lunes, 25 de mayo de 2015

Se hará tarde - Violeta Evori - Primer premio de FRASELETREANDO





— Dime ¿Por qué no quieres explicar al mundo lo que sentimos y deseamos?—  Preguntaba por enésima vez Paula.

Luisa palidecía, ella era una madre y esposa  ejemplar, de su matrimonio con Agustín habían nacido dos niñas gemelas,  las adoraba. ¿Cómo iba a romper sus pequeños corazones, diciéndoles que  a partir de aquel  momento sus vidas iban a cambiar de una forma tan brutal?

Amaban a su padre y estaba decidida a dar el gran paso, pero la disyuntiva con la que se encontraba siempre y la aterrorizaba era a quién de los dos otorgarían la custodia, sin ellas su vida no tendría sentido.

Desde muy joven tuvo muy claro que no deseaba una vida convencional, ella era diferente a todas sus amigas, no obstante trataba de ocultarlo cuando salía con ellas y los chicos de fiesta.

Uno de esos días conoció al que después sería su novio, con el que se casó al cabo de unos meses.

En el  fondo de su corazón se convenció  de que se había enamorado, y eso representó un respiro para su atormentado espíritu.

A veces se preguntaba el porqué no esperó más tiempo, de esta forma se habría asegurado de cuales eran en realidad sus sentimientos. 

Por ese motivo y no otro, a su mente siempre acudía la misma frase que alguna vez le había dicho su tío, observándola con aquella mirada que ella nunca comprendió, pero que a la misma vez intuía, escondía un significado oculto.

Cuando se encontraba al borde de la desesperación, sin saber qué decisión tomar,  pensaba que quizás todo había sido producto de su imaginación, surgida a raíz de aquella novela que encontró un día en la habitación de su hermano, en la que dos bellos jóvenes se amaban y abandonaban poder y riquezas para estar juntos, pero ella no era así.

Luisa era una diseñadora de interiores de las más afamadas  en su país, siempre  se rodeaba de chicas más jóvenes, de esa forma pensaba que nadie sospecharía nada, pues las formaba para una buena profesión, buscaba  mujeres que sabía eran como ella.

Hasta que conoció a Paula y se enamoró de verdad, ella la presionaba cada día más y debía tomar una determinación. Si algo tenía claro era que no podía seguir  fingiendo, viviendo una doble vida que al final cualquier día saldría a la luz y causaría un dolor inmenso a todos los que la rodeaban.

Dándole vueltas, se acordó de la frase que su tío le había repetido en diversas ocasiones y sin pensarlo dos veces se dirigió a su domicilio.

—Tío, quiero hablar con usted de un tema muy importante para mí.

—Ay  Luisa, yo esperaba que nunca hubiésemos tenido que mantener esta conversación, pero por otro lado siempre pensé que un día llegaría.

—Mis padres sufrieron lo indecible pues de sus cuatro hijos uno era diferente a los demás.

— ¿Qué quiere decir con eso?

—Tú deberías saberlo mejor que nadie, ya que también lo eres.

—Pero si lo que vienes es a pedir mi consejo, yo solo puedo darte uno.

—Abandona esa vida anodina que llevas con tu familia, haz todo lo posible  para que tus hijas sean felices  y únete a la mujer que amas, la ley ahora lo permite y olvídate de los convencionalismos.

—No hagas como hice yo, que siempre pensé que para todos los males solo había dos remedios:  El tiempo y el silencio, y ya ves aquí estoy solo, por no haber tomado una decisión hace años y no hablar cuando pude.



Violeta Evori 

   

ROSA BLANCA 1.898 (Parte VI) - Laura Mir y Julia C.



NOTA: Ante las observaciones de algunos lectores en cuanto a la facilidad de acceso para poder leer esta historia, porque es verdad, ya que no todos tienen acceso a G+ y es un poco de lío. Les dejo una recopilación de enlaces para su mejor comodidad. Pido disculpas por las molestias y doy las gracias por el interés y dedicación que nos muestran. Afectuosamente.

