miércoles, 20 de diciembre de 2017

Bellotas con leche - La carga - J. R. Carrero







   César Milleiro, más conocido por sus allegados como el Yesero, tenía la completa certeza de que se iría al otro barrio con las botas puestas. Para él, la vida era un inmenso lago de aguas putrefactas  en el que había que mantenerse a flote fuera como fuese y César, se movía por aquellas aguas con un gracejo y estilo inigualables. A sus setenta y ocho años, sentía que seguía en este mundo simplemente por suerte o voluntad divina, algo así como una vida extra en un videojuego. Probablemente, ese pensamiento era lo que le llevaba a agarrarse a la existencia como un piojo se agarra al pelo de un niño.
   Sin embargo, en estos momentos las suelas de sus botas caminaban por un terreno desconocido, no es que el tráfico y distribución de drogas fuera algo  nuevo para él, en realidad este negocio junto con la prostitución y la organización de timbas de póker era su sustento desde hacía más de cuarenta años. Pues de todos es sabido que no sólo de pan vive el hombre. Pero las cosas estaban cambiando, el transporte de la mercancía por carretera se había vuelto peligroso, prácticamente imposible. De Barcelona a Nápoles, uno se podía encontrar hasta seis controles policiales con perros rastreadores de droga. Casi un suicidio. Por este motivo se había visto en la obligación de buscar otros métodos de envío.
   Ahora él y Vangof,  observaban al chico mientras tomaba asiento en la mesa de chapa en la que tenía preparados los dos botes de cristal con las bellotas, una botella de leche y un vaso vacío.
   Raúl abrió la botella, llenó el vaso y se lo bebió en dos tragos, luego abrió uno de los botes y vació todo el contenido sobre la mesa. Empezó a contarlas:
    —Una, dos, tres…
    El Yesero paciente, le miraba.
   Cuando llegó a la última de aquel bote, la número veintiséis, se la llevó a la boca cuidadosamente, la colocó sobre su lengua y la tragó con espantosa facilidad.
    El viejo pudo ver desde su sillón la forma de la píldora recorriendo la garganta  hasta desaparecer. Se levantó con una energía impropia de su edad y alzó las manos al cielo como si fuese un predicador.
    —¡Maravilloso! ¿No te parece maravilloso Vangof? ¡Esta vida es increíble, cada día es una oportunidad para ver cosas nuevas! ¡No me cansaré de vivir nunca!
    El viejo era un cabrón despiadado, pero lo que decía era cierto, disfrutaba de cada cosa nueva como un niño, cada vez que veía algo por primera vez era una explosión de vitalidad, como cuando ordenó que le cortasen la oreja a su secretario por cometer un pequeño desliz.
    Raúl quedó paralizado unos segundos, sorprendido por la reacción desmesurada del viejo.
    —Continua Raúl, no pares, me muero de ganas por verte tragar todo eso.
    Raúl cogió otra bellota y repitió la operación, aquello le resultaba muy sencillo, de alguna forma sus cavidades orales asimilaban perfectamente cualquier bulto y lo ingería sin apenas esfuerzo. Tenía un don. Aunque esta vez no resultaría tan fácil.
    Cuarenta minutos más tarde, la novedad había pasado, el Yesero dormitaba en su sillón, Raúl tragó la última bellota del primer bote, vertió lo que quedaba de leche en el vaso y lo bebió lentamente.
   —Necesitaré más leche —dijo levantándose y arrastrando la silla hacia atrás.
   César despertó sobresaltado, por un momento parecía que no supiese donde estaba.
   —¿Qué pasa? —preguntó.
   —Nada jefe, el chico necesita más leche —informó Vangof que ya se dirigía hacia la despensa.
   —Hazme un café —ordenó el Yesero, soltando un largo bostezo. Se puso en pie y fue hacia Raúl que permanecía con los brazos apoyados sobre la mesa.
   —¿Va todo bien chico?
   —Sí, todo bien, sólo tengo que estirar las piernas un poco —contestó forzando una media sonrisa.
   Vangof  depositó una nueva botella de leche sobre la mesa del centro y empezó a preparar una cafetera.
