jueves, 18 de enero de 2018

Un hombre nuevo - Laura Mir








El impacto de la bala lo hizo caer al suelo herido, ciego y sin recordar quién era. Despertó horas más tarde entre lobregueces, se incorporó como pudo y comenzó a andar a tientas, trastabillando con los cuerpos inertes de sus compañeros.


                                               ****


La maldita guerra, la tristeza y la languidez, hicieron que los glúteos y el corazón se le endurecieran. Cada día subía la colina para otear desde la cima, se sentaba en las alturas esperando sin saber muy bien el qué.

Miraba hasta donde se perdía la vista, viendo y lamentando los campos baldíos y sus prolongados silencios.

Aquella tarde el sol de octubre desdibujaba el camino, alargando su sombra por entre los árboles, el hombre se tambaleaba a cada paso mientras con torpeza intentaba asirse al aire. Bajó corriendo la ladera hasta los establos, mal ensilló a Rayo y al galope fue a su encuentro.

Supuraba bajo los párpados y la sangre empapaba sus ropas. Le tocó la sucia frente, ardía. Sin pensarlo se lo llevó a casa con lágrimas en los ojos: ¡Cuánto detestaba tanta hostilidad!

Le procuró todos los cuidados de los que disponía para que se recuperara. Durante los delirios de él, ella le habló de las cosechas perdidas, de la cerda que se llevó el ejército, de los hijos que nunca tuvieron y del marido fusilado por insurrecto.

Cuando les cubrió el invierno y el temporal de nieve arrecía, lo tapó con su cuerpo y la piel de borreguito. Susurrándole al oído tembloroso:

—Tranquilo. No sufras, estás a salvo… Pronto llegará la primavera y este duro diciembre quedará atrás. Tienes que esforzarte y ponerte bien porque habrá que arar el campo norte, yo sola no puedo.

En cierta ocasión ella le preguntó su nombre y él le contestó:

—No lo recuerdo. Por mucho que lo intento, no recuerdo nada.

—De alguna forma hay que llamarte, te llamaré Apolo como el dios griego.

Ella pensó que era mejor así y quemó en la chimenea el uniforme junto a su documentación. Desde ese momento sería un hombre nuevo.

A principios de marzo, ambos estaban bastante recuperados.

Al oírla cantar desde la cocina, él sintió que ese era el mejor hogar y pensó que aquella mujer lo quería de verdad. Sin dudarlo se lo preguntó y la joven con una sonrisa le contestó:

—En el pasado, en el presente… Toda la vida.

Ella sabía con certeza de que ahora sí, ahora sí podrían tener los hijos que nunca tuvieron, aunque no la recordara.




Laura Mir   



                                                                                     


martes, 16 de enero de 2018

Bellotas con leche - El viaje - J. R. Carrero

 