                                                                                                                                                                                                    Laura Mir

RECOPILACIÓN DE ENLACES:

Primera parte

Segunda parte

Tercera parte

Cuarta parte

Quinta parte


ROSA BLANCA  1.898 (Parte VI) 


Guillermo se deshizo en excusas con ella, que no hacían falta porque Blanca era inmensamente feliz por Rosa y por él, si bien nunca lo quiso como marido, le reconocía su valía como persona entera, noble y de muy buenos sentimientos. Era lo mejor que le podía pasar a su hermana. Con esa boda, ganaba una seguridad y posición que las colocaban de igual a igual, ante la sociedad y el mundo, cosa que Blanca por mucho que hubiese querido ni una vez siendo marquesa, hubiese conseguido. Su entorno era demasiado rígido y pocas veces perdonaba la procedencia de las personas. Este enlace arreglaba la situación y acallaba las bocas maldicientes.

Sonreía cada vez que imaginaba el modo en que Guillermo se declaró a Rosa, sabiéndola tan sufrida por todos, seguro que ella le diría:

— Ahora me quedo preocupada por Blanca, qué será de ella, es tanta la responsabilidad de su legado…

Él dudaría un segundo y conociéndolo como lo conocía, con una sonrisa y sus atractivos hoyuelos en las mejillas, le respondería a su hermana:

— Hay que priorizar las preocupaciones antes de consumirnos innecesariamente. Tu inicial preocupación soy yo, solucionemos esto y luego, juntos, arreglaremos la situación de tu hermana.

Se acercaría y la besaría, con ese dulce beso que lo aclaraba todo. Guillermo era así.

Los acontecimientos siguieron, se rompió un compromiso y se inició otro, junto con todos los preparativos de una boda que debía ser maravillosa.

Los meses transcurrieron de locura y ambas compartieron el afán y hacer para que el enlace fuese maravilloso, a veces peleaban por nimiedades, como la elección de las flores o el color de los manteles, paro luego acabar riendo a carcajadas, uniéndolas más y más. Eran tan felices que parecía que se casaban las dos en vez de una.

Después de la boda, Rosa y Guillermo emprendieron un largo viaje de novios del que Blanca no sabía el destino. Su hermana no había viajado nunca y Guillermo quería que todo fuese una sorpresa para ella, quería ver el asombro en sus ojos en cada ciudad, en cada camino, en cada lugar que pararan. La amaba tanto.

Cuando todo era perfecto y parecía que nada podía empañar la dicha que sentía, Ramón volvió a la carga con la responsabilidad del legado, el marquesado y el buen matrimonio que solucionara el gran problema.

Estaba visto que no la dejaría vivir su propia vida ni respetaría sus decisiones, le estaba vetado poder elegir y Blanca, sintiéndose impotente, volvió a cubrirse de un mutismo de consideradas proporciones, lo rodeó todo de ese silencio ensordecedor que sale del alma, y la vida que llevaba, si bien de por sí no era muy interesante, dejó de tener de forma continua, matices atractivos. Lo único que la abstraía de vez en cuando, eran las cartas que recibía de Rosa, que leía y releía, una y otra vez.

Era tanta la presión que Blanca sentía que apenas comía, pasaba las noches sin pegar ojo y perdió interés por todo, sacarla de casa, pasear por los jardines para que le diera el aire se había convertido en una misión titánica. Ramón en realidad estaba muy preocupado por su hija, podía ser riguroso, exigente y conservador, pero inhumano desde luego que no. El quería a Blanca por encima de todo, cuando la veía deambular por la casa en aquel estado, se cuestionaba si en realidad estaba haciendo lo correcto o por el contrario, totalmente errado.