   Raúl se sentó de nuevo, sirvió otro vaso de leche y le dio un sorbo más bien corto. Abrió el tarro, lo vació sobre la mesa y reanudó la cuenta allí donde la había dejado.
   —Veintisiete, veintiocho…
   Se sentía cansado, a estas alturas eso era normal, pero no tanto. En otras ocasiones, el dolor de garganta, la pesadez de estómago y lo que él llamaba: «el bajón» —algo parecido a lo que algunos corredores de maratón sienten durante la segunda parte de la carrera—, no aparecían hasta la cápsula número cuarenta más o menos, lo que convertía la última decena en un auténtico desafío.
   En cambio, esta vez los síntomas aparecieron a mitad de carrera. Sin duda Raúl, tenía algo por lo que preocuparse, pero no pensaba darse por vencido.
   —… Cincuenta y una, cincuenta y dos y…
   —Falta una —afirmó Raúl dirigiéndose al viejo.
   —No, no falta ninguna —sentenció el viejo que había vuelto a acomodarse en su butaca.
   —Las volveré a contar.
   —No es necesario Raúl, te digo que no falta ninguna.
   Vangof  sirvió una taza de café solo sin azúcar y se la llevó al viejo.
   —La que te falta la tengo yo —dijo mientras sacaba otra cápsula toda roja del primer cajón de su mesa y se la mostraba—.  Sólo, que ésta, a diferencia de las demás, no contiene cocaína. Esta contiene un dispositivo rastreador GPS.
   Raúl le miró con el ceño fruncido.
   —Vamos Raúl, no pensarías que te iba a dejar salir de aquí tranquilamente con casi un kilo de coca pura entre pecho y espalda, ¿no? Si nos acabamos de conocer hombre. —Le tendió la cápsula a Vangof, que a su vez la dejó sobre la mesa de chapa, en frente de Raúl—. Sé lo que estas pensando, que pitará en los arcos de seguridad del aeropuerto. ¿Verdad? Bueno, no tienes por qué preocuparte por eso, esa maravilla está recubierta de un material que la hace indetectable. Yo mismo lo comprobé el otro día en un viajecito de placer que hice y esos cacharros no dicen ni pio, te lo aseguro.  Quiero que esa sea la siguiente que te tragues. ¿Algún problema con eso Raúl?
   El chico negó con la cabeza, en su interior resonaban las advertencias de Marilyn. Como para dar el tema por zanjando, Raúl cogió la capsula GPS, la colocó sobre la lengua y la tragó, esta vez con el rostro un tanto compungido.
   —¡Muy bien! ¡Ese es mi chico! Adelante que continúe el espectáculo —dijo el viejo visiblemente complacido mientras encendía un cigarrillo.
    En la siguiente hora y media, Raúl prosiguió con su ardua tarea, cada bellota
que se llevaba a la boca suponía todo un reto. Las notaba arrastrándose lentamente dentro de la garganta como un gordo en el interior de una tubería.
   El Yesero permanecía expectante en su butaca, con los ojos brillantes. El interés se había vuelto a despertar, esta vez para quedarse hasta la recta final.
   Para poder ingerir las últimas diez bellotas, Raúl necesitó la ayuda de un tubo completo de vaselina, notaba el estómago como un bloque de cemento. Las lágrimas empezaron a  pasearse por sus mejillas sin que él apenas las sintiese.
   A la una y cuarenta y ocho de aquella madrugada, sobre la mesa sólo quedaba una cápsula, Raúl la engulló deprisa, sin querer sentirla, como un niño que traga la última cucharada de las verduras que tanto odia.
   El Yesero se levantó con tanto ímpetu que a punto estuvo de tirar la butaca al suelo.
   —¡Hijo de la grandísima puta! ¡Lo has conseguido! ¡Joder! Maldito cabronazo, pensaba que no lo conseguirías, te tenías que ver la cara —vociferó mientras se aproximaba a Vangof—. ¿Has visto eso Vangof? Este hijo de puta es un puto baúl. —Se quedó parado por un instante como si acabase de recordar algo importante. —Baúl, Raúl… —dijo pensativo y rompió en una estridente carcajada. —Me cago en la puta, te va como anillo al dedo. Ese será tu apodo: Baúl, —sentenció con una sonrisa en los labios.
   «Ese es mi juego cabrón, aquí los motes y los parecidos los pongo yo». Pensó Raúl, pero mantuvo la boca cerrada.
   

