido nada desde anoche, me habían revuelto un poco el estómago. Los demás estaban en silencio, si acaso se oía algún leve quejido, quizá por la brusquedad del conductor, que nos trataba como a animales.

Llegamos a un polígono industrial a las afueras de la ciudad. Desde luego aquello no era el Palacio de Marivent. Bajamos por la puerta trasera en fila india. Unos empleados nos apremiaban para ir más deprisa, alguno incluso de forma francamente desagradable.

Una vez dentro, lo primero que noté fue un olor nauseabundo. A pesar de que todo estaba limpio, las paredes alicatadas y el suelo brillante, el ambiente era fétido. Y un murmullo que parecía provenir de otras salas, me recordaba un lamento.

Cuando todos estuvimos allí, esperando con la excitación de quien hace algo nuevo, apareció un tipo que empezó a separarnos por grupos, aunque no entendí qué criterio seguía. Puede parecer absurdo, pero se diría que lo hacía por tamaños, o por peso. A mí me colocaron pasado el último grupo, junto a la pared del fondo. Al principio pensé que me dejaban solo, seguramente porque era el más joven de todos, pero finalmente trajeron a otro compañero más o menos de mi misma edad.

Pronto el primer grupo, formado por los más viejos, fue conducido a una sala contigua, parecía mucho más grande. Los empleados los trataban con malos modos, a empujones y sin miramientos. Cerraron la puerta al salir y se hizo un profundo silencio entre nosotros, apenas interrumpido por lejanos y acompasados ruidos de maquinaria, que con la regularidad propia de un reloj, mantenía un ritmo monótono y constante de sonidos metálicos.

Fueron saliendo los grupos por ese extraño orden descendente, siempre con los mismos modales e idéntica desconsideración, hasta que quedamos solamente, mi circunstancial compañero y yo. A nosotros nos trataron un poco mejor, acaso por el aspecto desvalido que da la infancia. Incluso un empleado muy joven, me acarició la cabeza.

Nos llevaron a otra estancia más pequeña con una especie de camilla en el centro. Un tipo vestido con una bata blanca —a lo mejor, un doctor—, me cogió por las axilas y me pesó en una balanza romana, me midió con una vara y me palpó el cuello y las piernas. Mientras negaba con la cabeza, le comentó algo a su ayudante en un idioma que no entendí. Por un momento, añoré la vida anodina y aburrida que había llevado hasta entonces en Algaida junto a mi madre.

Hizo la misma operación con mi compañero, aunque a éste, nada más lo midió y lo pesó. Inmediatamente se lo llevaron con los otros y volví a quedarme solo.

También habían salido los de la bata blanca, y me acerqué a la puerta entreabierta. Era una fábrica maloliente, llena de cintas que transportaban bultos sin formas reconocibles, de hombres y mujeres con delantales, guantes y gorros que iban de un lado a otro. Y aquel olor infame, lo inundaba todo.

Pensé que por mi edad o mi físico, no era apto para estar allí, por eso me rechazaban. Querría haberles dicho que a pesar de mi apariencia podía serles útil, pero sabía que no me entenderían por mucho que me esforzara.

Un empleado me cogió y me llevó de nuevo afuera. Me dejó al cuidado del conductor, que fumaba un cigarrillo tras otro. Me gustaba el olor a Bisonte, pues enmascaraba aquel otro tan penetrante y repugnante.

Del interior de la nave, se oía el ritmo machacón de cadenas y maquinaria, cintas y golpes. La actividad era frenética, y yo había sido excluido sin saber exactamente por qué.

El conductor estaba sentado en un poyete, a la sombra de la pared del edificio. Con el cigarrillo apagado entre los dedos amarillos de tantos años de nicotina. Dormitaba. Un camión frigorífico estaba en el muelle de carga, situado en el otro extremo de la nave, esperando para ser cargado. Eso me daba una idea de que probablemente en aquella industria se trataba con productos perecederos.

Aproveché la siesta del fumador de cigarrillos sin boquilla, para colarme en la fábrica. Vi a algunos de mis compañeros haciendo cola, tal vez repartían el desayuno. Me coloqué tras ellos y los seguí. Una cinta mecánica, como las de los aeropuertos, facilitaban nuestro tránsito por el inmueble. Diríase que no querían que malgastásemos nuestra energía en el traslado. Cuando estábamos a punto de entrar en una habitación, el pasillo se fue haciendo cada vez más y más estrecho, hasta el punto de no poder moverme. Suerte de que la cinta transportadora del suelo,  nos hacía avanzar.