   Vangof  le llamó a las ocho de la mañana para informarle de los cambios de última hora. Al parecer el destinatario de la mercancía, sólo podía garantizarle la seguridad en el aeropuerto de Roma, provocando el canje de los billetes apresuradamente. Esa era la buena noticia, la mala era que la seguridad tenía un coste, y a Raúl  le tocaría asumir una gran parte. El hotel también lo habían tenido que cambiar. Toda la información estaba en su correo electrónico. Los nuevos pasajes que tuvo que imprimir en un locutorio cercano a su piso, indicaban que el vuelo efectuaría su salida a las 14.40h.
   El aeropuerto del Prat era un hervidero de gente. Los viajeros arrastraban pesadas maletas, empujaban atiborrados carritos o esperaban su turno en largas colas detrás de los mostradores.
   Raúl miraba atentamente uno de los paneles de información buscando su vuelo. Faltaban cincuenta minutos para el despegue.  La camiseta del Nápoles   le iba un poco holgada, no le quedaba del todo mal pero se sentía ridículo, el fútbol le parecía un deporte absurdo. ¿Qué podía hacer él? Aquella prenda era la referencia para el contacto, si es que aparecía.  Se dirigió hacia el tablero de la aerolínea de su vuelo, permutó los billetes electrónicos, fue al control de acceso correspondiente y se situó el último en la hilera.
   Tenía ocho personas delante.
   Mientras depositaba el equipaje de mano, una simple mochila verde en la bandeja, notó un pinchazo recorriéndole el estómago, como si le hubiesen atravesado con una larga aguja de hacer punto. Lo resistió con entereza, su rostro permaneció impasible.
   Seis personas delante.
   Continuó depositando sus pertenencias en el recipiente: el teléfono, las llaves, monedas…
   Cinco personas.
Era un momento delicado, debía cruzar el arco de seguridad, pasar por delante de dos pares de agentes de policía que le observarían con atención, deseosos de que hiciera un gesto sospechoso, que le brillara la frente o sencillamente, ver en sus ojos un atisbo de temor.
   Cuatro personas delante.
   Alguien le cogió del hombro con fuerza.
   —¿Señor, puede coger su bandeja y acompañarme,  por favor?
   Al girarse Raúl, puso su mejor cara de niño bueno pero un tanto sorprendido.
   —¿Yo? ¿Qué pasa?
El tipo era grande y de complexión fuerte, vestía traje negro, camisa blanca y corbata también negra. Su rostro tenía el semblante de un dogo alemán.
   —Coja su bandeja y acompáñeme por favor —ordenó mirándole fijamente con los ojos rebosantes de ira.
   «Mierda, mierda la he cagado» pensó Raúl, pero obedeció sin rechistar. Avanzó un par de pasos y recuperó la bandeja de la cinta transportadora  segundos antes de que se introdujera en la máquina de rayos x.
   «Será el contacto, será el contacto. Que sea el contacto, por favor».
   Al girarse, un policía uniformado se reunía con Trajenegro.
   —¿Algún problema, capitán?
   —Ninguno, yo me encargo.
   Raúl siguió al tipo con la bandeja a cuestas como si estuviese buscando mesa en un burger después de recoger su comanda.  Otro pinchazo atravesó su estómago y esta vez el dolor le hizo doblar una rodilla, pero enseguida recuperó la compostura y continuó su andadura.
   Caminaron durante casi cinco minutos recorriendo pasillos estrechos, cruzaron varias puertas con carteles de:


                                   PROHIBIDO EL PASO
                     SÓLO PERSONAL AUTORIZADO


    Al final el capitán se paró delante de una puerta de doble hoja.
   —Detrás de esta puerta, caminas unos diez metros y te toparás con el acceso a tu vuelo. —explicó, mientras le arrebataba la bandeja de las manos. —Coge tus cosas y lárgate.
   Raúl se puso la mochila al hombro, con manos temblorosas cogió el resto de sus pertenencias y las repartió en los bolsillos, abrió la puerta y se marchó.
   La azafata emplazada en la puerta de embarque, miró el billete sin prestarle demasiada atención, le dedicó una bonita sonrisa y le deseó buen viaje.
   Raúl no tardó demasiado en encontrar su asiento, estaba estratégicamente situado  muy cerca de la salida y daba al pasillo central, de esta forma, podría realizar el desembarque con celeridad. Vangof sabía hacer su trabajo.
   Tomó asiento, a su lado una cuarentona de aspecto descuidado y rostro avinagrado, leía una novela de Stephen King, Raúl arqueó las cejas al ver el grosor del libro y la saludó con un susurrante: «Hola». La mujer lo miró de soslayo. Eso estaba bien, muy bien, al parecer tendría un viaje tranquilo, sin tener que preocuparse de esos pasajeros en busca de una conversación amistosa entre desconocidos. Se puso el cinturón de seguridad y pretendía relajarse, cuando un extraño calambre recorrió sus intestinos como un pequeño rayo para desembocar en el ano en forma de punzada. Dio un respingo exagerado, provocando que la ferviente lectora levantase la mirada con el ceño fruncido.
   Después de aquello consiguió serenarse un poco,  al menos durante la primera media hora de las casi dos que duraba el vuelo. A ratos, mantenía los ojos cerrados e imaginaba lo que haría con el dinero, quizá desaparecería durante un tiempo, necesitaba unas vacaciones.
   Fue a partir de entonces, cuando su estómago empezó a revelarse. En un par de ocasiones los gruñidos estomacales hicieron que la mujer de al lado carraspease visiblemente molesta. De repente sintió nauseas, dolor de cabeza, un calor asfixiante, tenía la boca seca y el sudor apareció de manera desmesurada sobre la frente, decidió que era hora de ir al baño. Algo iba mal, estaba claro.
   Al levantarse, un súbito cosquilleo recorrió sus piernas, las tenía completamente dormidas.  Sudoroso, pálido y arrastrando los pies, comenzó un humillante paseo con andares robóticos hacia el lavabo, sentía las miradas curiosas e indiscretas de los pasajeros como decenas de mariposas revoleteando alrededor de su cabeza, por suerte nadie le dijo nada ni se cruzó en su camino. Consiguió llegar al servicio y respiró aliviado al ver que el indicador estaba en verde.
  Una vez dentro, observó el minúsculo habitáculo, sus ojos se detuvieron automáticamente en el inodoro, enseguida desvió la mirada, no estaba dispuesto a caer en la tentación. Sabía perfectamente que al menos la primera evacuación sería normal, después ya vendrían los huevos de oro, aun así, hubiese sido un gran error bajarse los pantalones y acomodarse en el trono, si algo tenía que salir de su culo, como era el caso, aquel no era ni el sitio ni el momento adecuado por más que sus tripas entonasen la quinta sinfonía de Beethoven.
   Al mirar el espejo se topó con una versión demacrada de sí mismo, le sobrevino el pensamiento de que ya estaba muerto y se encontraba cara a cara con su propio fantasma. El sudor era como un manto de barniz brillante, le cubría toda la cara. La tez de su rostro había adquirido un tono parecido al color de la crema de pastelero, en la esclerótica también amarillenta, serpenteaban diminutas venillas rojizas como culebras de río petrificadas. Poco a poco la sangre fue recuperando su actividad normal en las piernas, al parecer  la sensibilidad estaba de vuelta, eso le hizo reaccionar  y pensar que no todo estaba perdido.
   Se despojó con brusquedad de la camiseta, dejándola encima del retrete. Luego accionó el grifo, ahuecó las palmas de las manos bajo el chorro de agua fría. La temperatura y el tacto del líquido frío, le resultaron de lo más reconfortante. Bebió un poco, no demasiado porque podría sentarle peor, si es que eso era posible. Se empapó la cara y el pelo, poniendo especial énfasis en remojar bien la nuca, con las borracheras aquel truco solía funcionar. Se miró de nuevo en el espejo y aunque era evidente que no estaba en su mejor momento, el aspecto había mejorado considerablemente.
   «Creo que es hora de la poción mágica» pensó, mientras su mente viajaba a través del tiempo hasta situarse unos seis años atrás cuando Esteban alias el Brujo le pasó un papelito con la receta, Raúl escuchó en su interior las palabras del veterano mula como si le estuviese hablando en aquel mismo instante:
   —Si las cosas se ponen feas tómate esto, te sentará bien.
   Raúl introdujo su dedo índice en el mini bolsillo rectangular de los tejanos, donde normalmente se guardan las monedas, lo colocó en forma de garra y extrajo una pequeña bola de papel del plata acompañada de un par de pelusas grisáceas, descartó las pelusas de un soplido y desenvolvió el diminuto fardo de aluminio hasta que asomaron cuatro pastillas, se deshizo del papel de aluminio y situó las pastillas en la palma de su mano derecha.
   El cóctel de medicamentos estaba compuesto por un relajante muscular, un protector estomacal, una píldora para los dolores menstruales y una aspirina de las de toda la vida. Se las metió todas juntas en la boca, las masticó y tragó rápidamente, bebió otro poco de agua. Se puso la camiseta, salió del servicio y se precipitó de nuevo por el pasillo.
   La mujer del libro gordo le miró como se mira a las personas que no inspiran ninguna confianza, Raúl tomó asiento torpemente, se puso el cinturón y desvió la vista sin ningún disimulo hacia el libro, completamente ajeno a las chispas que los ojos marrones de la mujer le lanzaban.
   Antes de caer en un tan inesperado como profundo sueño y sentir por un momento que el mundo se apartaba de él, Raúl leyó por azar las siguientes líneas:
   … Y en el último instante, cuando el hacha llegaba a lo más alto y quedaba allí, en equilibrio, Richie comprendió que…

                                                             
                                                 
                                                                                 CONTINUARÁ…




J. R. Carrero







miércoles, 10 de enero de 2018

Mi mejor momento - José Mª García Sánchez







El sol ya había empezado a despuntar por el horizonte, estábamos a finales de mayo y amanecía más temprano. Llevaba los ojos entrecerrados por el sueño y los cegadores rayos de luz que venían del este. La temperatura a esa hora era agradable, y por un instante, me arrepentí de llevar una chaqueta de lana fina, me estorbaba.