                                                                       CONTINUARÁ...





lunes, 18 de diciembre de 2017

Smainok, el ladrón de sorpresas - Inoa (6 años)







Había una vez un ladrón llamado Smainok que se acercaba de puntillas a casa de Papá Noel la noche de Navidad. Iba vestido todo de negro y llevaba un saco también negro. Cuando llegó a casa de Papá Noel se escondió detrás y encontró una puerta secreta, entró en la casa. Llevaba un tambor para que los duendes se pensaran que era Papá Noel bailando. Entonces tocó el tambor:

                                 ¡POM, POM, POM!

Los duendes se despertaron pensando que era Papá Noel y fueron a buscarlo.

Smainok se coló en la máquina de envolver regalos e hizo sonar  una y otra vez el tambor, mientras los duendes buscaban a Papá Noel  por toda la casa. Smainok  robó todo el papel de regalo metiéndolo en el saco y sin que los duendes se dieran cuenta, salió de la maquina e intentó salir de la casa, pero no pudo porque vino Papá Noel. Smainok se escondió detrás de Papá Noel.

Papá Noel vio que había tres regalos sin empaquetar y los puso en la maquina pero no envolvía, entonces se dio cuenta de que no tenia papel y se puso a buscarlo como un loco por toda la casa.

Mientras tanto, Smainok seguía escondido detrás de él. En un momento Papá Noel se fijó que su sombra era muy extraña y tocó su espalda, se giró de golpe y atrapó al ladrón.

Papá Noel llamó a la Polinorte que vino enseguida y le cogieron el saco, devolviendo el papel de regalo a Papa Noel que pudo envolver todos los regalos.



Inoa




lunes, 11 de diciembre de 2017

Bellotas con leche - Marilyn - J. R. Carrero




   Para un observador nato como Raúl —aunque él no fuera consciente de ello—, la noche estaba resultando de lo más interesante. Ahora, mientras caminaba detrás de Vangof  a través del largo pasillo, tenia donde escoger.
   Delante de sus narices, embutido en unos pantalones de pinza color ceniza talla extra grande, bamboleaba incesantemente aquel flácido y enorme culo.
   Las posaderas del gordo daban paso a una holgada camisa azul cielo con diminutos detalles florales. Una montaña de carne humana culminada en la cima por una gran cabeza calva y brillante. Pero lo que realmente había reclamado la atención de Raúl desde que salieron del despacho del jefe, era el rosáceo, arrugado y deforme muñón situado allí donde debería estar la oreja izquierda. Por mucho empeño que pusiese en no mirar la protuberancia, sus ojos siempre encontraban el camino.
   Vangof  se paró en mitad del pasillo, delante de una de las puertas rojas, introdujo una llave en la cerradura y la abrió.
   —Lisa estará aquí en lo que tardas en darte una ducha —dijo cuando se marchaba.
   Aquello sonó a sugerencia con tintes de obligación.
   «Qué coño sabrás tú lo que tardo yo en ducharme» pensó Raúl. Por supuesto, no dijo nada.
   El chico echó un último vistazo a la mole mientras este se encaminaba en busca de Lisa. El peculiar contoneo de Vangof  le recordaba a algún actor americano. ¿De Los Soprano, quizá? No, no lo recordaba.

