miércoles, 20 de diciembre de 2017

Bellotas con leche - La carga - J. R. Carrero







   César Milleiro, más conocido por sus allegados como el Yesero, tenía la completa certeza de que se iría al otro barrio con las botas puestas. Para él, la vida era un inmenso lago de aguas putrefactas  en el que había que mantenerse a flote fuera como fuese y César, se movía por aquellas aguas con un gracejo y estilo inigualables. A sus setenta y ocho años, sentía que seguía en este mundo simplemente por suerte o voluntad divina, algo así como una vida extra en un videojuego. Probablemente, ese pensamiento era lo que le llevaba a agarrarse a la existencia como un piojo se agarra al pelo de un niño.
   Sin embargo, en estos momentos las suelas de sus botas caminaban por un terreno desconocido, no es que el tráfico y distribución de drogas fuera algo  nuevo para él, en realidad este negocio junto con la prostitución y la organización de timbas de póker era su sustento desde hacía más de cuarenta años. Pues de todos es sabido que no sólo de pan vive el hombre. Pero las cosas estaban cambiando, el transporte de la mercancía por carretera se había vuelto peligroso, prácticamente imposible. De Barcelona a Nápoles, uno se podía encontrar hasta seis controles policiales con perros rastreadores de droga. Casi un suicidio. Por este motivo se había visto en la obligación de buscar otros métodos de envío.
   Ahora él y Vangof,  observaban al chico mientras tomaba asiento en la mesa de chapa en la que tenía preparados los dos botes de cristal con las bellotas, una botella de leche y un vaso vacío.
   Raúl abrió la botella, llenó el vaso y se lo bebió en dos tragos, luego abrió uno de los botes y vació todo el contenido sobre la mesa. Empezó a contarlas:
    —Una, dos, tres…
    El Yesero paciente, le miraba.
   Cuando llegó a la última de aquel bote, la número veintiséis, se la llevó a la boca cuidadosamente, la colocó sobre su lengua y la tragó con espantosa facilidad.
    El viejo pudo ver desde su sillón la forma de la píldora recorriendo la garganta  hasta desaparecer. Se levantó con una energía impropia de su edad y alzó las manos al cielo como si fuese un predicador.
    —¡Maravilloso! ¿No te parece maravilloso Vangof? ¡Esta vida es increíble, cada día es una oportunidad para ver cosas nuevas! ¡No me cansaré de vivir nunca!
    El viejo era un cabrón despiadado, pero lo que decía era cierto, disfrutaba de cada cosa nueva como un niño, cada vez que veía algo por primera vez era una explosión de vitalidad, como cuando ordenó que le cortasen la oreja a su secretario por cometer un pequeño desliz.
    Raúl quedó paralizado unos segundos, sorprendido por la reacción desmesurada del viejo.
    —Continua Raúl, no pares, me muero de ganas por verte tragar todo eso.
    Raúl cogió otra bellota y repitió la operación, aquello le resultaba muy sencillo, de alguna forma sus cavidades orales asimilaban perfectamente cualquier bulto y lo ingería sin apenas esfuerzo. Tenía un don. Aunque esta vez no resultaría tan fácil.
    Cuarenta minutos más tarde, la novedad había pasado, el Yesero dormitaba en su sillón, Raúl tragó la última bellota del primer bote, vertió lo que quedaba de leche en el vaso y lo bebió lentamente.
   —Necesitaré más leche —dijo levantándose y arrastrando la silla hacia atrás.
   César despertó sobresaltado, por un momento parecía que no supiese donde estaba.
   —¿Qué pasa? —preguntó.
   —Nada jefe, el chico necesita más leche —informó Vangof que ya se dirigía hacia la despensa.
   —Hazme un café —ordenó el Yesero, soltando un largo bostezo. Se puso en pie y fue hacia Raúl que permanecía con los brazos apoyados sobre la mesa.
   —¿Va todo bien chico?
   —Sí, todo bien, sólo tengo que estirar las piernas un poco —contestó forzando una media sonrisa.
   Vangof  depositó una nueva botella de leche sobre la mesa del centro y empezó a preparar una cafetera.
