miércoles, 29 de noviembre de 2017

Bellotas con leche - El contacto - J. R. Carrero






    Él sería el continente y en su contenido: cincuenta y tres bellotas de cocaína que debía ingerir la noche anterior.

                                                *****

    Recibió las instrucciones por WhatsApp, en un escueto mensaje de un número desconocido, tal y como le habían dicho que sucedería.
    «En el club Arcoíris de Granollers, a las diez de la noche, pregunta por el Yesero». Rezaba el mensaje.
    Ni antes ni después, llegó con extremada puntualidad. El local estaba vacío y oscuro, a excepción de la barra situada al fondo de la sala, iluminada por unos tubos de neón rojo pálido.
    Tras el mostrador, una despampanante mujer latina pasaba un paño, al verle entrar escondió el trapo, se retocó el escote y adoptó una pose sensual.
    —Hola mí amor. ¿Qué puedo hacer por ti? —preguntó apoyada en la barra de manera  que sus pechos quedaban bien visibles.
    —Hola. Quisiera ver al Yesero —explicó Raúl obligándose a mirarla a la cara.
Los ojos negros de la mujer apuntaron al cielo haciendo desaparecer la sensualidad con un movimiento brusco y exagerado.
    —Espera aquí —ordenó mientras se marchaba.
    Al poco, volvió acompañada por un hombre y sin mediar palabra ocupó de nuevo  su puesto de trabajo.
    El Yesero tomó asiento al lado de Raúl, resultó ser un viejo larguirucho y flaco, con el pelo completamente blanco, camisa a cuadros, chaleco de cuero negro y unos ajustados vaqueros que terminaban dentro de unas botas de cowboy. Entre sus labios sostenía un cigarrillo negro con la ceniza a punto de caer. 
    Raúl, al cual le gustaba jugar a Parecidos Razonables, decidió que aquel tipo era clavadito a Lucky Luke, pero con ochenta años.
    —¿Eres Raúl? -—preguntó el viejo con voz quemada, mientras chafaba el cigarrillo sobre el brillante mármol negro de la barra.
    —Sí señor —contestó Raúl cabizbajo.
    La chica se apresuró en retirar la colilla y limpiar los restos de ceniza.
    —Lo primero que quiero, es que me muestres respeto chico, y mirando al suelo estás haciendo todo lo contrario. —Raúl alzó la vista y le sostuvo la mirada—. Eso está mejor, lo segundo que quiero, es que me contestes a una pregunta muy sencilla. —Dio dos golpecitos sobre la barra y a los cinco segundos apareció un chupito de whisky deslizándose desde el otro extremo, con gran precisión lo agarró antes de que parara y lo bebió de un solo trago sin inmutarse.
    Clavó la mirada en los ojos del chico y continuó hablando:
    —Soy un hombre bueno. ¿Sabes? Puede que mis negocios no sean, digamos… que maravillosos, pero soy buena persona y no quiero que hagas esto si no estás seguro. Sólo te lo preguntaré una vez. ¿Estás seguro, chaval?
    —Sí —contestó Raúl con rotundidad, pero no lo estaba, en su interior algo le decía que aquello saldría mal. Muy mal.
    —¡Está bien! Pongámonos a trabajar entonces. ¡Sígueme!
    Sin embargo, su mirada reflejaba un atisbo de compasión, como si acabase de tirar la vida de aquel muchacho que no aparentaba más de veinticinco años directamente a la basura.
    Atravesó la sala con andares de pavo, con las piernas arqueadas.
    «Que me maten si este tío no es el autentico Lucky Luke».  Pensó Raúl, siguiendo sus pasos e intentando esconder todo el miedo que sentía.
     Atravesaron un umbral, bajaron por unas escaleras que daban a un largo pasillo  con puertas rojas a los lados, lo recorrieron completamente y entraron en la última de la derecha.
    La estancia era amplia y en el techo una hilera de fluorescentes emitían leves zumbidos, mientras proporcionaban una luz pobre y amarillenta. Justo en el centro de la sala, aguardaba una mesa de chapa rectangular completamente vacía con seis sillas alrededor.
    —Siéntate aquí Raúl y vacía tus bolsillos —dijo señalando la mesa, mientras se encaminaba hacia un gran escritorio de despacho situado al fondo de la habitación, tomó asiento en una butaca de piel y estiró las piernas sobre la lustrosa madera, al estilo sheriff del condado, mostrando con orgullo la suela de sus caras botas.
    En el lado derecho, sentado delante de una pantalla de ordenador, un calvo gordo al que le faltaba la oreja izquierda, se giró al oírles entrar, interrumpiendo  su partida al solitario.