Por eso le sorprendió mucho aquella mañana cuando Blanca le solicitó, el concierto de un nuevo matrimonio, le daba igual con quién y cómo, el único requisito que exigía, y esas fueron sus palabras, es que su futuro marido viviera lejos, muy lejos de allí. A lo que el marqués restauró las consabidas responsabilidades para con el marquesado, a lo que Blanca le contestó en un golpe de coraje, que le daba igual, que buscara quien lo gestionara porque ella ya le entregaba su vida, que hiciera el favor de no pedirle los años que sin ninguna duda la consumirían entre aquellos muros que se habían convertido en una pesada carga, eran una prisión, su prisión. Quería salir de allí y alejarse, casada o muerta, le daba igual, pero que hiciera el favor de no prolongar más su sufrimiento.

Así fue como Ramón movió contactos e hizo gestiones y la casó por poderes con el hijo de un amigo suyo, Jaime Olivares, propietario de una plantación tabaquera en África, donde Blanca viajaría al llegar la primavera.

La buena de Rosa, se dijo Blanca, lo entendería todo.



                                                                                 Continuará…



Laura Mir



Pasaje a K-Pax - Laura Mir y Jaime Ros - Premio a dúo Fraseletreando






La vida tiene estos descaros de mala suerte. Corro, caigo, y sin poder ni sacudir la ropa, sigo corriendo para llegar al tren que me llevará a la pasión de la Semana Santa. De verdad, quería unas tapas, unas saetas y un par de finos y una fina que se deje beber. Dos minutos más, y pierdo el tren. Podía haberlo perdido en lugar de haber encontrado el castigo.

Aquellas noches vuelven inevitablemente a mi memoria. Vuelven, a la hora de que la sábana cubre mi cuerpo. Necesito volar, despejar y airear mi propia alma. Fue un error que se guardó como la llave bajo el felpudo. Llegué tarde a la relación, cuando tuve que haberlo hecho mucho antes. Ahora un simple billete me llevará lejos de aquí, cerca del sol del sur, que me aleje de este frío que trae este mes de marzo.

Lo echo tanto de menos, cuando me meto en la cama es como si me faltara el aire, necesito sentir su cuerpo a mi lado, su peso sobre el mullido colchón, su respiración, su calor… este frío no hay edredón que lo quite. Incluso la perra lo echa de menos, lo busca, husmea y sólo encuentra su vacío. No comprendo cómo pude dejar que la relación se deteriorara tanto. Ahora no puedo pensar en ello, tengo que ir a solucionar un tema personal a Sevilla, increíble en plenas fiestas, con lo poco que me gustan las saetas, las procesiones y el gentío.

Espero que la compañía de asiento se vista de corto y apretado, que tenga sabor a nueva oportunidad, a nuevo inicio, un nuevo aliento que se ahogue mientras deje de exhalarse el antiguo. La maleta es liviana como lo fueron mis razones. Pero son sólo unas horas de viaje, contando traqueteos que suman metros de lejanía.

Pero no hubo ningún sabor a nueva oportunidad en el asiento de al lado. Vino el regusto de lo perdido, de lo que se dejó de ganar, de aquello que se dejó de sentir, para que las entrañas voltearan en el interior de su abdomen.

Tenía pensado que mi viaje fuera placentero, ya saben, un buen libro y un humeante café, necesitaba relajarme, pero no, tuve que encontrarme con él en el asiento de al lado. Tan alto, con esas piernas que estorban en todos sitios, y encima, no me tocó ventanilla, lo veía muy incómodo y con demasiadas reticencias.

— Al margen de nuestras diferencias y habiendo cariño por ti, te cedo el sitio.

— Gracias, para ti es más fácil, porque eres pequeña. Pero para mí siempre fue más difícil, ni encontré el lugar en la cama. Tuviste que meterte tú para probarla.

 — El problema fue del colchón, te dije que de dos metros.

— Dicen que para todos los males, hay dos remedios: el tiempo y el silencio, pero por lo visto a nosotros no nos funciona, seguimos igual cuando nos vemos.

— Pues no sé de qué tiempo hablas. No se dejó que pasase. Ni sé de qué silencio, si tengo aborrecido el sonido del móvil. Lo cambio tres veces al día, para pensar que siempre le suena a otra persona. Pero la dichosa luz, parpadea y parpadea. Y mira que al principio pensé que me sacarías de este planeta para llevarme a K-Pax.