   Raúl se sentó de nuevo, sirvió otro vaso de leche y le dio un sorbo más bien corto. Abrió el tarro, lo vació sobre la mesa y reanudó la cuenta allí donde la había dejado.
   —Veintisiete, veintiocho…
   Se sentía cansado, a estas alturas eso era normal, pero no tanto. En otras ocasiones, el dolor de garganta, la pesadez de estómago y lo que él llamaba: «el bajón» —algo parecido a lo que algunos corredores de maratón sienten durante la segunda parte de la carrera—, no aparecían hasta la cápsula número cuarenta más o menos, lo que convertía la última decena en un auténtico desafío.
   En cambio, esta vez los síntomas aparecieron a mitad de carrera. Sin duda Raúl, tenía algo por lo que preocuparse, pero no pensaba darse por vencido.
   —… Cincuenta y una, cincuenta y dos y…
   —Falta una —afirmó Raúl dirigiéndose al viejo.
   —No, no falta ninguna —sentenció el viejo que había vuelto a acomodarse en su butaca.
   —Las volveré a contar.
   —No es necesario Raúl, te digo que no falta ninguna.
   Vangof  sirvió una taza de café solo sin azúcar y se la llevó al viejo.
   —La que te falta la tengo yo —dijo mientras sacaba otra cápsula toda roja del primer cajón de su mesa y se la mostraba—.  Sólo, que ésta, a diferencia de las demás, no contiene cocaína. Esta contiene un dispositivo rastreador GPS.
   Raúl le miró con el ceño fruncido.
   —Vamos Raúl, no pensarías que te iba a dejar salir de aquí tranquilamente con casi un kilo de coca pura entre pecho y espalda, ¿no? Si nos acabamos de conocer hombre. —Le tendió la cápsula a Vangof, que a su vez la dejó sobre la mesa de chapa, en frente de Raúl—. Sé lo que estas pensando, que pitará en los arcos de seguridad del aeropuerto. ¿Verdad? Bueno, no tienes por qué preocuparte por eso, esa maravilla está recubierta de un material que la hace indetectable. Yo mismo lo comprobé el otro día en un viajecito de placer que hice y esos cacharros no dicen ni pio, te lo aseguro.  Quiero que esa sea la siguiente que te tragues. ¿Algún problema con eso Raúl?
   El chico negó con la cabeza, en su interior resonaban las advertencias de Marilyn. Como para dar el tema por zanjando, Raúl cogió la capsula GPS, la colocó sobre la lengua y la tragó, esta vez con el rostro un tanto compungido.
   —¡Muy bien! ¡Ese es mi chico! Adelante que continúe el espectáculo —dijo el viejo visiblemente complacido mientras encendía un cigarrillo.
    En la siguiente hora y media, Raúl prosiguió con su ardua tarea, cada bellota
que se llevaba a la boca suponía todo un reto. Las notaba arrastrándose lentamente dentro de la garganta como un gordo en el interior de una tubería.
   El Yesero permanecía expectante en su butaca, con los ojos brillantes. El interés se había vuelto a despertar, esta vez para quedarse hasta la recta final.
   Para poder ingerir las últimas diez bellotas, Raúl necesitó la ayuda de un tubo completo de vaselina, notaba el estómago como un bloque de cemento. Las lágrimas empezaron a  pasearse por sus mejillas sin que él apenas las sintiese.
   A la una y cuarenta y ocho de aquella madrugada, sobre la mesa sólo quedaba una cápsula, Raúl la engulló deprisa, sin querer sentirla, como un niño que traga la última cucharada de las verduras que tanto odia.
   El Yesero se levantó con tanto ímpetu que a punto estuvo de tirar la butaca al suelo.
   —¡Hijo de la grandísima puta! ¡Lo has conseguido! ¡Joder! Maldito cabronazo, pensaba que no lo conseguirías, te tenías que ver la cara —vociferó mientras se aproximaba a Vangof—. ¿Has visto eso Vangof? Este hijo de puta es un puto baúl. —Se quedó parado por un instante como si acabase de recordar algo importante. —Baúl, Raúl… —dijo pensativo y rompió en una estridente carcajada. —Me cago en la puta, te va como anillo al dedo. Ese será tu apodo: Baúl, —sentenció con una sonrisa en los labios.
   «Ese es mi juego cabrón, aquí los motes y los parecidos los pongo yo». Pensó Raúl, pero mantuvo la boca cerrada.
   

