lunes, 11 de diciembre de 2017

Bellotas con leche - Marilyn - J. R. Carrero




   Para un observador nato como Raúl —aunque él no fuera consciente de ello—, la noche estaba resultando de lo más interesante. Ahora, mientras caminaba detrás de Vangof  a través del largo pasillo, tenia donde escoger.
   Delante de sus narices, embutido en unos pantalones de pinza color ceniza talla extra grande, bamboleaba incesantemente aquel flácido y enorme culo.
   Las posaderas del gordo daban paso a una holgada camisa azul cielo con diminutos detalles florales. Una montaña de carne humana culminada en la cima por una gran cabeza calva y brillante. Pero lo que realmente había reclamado la atención de Raúl desde que salieron del despacho del jefe, era el rosáceo, arrugado y deforme muñón situado allí donde debería estar la oreja izquierda. Por mucho empeño que pusiese en no mirar la protuberancia, sus ojos siempre encontraban el camino.
   Vangof  se paró en mitad del pasillo, delante de una de las puertas rojas, introdujo una llave en la cerradura y la abrió.
   —Lisa estará aquí en lo que tardas en darte una ducha —dijo cuando se marchaba.
   Aquello sonó a sugerencia con tintes de obligación.
   «Qué coño sabrás tú lo que tardo yo en ducharme» pensó Raúl. Por supuesto, no dijo nada.
   El chico echó un último vistazo a la mole mientras este se encaminaba en busca de Lisa. El peculiar contoneo de Vangof  le recordaba a algún actor americano. ¿De Los Soprano, quizá? No, no lo recordaba.