— El problema es que no me escribiste la carta.

— Te escribí cientos de ellas mientras duró lo nuestro. Las dejaba acostadas en la cabecera de la cama, donde dormitaban los cabellos que te iban abandonando.

— ¿Donde la perra iba a dormir mientras trabajábamos?

— Sí.

—  Se las debió de comer todas.

— Resulta que el amor murió entre dentelladas caninas. Culpa del muerto, typical spanish.

— Será tu amor porque el mío sigue siendo el mismo.

Al decir esto, sus miradas se cruzaron, se sostuvieron y comprendieron que nada había muerto entre ellos, sólo las cartas para ir a K-Pax, viéndose sin posibilidad de realizar un viaje interplanetario, decidieron irse juntos tras el Santo Cristo y que fuera lo que este señor en taparrabos quisiera.



Laura Mir y Jaime Ros











domingo, 24 de mayo de 2015

Como lagartos al sol - Laura Mir





Soy consciente de que voy abrir la famosa caja esa de Pandora y cuando nos demos cuenta, todos los demonios de aquellos infiernos de sol y arena nos cubrirán por completo, pero serán vientos nuevos aunque de tormentas viejas, sé que no es consuelo, pero en cierto modo, reconfortan o sólo me conforman, puede que sea el caso.

Lo hago porque hoy he pensado en ti, en mí, en nosotros; en ellos, en los vivos y en los muertos, esos que yacen en las fosas del silencio y la locura; en la gran fractura que provoqué, que provocamos… No, no, no pretendo justificarme, justificarte, a estas alturas y después de tanto tiempo, creo que no hace falta. Nunca nos gustaron las excusas.

Durante estos años me han ofrecido otras cosas, muchas, algunas las he intentado, otras no me han atraído en absoluto, ya sabes como soy de inquieta, me conoces bien y lo que no interesa, sobra.

Ninguna de las que he ido probando me ha llegado a llenar lo suficiente como para quedarme. Lo último ha sido un proyecto de reinsertación social para las víctimas que nos ha dejado esta crisis. Aunque lo pintan bien y es un proyecto piloto en esta zona, no termina de completarme. Tampoco interesa a nadie, ¡cómo te lo cuento!

Nos estamos volviendo todos locos de eso no me queda duda…¡Cuánta razón tenías!

Después de darle muchas vueltas, he pensado en volver al exilio, al plato vacío, al muro sinvergüenza, a la cárcel negra, a las torturas y al barracón. Necesito hacerlo porque quiero sentir sobre la piel nuestros colores y ese tacto tan especial de la gente pequeña, esa gente que con solo buena voluntad hace cosas muy grandes. Quizá sea, porque en estos últimos tiempos sólo he conocido a gentes muy grandes encapsuladas por propia estupidez en círculos muy reducidos.

Ignoro dónde y con quién estás ahora, pero eso nunca supuso un gran problema para nosotros. Porque siempre hemos sido como lagartos reposando al sol, dejándonos la piel en la espera del momento preciso para poder ir, simplemente para luego poder volver y explicarlo.

Porque echo de menos todo eso y más… Te llamaré, pero esta vez te pido que si no podemos salvar a nadie, no te quites las gafas con rabia para tirarlas por encima de los carteles en las marchas negras, fue por lo único que desaparecí.



Laura Mir




La resignación de una mujer - Aurea Martí






Apenas cruzó la puerta de cristal Mercedes divisó a su hija: estaba ubicada en una pequeña mesa de mármol próxima a los baños. Como muchas tardes de invierno, madre e hija se habían citado en una cafetería. Era habitual que quedaran para charlar, de hecho tenían un día estipulado para tal actividad, todos los jueves. Sin embargo, esa tarde era martes. Isabel la había llamado al mediodía:

— Mamá, necesito hablar contigo, pero no por teléfono, ha de ser en persona, quedamos a las siete en la cafetería Pelayo.

Llegó nerviosa, cogió una silla y se sentó frente a su hija.

— ¿Me vas a contar de una vez  el motivo por el que me has citado con tanta urgencia? – preguntó Mercedes.