   Raúl acababa de salir de debajo del agua, cuando escuchó el golpe de la puerta al cerrarse, seguido de una voz femenina:
   —¿Hola?
   —Hola. Estoy en el baño, enseguida salgo.
   —Tranquilo cariño, tómate tu tiempo.
   Raúl sentía un gran respeto por la profesión de la chica, al fin y al cabo su madre había pertenecido al gremio hasta bien entrados los cuarenta, ahora con cincuenta y tantos, limpiaba las cabinas de un peep-show en el centro de Barcelona. «Para lo que hemos quedado…» solía lamentarse cuando se encontraba con alguna antigua compañera.
   Tal vez, por esa familiaridad con la profesión, cuando Raúl requería los servicios de alguna prostituta la trataba con más educación de lo que era normal en él. Empleaba un vocabulario exageradamente refinado, algo que a las chicas extrañaba a todas por igual, pero les producía distintas reacciones.
   Raúl salió del aseo con una simple toalla atada a la cintura y lo que vio, le dejó con la boca abierta, paralizándolo por unos segundos.
   Lisa, una hermosa rubia de corta melena, vestida con un finísimo vestido blanco de tirantes, aguardaba estirada en la cama mientras fumaba un cigarrillo.
   Raúl no tardó ni cinco segundos en sacarle un Parecido Razonable, era clavadita a Marilyn Monroe, incluso tenía un pequeño  lunar en la mejilla izquierda. La diferencia más evidente, era que Lisa usaba  dos o tres tallas más de sujetador y eso a Raúl, le ponía muy cachondo.
   —¿Qué coño te pasa? Parece que hayas visto un fantasma—preguntó Lisa como si le conociese de toda la vida.
   —Disculpe señorita, he quedado prendado por su belleza durante unos instantes.
   Lisa, la cual ya se había convertido definitivamente en Marilyn para Raúl, ladeó la cabeza un par de centímetros, arrugó la nariz y le miró con expresión extrañada.
   —¿Me estás vacilando chaval? Te advierto que no me van las bromas —espetó sin titubeos.
   —Perdón, no era mi intención, sólo es que… a veces me cuesta romper el hielo.
   Lisa le miró de reojo, expulsó una gran bocanada de humo y al fin le dedicó una leve sonrisa.
   —Ya. Bueno… Y cuéntame a qué viene tanto enchufismo, el Gordo me ha dicho que no te cobre y ha insistido en que sea especialmente cariñosa contigo.
   —Bueno, supongo que le he caído bien al jefe. Alguna vez le han dicho que…
   —Que me parezco a Marilyn.  —Le interrumpió Lisa— ¿Eso es lo que ibas a decir?
   —Sí, exacto.
   —Querido, forma parte del personaje. ¡No me digas que no te habías dado cuenta!  ¿A caso creías que esta peca es de verdad? —dijo señalándola con una  larguísima y cuidada uña roja. —A los clientes les gusta, prefieren irse a la cama con Marilyn que con una desconocida. En este oficio la imaginación también cuenta y a mí me hace ganar un poco más que a las demás.
   —Vaya, muy inteligente de su parte.
   —Entonces, ¿Has conocido al viejo?
   —Sí.
   —¿En qué andas metido? —preguntó mientras apagaba el cigarrillo en el cenicero de cristal que había en una de las mesitas de noche. —Ese hijo de puta no suele recibir muchas visitas si no es por algo gordo.
   —No quisiera ser grosero, pero no creo que deba responder a esa pregunta.
   —Ya, bueno, sea lo que sea, ándate con ojo, ese tío es un puto sádico y tú eres demasiado joven y  bastante guapo como para joderte la vida.
   Realmente le parecía muy guapo y la forma en que la trataba, le hacía sentirse bien, respetada e incluso, empezaba a sentir un alegre cosquilleo.
   —Le agradezco el consejo. —Fue lo único que se le ocurrió decir a Raúl.
   —Dejémonos de cháchara, va siendo hora de que me enseñes lo que tienes ahí debajo. ¿No te parece? —preguntó señalando al bulto que se escondía detrás de la toalla.
   Raúl obedeció al instante, abriendo la toalla.
   Esta vez la que quedó con la boca abierta fue Lisa, sus labios rojos y carnosos formaron una O perfecta.
   —Vaya, eso sí que no me lo esperaba. Tienes una buena pistola. ¿Por qué no te acercas?  Me gustaría verla mejor  —dijo a la vez que se le aproximaba gateando sensualmente sobre la cama.
   Lisa estaba desplegando todas sus armas de seducción y lo cierto es que no fingía, al menos no del todo.
   Raúl dio tres cortos pasos hasta que sus rodillas toparon con el colchón, la erección  estaba a punto de llegar a su máxima expresión, antes de que se diera cuenta Marilyn le practicaba una felación que no olvidaría en la vida.
   Para Raúl, el sexo con Marilyn  fue prácticamente como tocar el cielo. Si le preguntásemos a Lisa, le costaría admitirlo pero al final confesaría que había disfrutado de dos orgasmos realmente cojonudos.
   —Ten cuidado con el viejo… Desearía volver a verte.
   Fueron las palabras que utilizó Lisa en la despedida, una frase que le sorprendió a ella misma.
   Después de una ducha rápida, el gordo vino a buscarle y le acompañó al despacho del jefe.
   —¿Lo has pasado bien Raúl? —preguntó el Yesero esbozando una pícara sonrisa.
   —Ha sido increíble —afirmó Raúl con total sinceridad.
   —Me alegro chico, me alegro. Es hora de ponerse a trabajar. ¿No te parece?
   —Sí, claro que sí. —respondió Raúl servicial y ajeno por completo al hecho de que iba a ser una víctima de su propio juego.