   Raúl acababa de salir de debajo del agua, cuando escuchó el golpe de la puerta al cerrarse, seguido de una voz femenina:
   —¿Hola?
   —Hola. Estoy en el baño, enseguida salgo.
   —Tranquilo cariño, tómate tu tiempo.
   Raúl sentía un gran respeto por la profesión de la chica, al fin y al cabo su madre había pertenecido al gremio hasta bien entrados los cuarenta, ahora con cincuenta y tantos, limpiaba las cabinas de un peep-show en el centro de Barcelona. «Para lo que hemos quedado…» solía lamentarse cuando se encontraba con alguna antigua compañera.
   Tal vez, por esa familiaridad con la profesión, cuando Raúl requería los servicios de alguna prostituta la trataba con más educación de lo que era normal en él. Empleaba un vocabulario exageradamente refinado, algo que a las chicas extrañaba a todas por igual, pero les producía distintas reacciones.
   Raúl salió del aseo con una simple toalla atada a la cintura y lo que vio, le dejó con la boca abierta, paralizándolo por unos segundos.
   Lisa, una hermosa rubia de corta melena, vestida con un finísimo vestido blanco de tirantes, aguardaba estirada en la cama mientras fumaba un cigarrillo.
   Raúl no tardó ni cinco segundos en sacarle un Parecido Razonable, era clavadita a Marilyn Monroe, incluso tenía un pequeño  lunar en la mejilla izquierda. La diferencia más evidente, era que Lisa usaba  dos o tres tallas más de sujetador y eso a Raúl, le ponía muy cachondo.
   —¿Qué coño te pasa? Parece que hayas visto un fantasma—preguntó Lisa como si le conociese de toda la vida.
   —Disculpe señorita, he quedado prendado por su belleza durante unos instantes.
   Lisa, la cual ya se había convertido definitivamente en Marilyn para Raúl, ladeó la cabeza un par de centímetros, arrugó la nariz y le miró con expresión extrañada.
   —¿Me estás vacilando chaval? Te advierto que no me van las bromas —espetó sin titubeos.
   —Perdón, no era mi intención, sólo es que… a veces me cuesta romper el hielo.
   Lisa le miró de reojo, expulsó una gran bocanada de humo y al fin le dedicó una leve sonrisa.
   —Ya. Bueno… Y cuéntame a qué viene tanto enchufismo, el Gordo me ha dicho que no te cobre y ha insistido en que sea especialmente cariñosa contigo.
   —Bueno, supongo que le he caído bien al jefe. Alguna vez le han dicho que…
   —Que me parezco a Marilyn.  —Le interrumpió Lisa— ¿Eso es lo que ibas a decir?
   —Sí, exacto.
   —Querido, forma parte del personaje. ¡No me digas que no te habías dado cuenta!  ¿A caso creías que esta peca es de verdad? —dijo señalándola con una  larguísima y cuidada uña roja. —A los clientes les gusta, prefieren irse a la cama con Marilyn que con una desconocida. En este oficio la imaginación también cuenta y a mí me hace ganar un poco más que a las demás.
   —Vaya, muy inteligente de su parte.
   —Entonces, ¿Has conocido al viejo?
   —Sí.
   —¿En qué andas metido? —preguntó mientras apagaba el cigarrillo en el cenicero de cristal que había en una de las mesitas de noche. —Ese hijo de puta no suele recibir muchas visitas si no es por algo gordo.
   —No quisiera ser grosero, pero no creo que deba responder a esa pregunta.
   —Ya, bueno, sea lo que sea, ándate con ojo, ese tío es un puto sádico y tú eres demasiado joven y  bastante guapo como para joderte la vida.
   Realmente le parecía muy guapo y la forma en que la trataba, le hacía sentirse bien, respetada e incluso, empezaba a sentir un alegre cosquilleo.
   —Le agradezco el consejo. —Fue lo único que se le ocurrió decir a Raúl.
   —Dejémonos de cháchara, va siendo hora de que me enseñes lo que tienes ahí debajo. ¿No te parece? —preguntó señalando al bulto que se escondía detrás de la toalla.
   Raúl obedeció al instante, abriendo la toalla.
   Esta vez la que quedó con la boca abierta fue Lisa, sus labios rojos y carnosos formaron una O perfecta.
   —Vaya, eso sí que no me lo esperaba. Tienes una buena pistola. ¿Por qué no te acercas?  Me gustaría verla mejor  —dijo a la vez que se le aproximaba gateando sensualmente sobre la cama.
   Lisa estaba desplegando todas sus armas de seducción y lo cierto es que no fingía, al menos no del todo.
   Raúl dio tres cortos pasos hasta que sus rodillas toparon con el colchón, la erección  estaba a punto de llegar a su máxima expresión, antes de que se diera cuenta Marilyn le practicaba una felación que no olvidaría en la vida.
   Para Raúl, el sexo con Marilyn  fue prácticamente como tocar el cielo. Si le preguntásemos a Lisa, le costaría admitirlo pero al final confesaría que había disfrutado de dos orgasmos realmente cojonudos.
   —Ten cuidado con el viejo… Desearía volver a verte.
   Fueron las palabras que utilizó Lisa en la despedida, una frase que le sorprendió a ella misma.
   Después de una ducha rápida, el gordo vino a buscarle y le acompañó al despacho del jefe.
   —¿Lo has pasado bien Raúl? —preguntó el Yesero esbozando una pícara sonrisa.
   —Ha sido increíble —afirmó Raúl con total sinceridad.
   —Me alegro chico, me alegro. Es hora de ponerse a trabajar. ¿No te parece?
   —Sí, claro que sí. —respondió Raúl servicial y ajeno por completo al hecho de que iba a ser una víctima de su propio juego.


                                                                           CONTINUARÁ…


J. R. Carrero



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6 comentarios:

  1. Me ha gustado, esperando continuación, aún consigues mantener al lector en vilo, saludos.

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  2. Señor Carrero, me ha dejado usted con ganas de más.
    Esperando la tercera parte.
    Saludos

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  3. Saber poco o nada de esta historia por adelantado me pone de los nervios porque me gusta demasiado. Tendremos paciencia mientras horneas el resto. Muchas gracias por compartir en esta Casa. Un abrazo.

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  4. Adelante con esta historia J.C.Carrero, es buena.

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  5. Muchas gracias a todos, realmente uno se siente halagado con estos comentarios tan positivos. Espero estar a la altura y sorprenderos en las próximas entregas.
    J.R.Carrero

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  6. Como toda buena novela negra que se precie, la correspondiente dosis de sexo contado sin caer en lo soez. Una gran segunda parte. Mis felicitaciones. A por las siguientes. Un saludo.

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