Isabel no contestó, la angustia de su madre era lo que menos le preocupaba, cogió su taza y de un largo sorbo se acabó el café, se pidió otro y mientras lo traían, habló:

— Me voy a divorciar.

— ¿Cómo? ¿De qué estás hablando? Víctor es el hombre perfecto, trabajador, detallista, buen padre…

Isabel la interrumpió:

— Tiene una amante.

— ¿Víctor?— preguntó Mercedes soltando una carcajada —. No digas sandeces.  Él, te adora.

— No mamá, tengo pruebas — Isabel sacó un sobre del bolso y se lo extendió a su madre—. Compruébalo tú misma.

Mercedes abrió el sobre y vio que había unas cuantas fotografías. Las sacó y las observó detenidamente en silencio, las fue colocando boca abajo sobre la mesa y dirigiéndose a Isabel le dijo:

— Hija mía, no le des tanta importancia, seguro que es sólo una aventurilla. Pronto se cansará de ella y todo volverá a ser como antes.

Isabel estaba atónita. No podía creer lo que su madre sugería.

— No mamá, no puedo perdonarle, esto no.

— No seas ingenua, hija. ¿Acaso crees que eres la única mujer cuyo marido tiene una amante? Cuando tu hermana y tú erais unas niñas tu padre también tuvo una aventura.

— ¡No puede ser!

— Sí hija, sí, como lo oyes. Fue con Paquita, la vecina que vivía en el sexto. Estuvieron juntos unos meses, luego ella se mudó y ya no volvieron a verse.

— ¿Y por qué no te divorciaste?

— Pues por vosotras, hija. Por tu hermana Rosita y por ti. No quería que crecierais sin un padre.

— Lo siento mamá, debiste de pasarlo muy mal.

— Pues sí, hija sí.  Pero ya ves, al final todo salió bien. La aventura de tu padre con Paquita hace años que quedó atrás y ahora estamos mejor que nunca. Hazme caso, no le digas nada a tu marido, sigue con tu vida, actúa con normalidad, no le pidas explicaciones y olvídalo. Seguro que pronto esto tan sólo lo recordarás como una pesadilla. Para todos los males hay dos remedios: el tiempo y el silencio. Así que calla y espera, todo pasará.

Isabel se quedó absorta, reflexionando, tal vez su madre tuviera razón. Terminar tan drásticamente con una relación de más diez años era algo demasiado precipitado y los niños...

Revolvía el contenido de la taza casi vacía con resignación, mientras decidía darle otra oportunidad, pero sólo una. Decepcionada, sorbió el último trago y le supo muy amargo, tan amargo como ese momento de su vida.


Aurea Martí



sábado, 23 de mayo de 2015

Esa carta - Laura Mir




Cosa rara pero hoy no voy a recriminarte nada, no tengo ganas y además entiendo que la auditoría no fuese clara, acabases en prisión y allí no se permiten los móviles, me hago cargo.

Aquí me tienes, sobre la cama, muy incómoda escribiendo sobre papel y con un lápiz que me regaló mi padre hace muchos años, aún vivía, se entiende porque muerto poco podía regalarme.

Es bonita esa sensación del grafito al rasgar mientras garabatea letras, está un poco seco, emite ese sonido parecido a un suspiro ronco prolongado en el tiempo. ¡Es todo tan añejo!

El tema no sé por dónde cogerlo, y si no hubiese recibido esa carta creo que estaría un poco más risueña o no; estaría sola y sin todos estos fantasmas que se han levantado de entre los muertos para rodearme. Sonríen irónicos, mientras te escribo y contemplan este momento con miradas malvadas entre ellos, ignorándome, como si no estuviera o como si no me diera cuenta. Son guasones pero no me molestan, deben estar a gusto porque se han quedado todos y no cabemos en el apartamento.

La culpa es de esa maldita rueda tuya del destino, que vuelve cargada de formas escurridizas pero repletas de tanto significado, asustan cuando se vuelven asimétricas y las comprendes una a una.