Al final, sólo veía a quien me precedía en el camino, hasta que un brazo articulado, grande y vigoroso, me inmovilizó la cabeza. Un golpe seco en el occipital me dejó aturdido, casi inconsciente. No pude ver cómo una sierra circular que tenía a mi derecha me seccionaba la yugular. Al mismo tiempo, una cadena me enganchaba una pata trasera, me rompía la pezuña, me volteaba y colgaba de un gancho del techo. Fui avanzando cabeza abajo, medio adormecido, tras mis compañeros. Todos iguales, todos colgados del revés, todos desangrándonos lentamente. Entre brumas, noté el calor de la sangre resbalar por mi cuello, empapando la lana de mi cara y tapándome un ojo. Inútilmente intenté balar para llamar a mamá, pero la sierra mecánica también debía haberme seccionado la tráquea.

Poco a poco fui perdiendo fuerza, ya no podía agitarme, ni respirar, ni ver. Únicamente sentí el hedor de la muerte. Mi último aliento sirvió para contar mi postrera hora de vida, sin duda, la mejor de todas.
 


José Mª García Sánchez



lunes, 8 de enero de 2018

La noche estrellada - Jaime Ros






La curiosidad siempre fue un gato que no había muerto. Por eso, a pesar de que sus gafas oscuras y su bastón la señalaban como invidente, decidió entrar a la sala de exposiciones.

Intentó seguir los pasos que se ampliaban con sus propios ecos, queriendo distinguir así, dónde encontraban las vistas la importancia. Cuando unos cuantos pies marcaron con su sonido su marcha, se situó donde creyó que estaba el cuadro y se quedó mirando sin poder mirar. Gente venía e iba. Pero seguía allí quieta, mirando una oscuridad como otra cualquiera.

La noche es un telón azul, que se arremolina, como la tela que se va escondiendo bajo un puño.                           Una voz, que se situó detrás de ella, hizo que su pelo oscilara.              ¿Cómo es el azul?         Unos segundos de silencio siguieron la duda, hasta que una fría mano se posó en el lateral de su cuello. Escapó un silbido de su boca, sintió su pecho encogerse.

   ¿Lo sientes?                     Sí, lo siento.             Azul.

Las estrellas, y la luna, las pintó de color amarillo,        dio un grito, y callado, puso cinco dedos en la palma de la mano de ella, juntos, y fue separándolos lentamente,             y  tienen un cerco que lo separa del telón de la noche. Abajo, las laderas quedan arañadas, como formando parte de la oscuridad…

¿Cómo es la noche verdadera?

La negrura que invade tus ojos, pero con millones de minúsculos puntos de luz, de calor invisible que no se dejan ser invadidos.      
           
El brazo de él pasó bajo el brazo de ella, y el brazo de ella se recostó sobre el de él. Comenzaron a caminar, dando él el primer paso en la dirección correcta. Ella se dejó guiar, y escuchaba que los pasos se adentraban en la dirección contraria, y escuchó la puerta abrirse, y sintió el sol cómo calentaba la piel. Anduvieron entre el vaivén de los peatones, aguardando al borde del alquitrán, cruzando la calle y sintiendo un mundo que no se escondía bajo el tic-tac del golpeo de su bastón. Hablaban de todo, mientras hacían recuento de nada. Se sentía segura, caminando con la libertad de no hacerlo libre.

La brisa corría, separándolos, y trayéndole miles de aromas. Los iba reconociendo, todos juntos y podía separarlos, uno a uno, andaba en un mismo momento por muchas calles, esos olores eran los mismos, pero también de nuevos, de los parques y travesías que transitaba. Se sentaron al contacto de la madera de un banco. Ella quiso ver qué le rodeaba, aspirando fuerte cada molécula que flotaba en el aire, mientras él guardaba silencio para que pudiera escuchar aquél único rincón del planeta.

Apretaba la tierra en su mano, mientras que le hablaba con la voz más baja que tenía para no perturbar ese rincón,               los árboles se levantan con su tronco marrón,              la tierra crepitaba en su mano                        con sus copas verdes,                   y la mano acariciaba el frescor de la hierba,                hacia un cielo que se esconde tras las nubes             y  un pequeño trocito de pañuelo, con una burbuja de aire, golpeaba suavemente la cara de ella          que el sol las miente como naranjas,               gritó, al sentir una llama sobre su piel. 
               
En esta noche que empieza a ser estrellada.

¿Cómo es el rojo?             



Jaime Ros