    Raúl descargó sus pertenencias encima de la mesa central: La cartera, un paquete de tabaco, dos mecheros, las llaves de su piso y el teléfono.
    El gordo ya se había levantado y se dirigía hacia allí. Sin mediar palabra cacheó a Raúl de arriba abajo.
    —Limpio —anunció como si formase parte de un ritual.
    —Pura rutina Raúl, no te preocupes —dijo el Yesero. 
    Acto seguido, el gordo se sentó y comenzó a husmear las cosas de Raúl, abrió la cartera, tras una revisión rápida extrajo el DNI, se dirigió a la impresora, hizo una fotocopia y desde allí lanzó el documento hacia Raúl sin preocuparse demasiado por el destino del bulto.
    —Tengo entendido que ya has hecho esto antes. ¿No es así Raúl? —preguntó el viejo.
    —Sí señor, con cantidades similares pero de hachís, nunca cocaína.
    —Bueno, supongo que a la hora de tragarte las bellotas eso no tiene mucha importancia —dijo mientras se levantaba y se dirigía a una pequeña pero equipada cocina, situada al lado izquierdo de la habitación.
    Abrió uno de los armarios y extrajo de allí dos tarros de cristal, repletos de las píldoras prensadas y plastificadas. Las dejó encima de la mesa, al lado de las cosas de Raúl.
    —¿Podrás con esto? —preguntó.
    —Sí señor, sin problemas.
    —Muy bien, entonces te explicaré cómo será todo el proceso, pero antes sonríe chico, mi colega va a hacerte una foto.
    El calvo gordo se había vuelto a levantar y sostenía una cámara de fotos a escasos dos metros de Raúl, fotografió al chico y volvió a su lugar de trabajo.
    —Muy bien Raúl —comenzó a explicar el Yesero—. Vangof  comprará ahora un billete a tu nombre, ida y vuelta con destino a Nápoles, subirás a ese avión. Cuando llegues allí, cogerás un taxi y te dirigirás a un hotel de las afueras en el cual tendrás una habitación reservada a tu nombre. Te instalarás en ella hasta que descargues toda la mercancía. En algún momento alguien pasará a recogerla y tu trabajo habrá concluido.
    —El vuelo saldrá a las once de la mañana —informó Vangof, mientras aporreaba con sus dedos gordos el teclado del ordenador.
    —Vale, eso nos da un margen de… —El Yesero miró su reloj—. Doce horas más o menos. ¿Vamos bien de tiempo?
    —Sobrados —contestó Raúl que empezaba a sentirse más relajado.
    —Perfecto, mandaremos tu foto a un par de contactos que tengo dentro del aeropuerto, es probable que te ayuden a cruzar el control de embarque aunque no es seguro. En cambio en Nápoles, te las tendrás que apañar solo. Te daré cinco mil antes de salir de aquí, los otros cinco mil te los dará el contacto en el hotel cuando le entregues la mercancía. Creo que eso es todo. ¿Alguna pregunta?
    —No señor.
    —Bien. Quizá te apetezca conocer a una de nuestras chicas antes de ponerte a trabajar, siempre y cuando creas que tienes tiempo. Invita la casa, claro.
    —Lo cierto es que eso estaría muy bien, señor. De tiempo vamos más que sobrados, diría yo.
    —Perfecto, me gusta tu actitud chico. ¿Rubia o morena?
    —Me van las rubias.
    —¿Ya ha entrado Lisa, Vangof? —preguntó al Yesero.
    —Su turno empezaba a las diez, debería estar por aquí.
    —Vale, pues acompaña a nuestro amigo a una buena habitación, ves a buscarla y dile de mi parte que sea buena con Raúl. Luego vuelve aquí y sigue con tu trabajo.
    Dirigiéndose a Raúl y guiñándole un ojo, añadió:
    —Te encantará, es una de nuestras mejores chicas.
    Raúl siguió al gordo a través de la habitación, cuando estaba a punto de cruzar el umbral, el Yesero volvió a reclamar su atención.
    —Una cosa más Raúl.
    —¿Sí?
    —¿Necesitas algo más para hacer tu trabajo? —preguntó con la mano extendida hacia los botes de cristal—. ¿Algo que te ayude?
    —Leche.
    —¿Leche?
    —Sí, es como lo suelo hacer, con leche.
    El viejo quedó con los ojos como platos por unos segundos, observando al muchacho por unos instantes hasta que rompió a reír con una estridente carcajada.
    —¿Leche fría o caliente?—consultó risueño.
    —Del tiempo servirá.
    —Está bien, está bien. Tendrás tu leche del tiempo, ahora marchaos —ordenó entre risas y a la vez que movía su mano como si espantase a una mosca.


                                                                          CONTINUARÁ…



J. R. Carrero