                                                                       CONTINUARÁ...





lunes, 18 de diciembre de 2017

Smainok, el ladrón de sorpresas - Inoa (6 años)







Había una vez un ladrón llamado Smainok que se acercaba de puntillas a casa de Papá Noel la noche de Navidad. Iba vestido todo de negro y llevaba un saco también negro. Cuando llegó a casa de Papá Noel se escondió detrás y encontró una puerta secreta, entró en la casa. Llevaba un tambor para que los duendes se pensaran que era Papá Noel bailando. Entonces tocó el tambor:

                                 ¡POM, POM, POM!

Los duendes se despertaron pensando que era Papá Noel y fueron a buscarlo.

Smainok se coló en la máquina de envolver regalos e hizo sonar  una y otra vez el tambor, mientras los duendes buscaban a Papá Noel  por toda la casa. Smainok  robó todo el papel de regalo metiéndolo en el saco y sin que los duendes se dieran cuenta, salió de la maquina e intentó salir de la casa, pero no pudo porque vino Papá Noel. Smainok se escondió detrás de Papá Noel.

Papá Noel vio que había tres regalos sin empaquetar y los puso en la maquina pero no envolvía, entonces se dio cuenta de que no tenia papel y se puso a buscarlo como un loco por toda la casa.

Mientras tanto, Smainok seguía escondido detrás de él. En un momento Papá Noel se fijó que su sombra era muy extraña y tocó su espalda, se giró de golpe y atrapó al ladrón.

Papá Noel llamó a la Polinorte que vino enseguida y le cogieron el saco, devolviendo el papel de regalo a Papa Noel que pudo envolver todos los regalos.



Inoa




lunes, 11 de diciembre de 2017

Bellotas con leche - Marilyn - J. R. Carrero




   Para un observador nato como Raúl —aunque él no fuera consciente de ello—, la noche estaba resultando de lo más interesante. Ahora, mientras caminaba detrás de Vangof  a través del largo pasillo, tenia donde escoger.
   Delante de sus narices, embutido en unos pantalones de pinza color ceniza talla extra grande, bamboleaba incesantemente aquel flácido y enorme culo.
   Las posaderas del gordo daban paso a una holgada camisa azul cielo con diminutos detalles florales. Una montaña de carne humana culminada en la cima por una gran cabeza calva y brillante. Pero lo que realmente había reclamado la atención de Raúl desde que salieron del despacho del jefe, era el rosáceo, arrugado y deforme muñón situado allí donde debería estar la oreja izquierda. Por mucho empeño que pusiese en no mirar la protuberancia, sus ojos siempre encontraban el camino.
   Vangof  se paró en mitad del pasillo, delante de una de las puertas rojas, introdujo una llave en la cerradura y la abrió.
   —Lisa estará aquí en lo que tardas en darte una ducha —dijo cuando se marchaba.
   Aquello sonó a sugerencia con tintes de obligación.
   «Qué coño sabrás tú lo que tardo yo en ducharme» pensó Raúl. Por supuesto, no dijo nada.
   El chico echó un último vistazo a la mole mientras este se encaminaba en busca de Lisa. El peculiar contoneo de Vangof  le recordaba a algún actor americano. ¿De Los Soprano, quizá? No, no lo recordaba.