                                                                           CONTINUARÁ…


J. R. Carrero



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miércoles, 29 de noviembre de 2017

Bellotas con leche - El contacto - J. R. Carrero






    Él sería el continente y en su contenido: cincuenta y tres bellotas de cocaína que debía ingerir la noche anterior.

                                                *****

    Recibió las instrucciones por WhatsApp, en un escueto mensaje de un número desconocido, tal y como le habían dicho que sucedería.
    «En el club Arcoíris de Granollers, a las diez de la noche, pregunta por el Yesero». Rezaba el mensaje.
    Ni antes ni después, llegó con extremada puntualidad. El local estaba vacío y oscuro, a excepción de la barra situada al fondo de la sala, iluminada por unos tubos de neón rojo pálido.
    Tras el mostrador, una despampanante mujer latina pasaba un paño, al verle entrar escondió el trapo, se retocó el escote y adoptó una pose sensual.
    —Hola mí amor. ¿Qué puedo hacer por ti? —preguntó apoyada en la barra de manera  que sus pechos quedaban bien visibles.
    —Hola. Quisiera ver al Yesero —explicó Raúl obligándose a mirarla a la cara.
Los ojos negros de la mujer apuntaron al cielo haciendo desaparecer la sensualidad con un movimiento brusco y exagerado.
    —Espera aquí —ordenó mientras se marchaba.
    Al poco, volvió acompañada por un hombre y sin mediar palabra ocupó de nuevo  su puesto de trabajo.
    El Yesero tomó asiento al lado de Raúl, resultó ser un viejo larguirucho y flaco, con el pelo completamente blanco, camisa a cuadros, chaleco de cuero negro y unos ajustados vaqueros que terminaban dentro de unas botas de cowboy. Entre sus labios sostenía un cigarrillo negro con la ceniza a punto de caer. 
    Raúl, al cual le gustaba jugar a Parecidos Razonables, decidió que aquel tipo era clavadito a Lucky Luke, pero con ochenta años.
    —¿Eres Raúl? -—preguntó el viejo con voz quemada, mientras chafaba el cigarrillo sobre el brillante mármol negro de la barra.
    —Sí señor —contestó Raúl cabizbajo.
    La chica se apresuró en retirar la colilla y limpiar los restos de ceniza.
    —Lo primero que quiero, es que me muestres respeto chico, y mirando al suelo estás haciendo todo lo contrario. —Raúl alzó la vista y le sostuvo la mirada—. Eso está mejor, lo segundo que quiero, es que me contestes a una pregunta muy sencilla. —Dio dos golpecitos sobre la barra y a los cinco segundos apareció un chupito de whisky deslizándose desde el otro extremo, con gran precisión lo agarró antes de que parara y lo bebió de un solo trago sin inmutarse.
    Clavó la mirada en los ojos del chico y continuó hablando:
    —Soy un hombre bueno. ¿Sabes? Puede que mis negocios no sean, digamos… que maravillosos, pero soy buena persona y no quiero que hagas esto si no estás seguro. Sólo te lo preguntaré una vez. ¿Estás seguro, chaval?
    —Sí —contestó Raúl con rotundidad, pero no lo estaba, en su interior algo le decía que aquello saldría mal. Muy mal.
    —¡Está bien! Pongámonos a trabajar entonces. ¡Sígueme!
    Sin embargo, su mirada reflejaba un atisbo de compasión, como si acabase de tirar la vida de aquel muchacho que no aparentaba más de veinticinco años directamente a la basura.
    Atravesó la sala con andares de pavo, con las piernas arqueadas.
    «Que me maten si este tío no es el autentico Lucky Luke».  Pensó Raúl, siguiendo sus pasos e intentando esconder todo el miedo que sentía.
     Atravesaron un umbral, bajaron por unas escaleras que daban a un largo pasillo  con puertas rojas a los lados, lo recorrieron completamente y entraron en la última de la derecha.
    La estancia era amplia y en el techo una hilera de fluorescentes emitían leves zumbidos, mientras proporcionaban una luz pobre y amarillenta. Justo en el centro de la sala, aguardaba una mesa de chapa rectangular completamente vacía con seis sillas alrededor.
    —Siéntate aquí Raúl y vacía tus bolsillos —dijo señalando la mesa, mientras se encaminaba hacia un gran escritorio de despacho situado al fondo de la habitación, tomó asiento en una butaca de piel y estiró las piernas sobre la lustrosa madera, al estilo sheriff del condado, mostrando con orgullo la suela de sus caras botas.