Nos dirigíamos a Palma, donde nos esperaban a partir de las siete. Ya casi era la hora. El traqueteo del viaje y el no haber comido nada desde anoche, me habían revuelto un poco el estómago. Los demás estaban en silencio, si acaso se oía algún leve quejido, quizá por la brusquedad del conductor, que nos trataba como a animales.

Llegamos a un polígono industrial a las afueras de la ciudad. Desde luego aquello no era el Palacio de Marivent. Bajamos por la puerta trasera en fila india. Unos empleados nos apremiaban para ir más deprisa, alguno incluso de forma francamente desagradable.

Una vez dentro, lo primero que noté fue un olor nauseabundo. A pesar de que todo estaba limpio, las paredes alicatadas y el suelo brillante, el ambiente era fétido. Y un murmullo que parecía provenir de otras salas, me recordaba un lamento.

Cuando todos estuvimos allí, esperando con la excitación de quien hace algo nuevo, apareció un tipo que empezó a separarnos por grupos, aunque no entendí qué criterio seguía. Puede parecer absurdo, pero se diría que lo hacía por tamaños, o por peso. A mí me colocaron pasado el último grupo, junto a la pared del fondo. Al principio pensé que me dejaban solo, seguramente porque era el más joven de todos, pero finalmente trajeron a otro compañero más o menos de mi misma edad.

Pronto el primer grupo, formado por los más viejos, fue conducido a una sala contigua, parecía mucho más grande. Los empleados los trataban con malos modos, a empujones y sin miramientos. Cerraron la puerta al salir y se hizo un profundo silencio entre nosotros, apenas interrumpido por lejanos y acompasados ruidos de maquinaria, que con la regularidad propia de un reloj, mantenía un ritmo monótono y constante de sonidos metálicos.

Fueron saliendo los grupos por ese extraño orden descendente, siempre con los mismos modales e idéntica desconsideración, hasta que quedamos solamente, mi circunstancial compañero y yo. A nosotros nos trataron un poco mejor, acaso por el aspecto desvalido que da la infancia. Incluso un empleado muy joven, me acarició la cabeza.

Nos llevaron a otra estancia más pequeña con una especie de camilla en el centro. Un tipo vestido con una bata blanca —a lo mejor, un doctor—, me cogió por las axilas y me pesó en una balanza romana, me midió con una vara y me palpó el cuello y las piernas. Mientras negaba con la cabeza, le comentó algo a su ayudante en un idioma que no entendí. Por un momento, añoré la vida anodina y aburrida que había llevado hasta entonces en Algaida junto a mi madre.

Hizo la misma operación con mi compañero, aunque a éste, nada más lo midió y lo pesó. Inmediatamente se lo llevaron con los otros y volví a quedarme solo.

También habían salido los de la bata blanca, y me acerqué a la puerta entreabierta. Era una fábrica maloliente, llena de cintas que transportaban bultos sin formas reconocibles, de hombres y mujeres con delantales, guantes y gorros que iban de un lado a otro. Y aquel olor infame, lo inundaba todo.

Pensé que por mi edad o mi físico, no era apto para estar allí, por eso me rechazaban. Querría haberles dicho que a pesar de mi apariencia podía serles útil, pero sabía que no me entenderían por mucho que me esforzara.

Un empleado me cogió y me llevó de nuevo afuera. Me dejó al cuidado del conductor, que fumaba un cigarrillo tras otro. Me gustaba el olor a Bisonte, pues enmascaraba aquel otro tan penetrante y repugnante.

Del interior de la nave, se oía el ritmo machacón de cadenas y maquinaria, cintas y golpes. La actividad era frenética, y yo había sido excluido sin saber exactamente por qué.

El conductor estaba sentado en un poyete, a la sombra de la pared del edificio. Con el cigarrillo apagado entre los dedos amarillos de tantos años de nicotina. Dormitaba. Un camión frigorífico estaba en el muelle de carga, situado en el otro extremo de la nave, esperando para ser cargado. Eso me daba una idea de que probablemente en aquella industria se trataba con productos perecederos.

Aproveché la siesta del fumador de cigarrillos sin boquilla, para colarme en la fábrica. Vi a algunos de mis compañeros haciendo cola, tal vez repartían el desayuno. Me coloqué tras ellos y los seguí. Una cinta mecánica, como las de los aeropuertos, facilitaban nuestro tránsito por el inmueble. Diríase que no querían que malgastásemos nuestra energía en el traslado. Cuando estábamos a punto de entrar en una habitación, el pasillo se fue haciendo cada vez más y más estrecho, hasta el punto de no poder moverme. Suerte de que la cinta transportadora del suelo,  nos hacía avanzar.