Bien sabes, que desde hace cinco años me alimento de pequeñas ilusiones, en el día a día no hay cabida para las grandes porque no son alcanzables, porque se acomodan, te seducen, te hacen suya y luego te desilusionan con brutalidad y no hay grúa que pueda levantarte.

No desde que aquel me rechazó por no ser lo suficientemente buena, apurando hasta el último día para decirme que se casaba con otra. Ya, ya, ya sé que ha llovido y que el dolor y la angustia han disminuido y que incluso respiro mucho mejor. No vayas a empezar de nuevo con la retahíla al leer esto, que a tu compañera de celda no le importa y a lo mejor hasta se molesta y te da una paliza y prolonga tu estancia.

Esta mañana la cartera que hace fofuchas y las vende por face para sacarse un sobresueldo, ya sabes cómo están los salarios públicos. Me ha hecho entrega de una carta muy extraña.

El sobre venía sin remitente, supongo para que no se me ocurriera devolverla. La letra en negro, fina, muy masculina e inclinada hacia la derecha, con excesivo rigor para mi gusto.

La he abierto poco a poco, ¡parecía tan frágil! Venía a decir que la relación del mentecato con su esposa se había enfriado, que lo había engañado, cuánta razón tenía, se deshacía en disculpas y me pedía una cita formal, tal y como hacían los antiguos, por escrito. Para retomar la relación donde la dejamos hace cinco años.

La he observado durante algún tiempo con incredulidad y finalmente la he colocado, porque no sabía dónde ponerla, entre las hojas del diccionario chino del 55 que me regalaste. Es bastante antiguo, una primera edición y otro aticismo de los tuyos, porque bien sabes que mi máximo interés por la cultura oriental termina en los rollitos de primavera del restaurante chino de la esquina. Y a eso me ha sonado, además de llegar en frío y a destiempo.

Cuánta razón tenías al decirme que para todos los males, hay dos remedios: el tiempo y el silencio, estoy sorprendida, siempre pensé, aunque nunca te lo dije, que jamás le encontraría el sentido práctico al diccionario chino. Ya puedes estar contenta, yo lo estoy, porque finalmente pude hallarle utilidad a lo incomprensible.



Laura Mir       

                                       

viernes, 22 de mayo de 2015

Él, el tiempo y el silencio - Beni



Se casó con Él porque lo amaba con locura, sin percatarse de que formaban una extraña pareja de tres.

Con los años se dio cuenta de que Él era el único que sabía de sus necesidades, lo cuidaba con demasiado esmero; pasaba las horas limpiándolo minuciosamente, engrasándolo y ajustándolo con infinita paciencia.

Cada atardecer le daba cuerda y ajustaba esos instantes de retraso en las saetas, y ella siempre pensaba para sí: “Lo cuida más que a mí”.

Él cayó enfermo y a medida que Él perdía fuerzas, el reloj heredado de su padre, languidecía. Pero se recuperó el tiempo justo para arreglarlo, y éste agradecido le ofrecía un tictac más efusivo y alegre. Entonces comprendió que el alma y la vida de su marido estaban ligadas de algún modo a esa maquinaría.

Poco tiempo después, Él recayó y no volvió a recuperarse, la enfermedad era mala y acabó por llevárselo.

El carrillón como si se fuera con Él, dejó de marcar las horas y los cuartos, ya ni siquiera oía su persistente ritmo.

Toda esa paz, calma y lentitud marcaban ahora su vida, hasta el punto de que fue incapaz de discernir el día de la noche, la mañana de la tarde y las horas de los minutos. Todo era igual de irreal como al principio, pero sin Él.

Deambulaba por el salón todo el tiempo y en algún momento de lucidez, con sigilo se aproximaba por detrás, con la esperanza de que su marido todavía estuviese trasteando en su interior para sorprenderlo, mientras se decía: “Para todos los males, hay dos remedios: el tiempo y el silencio”.

Cuando comprobaba que Él no estaba, decepcionada porque Él y el tiempo la habían abandonado, volvía de nuevo a su otra realidad cubierta por entero de irrealidad y de silencio.