   Raúl acababa de salir de debajo del agua, cuando escuchó el golpe de la puerta al cerrarse, seguido de una voz femenina:
   —¿Hola?
   —Hola. Estoy en el baño, enseguida salgo.
   —Tranquilo cariño, tómate tu tiempo.
   Raúl sentía un gran respeto por la profesión de la chica, al fin y al cabo su madre había pertenecido al gremio hasta bien entrados los cuarenta, ahora con cincuenta y tantos, limpiaba las cabinas de un peep-show en el centro de Barcelona. «Para lo que hemos quedado…» solía lamentarse cuando se encontraba con alguna antigua compañera.
   Tal vez, por esa familiaridad con la profesión, cuando Raúl requería los servicios de alguna prostituta la trataba con más educación de lo que era normal en él. Empleaba un vocabulario exageradamente refinado, algo que a las chicas extrañaba a todas por igual, pero les producía distintas reacciones.
   Raúl salió del aseo con una simple toalla atada a la cintura y lo que vio, le dejó con la boca abierta, paralizándolo por unos segundos.
   Lisa, una hermosa rubia de corta melena, vestida con un finísimo vestido blanco de tirantes, aguardaba estirada en la cama mientras fumaba un cigarrillo.
   Raúl no tardó ni cinco segundos en sacarle un Parecido Razonable, era clavadita a Marilyn Monroe, incluso tenía un pequeño  lunar en la mejilla izquierda. La diferencia más evidente, era que Lisa usaba  dos o tres tallas más de sujetador y eso a Raúl, le ponía muy cachondo.
   —¿Qué coño te pasa? Parece que hayas visto un fantasma—preguntó Lisa como si le conociese de toda la vida.
   —Disculpe señorita, he quedado prendado por su belleza durante unos instantes.
   Lisa, la cual ya se había convertido definitivamente en Marilyn para Raúl, ladeó la cabeza un par de centímetros, arrugó la nariz y le miró con expresión extrañada.
   —¿Me estás vacilando chaval? Te advierto que no me van las bromas —espetó sin titubeos.
   —Perdón, no era mi intención, sólo es que… a veces me cuesta romper el hielo.
   Lisa le miró de reojo, expulsó una gran bocanada de humo y al fin le dedicó una leve sonrisa.
   —Ya. Bueno… Y cuéntame a qué viene tanto enchufismo, el Gordo me ha dicho que no te cobre y ha insistido en que sea especialmente cariñosa contigo.
   —Bueno, supongo que le he caído bien al jefe. Alguna vez le han dicho que…
   —Que me parezco a Marilyn.  —Le interrumpió Lisa— ¿Eso es lo que ibas a decir?
   —Sí, exacto.
   —Querido, forma parte del personaje. ¡No me digas que no te habías dado cuenta!  ¿A caso creías que esta peca es de verdad? —dijo señalándola con una  larguísima y cuidada uña roja. —A los clientes les gusta, prefieren irse a la cama con Marilyn que con una desconocida. En este oficio la imaginación también cuenta y a mí me hace ganar un poco más que a las demás.
   —Vaya, muy inteligente de su parte.
   —Entonces, ¿Has conocido al viejo?
   —Sí.
   —¿En qué andas metido? —preguntó mientras apagaba el cigarrillo en el cenicero de cristal que había en una de las mesitas de noche. —Ese hijo de puta no suele recibir muchas visitas si no es por algo gordo.
   —No quisiera ser grosero, pero no creo que deba responder a esa pregunta.
   —Ya, bueno, sea lo que sea, ándate con ojo, ese tío es un puto sádico y tú eres demasiado joven y  bastante guapo como para joderte la vida.
   Realmente le parecía muy guapo y la forma en que la trataba, le hacía sentirse bien, respetada e incluso, empezaba a sentir un alegre cosquilleo.
   —Le agradezco el consejo. —Fue lo único que se le ocurrió decir a Raúl.
   —Dejémonos de cháchara, va siendo hora de que me enseñes lo que tienes ahí debajo. ¿No te parece? —preguntó señalando al bulto que se escondía detrás de la toalla.
   Raúl obedeció al instante, abriendo la toalla.
   Esta vez la que quedó con la boca abierta fue Lisa, sus labios rojos y carnosos formaron una O perfecta.
   —Vaya, eso sí que no me lo esperaba. Tienes una buena pistola. ¿Por qué no te acercas?  Me gustaría verla mejor  —dijo a la vez que se le aproximaba gateando sensualmente sobre la cama.
   Lisa estaba desplegando todas sus armas de seducción y lo cierto es que no fingía, al menos no del todo.
   Raúl dio tres cortos pasos hasta que sus rodillas toparon con el colchón, la erección  estaba a punto de llegar a su máxima expresión, antes de que se diera cuenta Marilyn le practicaba una felación que no olvidaría en la vida.
   Para Raúl, el sexo con Marilyn  fue prácticamente como tocar el cielo. Si le preguntásemos a Lisa, le costaría admitirlo pero al final confesaría que había disfrutado de dos orgasmos realmente cojonudos.
   —Ten cuidado con el viejo… Desearía volver a verte.
   Fueron las palabras que utilizó Lisa en la despedida, una frase que le sorprendió a ella misma.
   Después de una ducha rápida, el gordo vino a buscarle y le acompañó al despacho del jefe.
   —¿Lo has pasado bien Raúl? —preguntó el Yesero esbozando una pícara sonrisa.
   —Ha sido increíble —afirmó Raúl con total sinceridad.
   —Me alegro chico, me alegro. Es hora de ponerse a trabajar. ¿No te parece?
   —Sí, claro que sí. —respondió Raúl servicial y ajeno por completo al hecho de que iba a ser una víctima de su propio juego.


                                                                           CONTINUARÁ…


J. R. Carrero



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