Al final, sólo veía a quien me precedía en el camino, hasta que un brazo articulado, grande y vigoroso, me inmovilizó la cabeza. Un golpe seco en el occipital me dejó aturdido, casi inconsciente. No pude ver cómo una sierra circular que tenía a mi derecha me seccionaba la yugular. Al mismo tiempo, una cadena me enganchaba una pata trasera, me rompía la pezuña, me volteaba y colgaba de un gancho del techo. Fui avanzando cabeza abajo, medio adormecido, tras mis compañeros. Todos iguales, todos colgados del revés, todos desangrándonos lentamente. Entre brumas, noté el calor de la sangre resbalar por mi cuello, empapando la lana de mi cara y tapándome un ojo. Inútilmente intenté balar para llamar a mamá, pero la sierra mecánica también debía haberme seccionado la tráquea.

Poco a poco fui perdiendo fuerza, ya no podía agitarme, ni respirar, ni ver. Únicamente sentí el hedor de la muerte. Mi último aliento sirvió para contar mi postrera hora de vida, sin duda, la mejor de todas.
 


José Mª García Sánchez



lunes, 8 de enero de 2018

La noche estrellada - Jaime Ros






La curiosidad siempre fue un gato que no había muerto. Por eso, a pesar de que sus gafas oscuras y su bastón la señalaban como invidente, decidió entrar a la sala de exposiciones.

Intentó seguir los pasos que se ampliaban con sus propios ecos, queriendo distinguir así, dónde encontraban las vistas la importancia. Cuando unos cuantos pies marcaron con su sonido su marcha, se situó donde creyó que estaba el cuadro y se quedó mirando sin poder mirar. Gente venía e iba. Pero seguía allí quieta, mirando una oscuridad como otra cualquiera.

La noche es un telón azul, que se arremolina, como la tela que se va escondiendo bajo un puño.                           Una voz, que se situó detrás de ella, hizo que su pelo oscilara.              ¿Cómo es el azul?         Unos segundos de silencio siguieron la duda, hasta que una fría mano se posó en el lateral de su cuello. Escapó un silbido de su boca, sintió su pecho encogerse.

   ¿Lo sientes?                     Sí, lo siento.             Azul.

Las estrellas, y la luna, las pintó de color amarillo,        dio un grito, y callado, puso cinco dedos en la palma de la mano de ella, juntos, y fue separándolos lentamente,             y  tienen un cerco que lo separa del telón de la noche. Abajo, las laderas quedan arañadas, como formando parte de la oscuridad…

¿Cómo es la noche verdadera?

La negrura que invade tus ojos, pero con millones de minúsculos puntos de luz, de calor invisible que no se dejan ser invadidos.      
           
El brazo de él pasó bajo el brazo de ella, y el brazo de ella se recostó sobre el de él. Comenzaron a caminar, dando él el primer paso en la dirección correcta. Ella se dejó guiar, y escuchaba que los pasos se adentraban en la dirección contraria, y escuchó la puerta abrirse, y sintió el sol cómo calentaba la piel. Anduvieron entre el vaivén de los peatones, aguardando al borde del alquitrán, cruzando la calle y sintiendo un mundo que no se escondía bajo el tic-tac del golpeo de su bastón. Hablaban de todo, mientras hacían recuento de nada. Se sentía segura, caminando con la libertad de no hacerlo libre.

La brisa corría, separándolos, y trayéndole miles de aromas. Los iba reconociendo, todos juntos y podía separarlos, uno a uno, andaba en un mismo momento por muchas calles, esos olores eran los mismos, pero también de nuevos, de los parques y travesías que transitaba. Se sentaron al contacto de la madera de un banco. Ella quiso ver qué le rodeaba, aspirando fuerte cada molécula que flotaba en el aire, mientras él guardaba silencio para que pudiera escuchar aquél único rincón del planeta.

Apretaba la tierra en su mano, mientras que le hablaba con la voz más baja que tenía para no perturbar ese rincón,               los árboles se levantan con su tronco marrón,              la tierra crepitaba en su mano                        con sus copas verdes,                   y la mano acariciaba el frescor de la hierba,                hacia un cielo que se esconde tras las nubes             y  un pequeño trocito de pañuelo, con una burbuja de aire, golpeaba suavemente la cara de ella          que el sol las miente como naranjas,               gritó, al sentir una llama sobre su piel. 
               