    En el lado derecho, sentado delante de una pantalla de ordenador, un calvo gordo al que le faltaba la oreja izquierda, se giró al oírles entrar, interrumpiendo  su partida al solitario.
    Raúl descargó sus pertenencias encima de la mesa central: La cartera, un paquete de tabaco, dos mecheros, las llaves de su piso y el teléfono.
    El gordo ya se había levantado y se dirigía hacia allí. Sin mediar palabra cacheó a Raúl de arriba abajo.
    —Limpio —anunció como si formase parte de un ritual.
    —Pura rutina Raúl, no te preocupes —dijo el Yesero. 
    Acto seguido, el gordo se sentó y comenzó a husmear las cosas de Raúl, abrió la cartera, tras una revisión rápida extrajo el DNI, se dirigió a la impresora, hizo una fotocopia y desde allí lanzó el documento hacia Raúl sin preocuparse demasiado por el destino del bulto.
    —Tengo entendido que ya has hecho esto antes. ¿No es así Raúl? —preguntó el viejo.
    —Sí señor, con cantidades similares pero de hachís, nunca cocaína.
    —Bueno, supongo que a la hora de tragarte las bellotas eso no tiene mucha importancia —dijo mientras se levantaba y se dirigía a una pequeña pero equipada cocina, situada al lado izquierdo de la habitación.
    Abrió uno de los armarios y extrajo de allí dos tarros de cristal, repletos de las píldoras prensadas y plastificadas. Las dejó encima de la mesa, al lado de las cosas de Raúl.
    —¿Podrás con esto? —preguntó.
    —Sí señor, sin problemas.
    —Muy bien, entonces te explicaré cómo será todo el proceso, pero antes sonríe chico, mi colega va a hacerte una foto.
    El calvo gordo se había vuelto a levantar y sostenía una cámara de fotos a escasos dos metros de Raúl, fotografió al chico y volvió a su lugar de trabajo.
    —Muy bien Raúl —comenzó a explicar el Yesero—. Vangof  comprará ahora un billete a tu nombre, ida y vuelta con destino a Nápoles, subirás a ese avión. Cuando llegues allí, cogerás un taxi y te dirigirás a un hotel de las afueras en el cual tendrás una habitación reservada a tu nombre. Te instalarás en ella hasta que descargues toda la mercancía. En algún momento alguien pasará a recogerla y tu trabajo habrá concluido.
    —El vuelo saldrá a las once de la mañana —informó Vangof, mientras aporreaba con sus dedos gordos el teclado del ordenador.
    —Vale, eso nos da un margen de… —El Yesero miró su reloj—. Doce horas más o menos. ¿Vamos bien de tiempo?
    —Sobrados —contestó Raúl que empezaba a sentirse más relajado.
    —Perfecto, mandaremos tu foto a un par de contactos que tengo dentro del aeropuerto, es probable que te ayuden a cruzar el control de embarque aunque no es seguro. En cambio en Nápoles, te las tendrás que apañar solo. Te daré cinco mil antes de salir de aquí, los otros cinco mil te los dará el contacto en el hotel cuando le entregues la mercancía. Creo que eso es todo. ¿Alguna pregunta?
    —No señor.
    —Bien. Quizá te apetezca conocer a una de nuestras chicas antes de ponerte a trabajar, siempre y cuando creas que tienes tiempo. Invita la casa, claro.
    —Lo cierto es que eso estaría muy bien, señor. De tiempo vamos más que sobrados, diría yo.
    —Perfecto, me gusta tu actitud chico. ¿Rubia o morena?
    —Me van las rubias.
    —¿Ya ha entrado Lisa, Vangof? —preguntó al Yesero.
    —Su turno empezaba a las diez, debería estar por aquí.
    —Vale, pues acompaña a nuestro amigo a una buena habitación, ves a buscarla y dile de mi parte que sea buena con Raúl. Luego vuelve aquí y sigue con tu trabajo.
    Dirigiéndose a Raúl y guiñándole un ojo, añadió:
    —Te encantará, es una de nuestras mejores chicas.
    Raúl siguió al gordo a través de la habitación, cuando estaba a punto de cruzar el umbral, el Yesero volvió a reclamar su atención.
    —Una cosa más Raúl.
    —¿Sí?
    —¿Necesitas algo más para hacer tu trabajo? —preguntó con la mano extendida hacia los botes de cristal—. ¿Algo que te ayude?
    —Leche.
    —¿Leche?
    —Sí, es como lo suelo hacer, con leche.
    El viejo quedó con los ojos como platos por unos segundos, observando al muchacho por unos instantes hasta que rompió a reír con una estridente carcajada.
    —¿Leche fría o caliente?—consultó risueño.
    —Del tiempo servirá.
    —Está bien, está bien. Tendrás tu leche del tiempo, ahora marchaos —ordenó entre risas y a la vez que movía su mano como si espantase a una mosca.


                                                                          CONTINUARÁ…



J. R. Carrero


lunes, 25 de septiembre de 2017

La cooperativa - José Mª García Sánchez





Augusto Indeleble decidió suicidarse tras saberse con serios problemas económicos. Necesitaba despedir a un empleado y no tenía valor para hacerlo.

Tras dejar una nota al Juez, fue incapaz de apretar el gatillo. En su último delirio, pensó en una alternativa: reunir a sus seis empleados y proponerles jugar a la ruleta rusa.

Cada uno de los trabajadores haría un disparo apuntándose a un pie. Si no tenía bala, el afortunado seguiría trabajando. En caso contrario, se ganaría una pensión por invalidez y el resto de sus compañeros conservarían el empleo.

Los cinco primeros lo intentaron sin éxito.

Sólo quedaba un turno. Rogelio cogió el Colt  con firmeza y disparó.

«D. Augusto Indeleble, conocido empresario local, se suicidó ayer en la soledad de su despacho. La Guardia Civil, alertada por sus propios empleados, halló muerto al malogrado gerente de la empresa con un revólver en la mano y un disparo en la cabeza. Una nota manuscrita explicaba las razones que llevaron a Indeleble hasta tan trágico desenlace.

Los trabajadores, huérfanos tras el fallecimiento de su jefe, constituirán una cooperativa que llevará su nombre en homenaje a su memoria.

La familia pide una oración por su alma. Que Dios le perdone.

El Palentino, 7-9-2017».



José María García Sánchez