En esta noche que empieza a ser estrellada.

¿Cómo es el rojo?             



Jaime Ros




jueves, 4 de enero de 2018

Encuentro casual - Violeta Evori








El gran deseo de Mario siempre fue viajar a Nueva York, desde que un domingo sus padres le llevaron siendo niño, al cine de su barrio a ver la película: Solo en casa.

Al salir de la proyección, decidió que cuando se hiciera mayor ese sería su objetivo. Nada ni nadie, frenaría el ímpetu que había experimentado sentado en la oscuridad de la sala.

Pasados los años, recordó que no había realizado su proyecto y eso motivó que una tarde de intenso frío cercana a Navidad, se pusiera el abrigo, la bufanda, una gorra de lana y unos guantes de piel, para dirigirse a una agencia de viajes donde le organizarían el trayecto y estancia en la gran metrópoli.

Aparcó el coche y antes de entrar al centro comercial, se detuvo a contemplar cómo los empleados del ayuntamiento, encaramados en largas escaleras, colocaban las luces decorativas entre las farolas.

«¡Este año él no estaría presente!» pensó.  

Desde que murieron sus padres, Mario no tenía lazos que le ataran a ninguna persona y menos aún en esas fechas, las cuales pasaba cada año solo entre las cuatro paredes de su casa: cenaba ligero, miraba un rato la televisión y se iba a dormir, sabiendo que había muchas personas que estaban todos esos días rodeados de amigos y familiares.

Con aquellos pensamientos se distrajo y al dar los primeros pasos, notó algo enganchado a su abrigo que le impedía avanzar, por lo que casi estuvo a punto de caer al girarse.

Se paró para observar a una niñita con la cara sucia, el pelo totalmente enmarañado y cubierto de nieve, que en aquel momento, caía en grandes copos. Vestía andrajosamente, e intentaba llamar su atención extendiendo el brazo hacía él, en clara señal de pedirle una limosna.

La pequeña que tenía los ojos entornados, llevaba las manos escasamente cubiertas por unos guantes con grandes agujeros, por los que Mario pudo vislumbrar los menudos dedos que parecían a punto de quebrarse y además, se fijó en los zapatos rotos que calzaba. Del bolsillo de su abrigo sacó unas monedas para dárselas y, cuando la criatura fue a cogerlas, sus miradas se encontraron. Mario quedó paralizado, pues reconoció en su rostro, ciertos rasgos que le recordaban a alguien muy importante de su juventud.

¡Esos ojos! —exclamó el hombre.

Eran iguales, idénticos a los de Lucía. Su primer y gran amor, la joven que cuando él se preparaba para iniciar su carrera de notario, sin darle ninguna explicación le abandonó y de la que no había vuelto a tener noticias.

Al alzar la mirada al frente, distinguió en un banco a una mujer encogida y arropada bajo una manta a cuadros rojos y negros, que apenas le cubría medio cuerpo. Ella al sentirse observada, levantó la cabeza, miró a la niña y le hizo una señal para que acudiera a su lado.

María ven aquí.

Sí mamá.

El corazón de Mario se detuvo al escuchar aquellas palabras, aquella voz. Su mente quedó noqueada por un instante.

Igual que el de Lucía, que también le había reconocido y, en un momento, afloró a su rostro todo el color que hacia tanto le faltaba.

Mario se olvidó por completo del motivo que le había llevado allí.

Reponiéndose, cogió a la niña de la mano y se acercaron a su madre, sin atreverse a mirarla.

En una fracción de segundo el pasado se agolpó en el corazón de Mario,  más a pesar de todo, no sintió ningún rencor, por lo que el perdón emergió de inmediato de su alma y el tiempo se detuvo hasta regresar al día anterior a la huída de Lucía.

No hizo falta hablar nada. Intuitivamente se quitó el abrigo, las cubrió y los tres se encaminaron al lugar donde Mario había dejado el coche.

Lucía supo que había llegado la hora de explicarle la verdadera historia de María, la niña que feliz y sonriente,  caminaba entre ellos… ¡Sus  padres!

«Adiós a mi viaje a Nueva York» pensó Mario, por fin este año pasaría las fiestas acompañado.

—Adiós al hambre, al frío, a deambular por las calles… —susurró casi imperceptible para sí Lucía, tampoco ellas las pasarían solas a la intemperie.




Violeta Evori