Beni


jueves, 21 de mayo de 2015

Conversando con Laura - L. Mir & A. Gaytán




La plaza lucía diferente, era estar en el mismo sitio pero sentirse distinto y Joaquín desconocía el origen de aquella sensación que tanto le agradaba. La nitidez de los alrededores era extrañamente peculiar y el aroma de las flores le embriagaba.


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miércoles, 20 de mayo de 2015

Bajo la alfombra - Abusos sexuales a menores - Laura Mir



                         Obra: Bajo la alfombra, de Quique Sena

— Lo recuerdo como a trozos, cuando era pequeña siempre estaba con mi madre porque ella no trabajaba y cuando crecí me quedé sin madre ni padre. Montaron la empresa y ambos trabajaban, aunque siempre estaban juntos, peleaban mucho...

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La comprensión - Benjamín J. M.



Sólo siento el silencio espeso del color del exilio, ese que nos imponemos a veces, sin saber muy bien porqué. Como estar mirando el mundo a través de un cristal muy sucio, al igual que la verdad que vive en el tercer corazón de la esperanza.

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Dimensiones 4 - La clavija - L. Mir & S. Arnau



Lyra y Andrea siguieron los pasos del Ente hasta que llegaron a un bosque muy profundo donde les esperaban, sentados en círculo, nueve ancianos que formaban parte del consejo. En el centro había una piedra giratoria redonda y el Ente, acompañó a Andrea ...

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Porque te quiero - Laura Mir



Acabo de volver otra vez de las montañas de la locura, fui sólo para gritar por si mis ecos le llegaban y me respondía, pero entre los murmullos de los retornados vientos no encontré respuesta alguna. Las saetas corrían por nuestras distantes esferas como siempre, pero esta vez era más patente, latía la sien y estaba sola, mientras me consumían las ganas en las que ardía por no volver a arder con él.

Me lo guardo todo porque a nadie le importa, ya sabes eso de que para todos los males, hay dos remedios: el tiempo y el silencio. Callé y me abandoné en exceso, entonces el fondo blanco se tornó carmesí.

En aquellos momentos podía oír tu voz lejana entre tus lágrimas y las sirenas, mientras me acompañabas:

— Tienes que luchar…  ¿Me oyes? porque si tú te pierdes, me arrastras contigo. Yo te quiero, no puedes hacerme esto.

Llueve en el exterior, hoy llueve mucho.

Ahora soy consciente de lo que he hecho y salgo fuera, para que el ruido de la lluvia sobre el pavimento gris se confunda con mi llanto y nadie lo oiga, a nadie le importa; mientras te prometo, que aunque él haya muerto, me quedo contigo. Sabes que no soy valiente, pero porque te quiero como me quieres... lucharé.




Laura Mir



martes, 19 de mayo de 2015

De regreso a casa - Laura Mir




Después de tantos años, volví al mismo lugar. Aquella noche llovía, apenas se veía nada. Pude palpar el muro, y sin perder contacto, seguí caminando hasta encontrar la puerta de entrada.


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Cenizas de las sombras de un ayer - Benjamín J. M.




Cuántas verdades enterradas bajo capas y capas de mentiras se cuenta uno cada mañana para no salir huyendo al reflejarse.

Cuántos oscuros secretos escondes, tantos que hacen agujeros en tu conciencia...


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Enganche emocional - L. Mir & S. Arnau



La noche llegó sin previo aviso, no la esperaba a ella ni tampoco a ti. Fue una gran sorpresa que llamaras a mi puerta cuando, sinceramente, te daba casi por perdida en medio de cualquier paraíso inventado por tu grandilocuencia...

  
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La liberadora de la esclava - Jaime Ros




— Aquella joven salía cubriéndose el rostro. Atrás el dueño de la posada repartiéndole improperios y puntapiés. ¡Pobre! Apenas podía mantenerse en pie. Con unas monedas en la mano del posadero se acabó su sufrimiento.


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Concurso de comentario de texto - Kairos42




Por la presente, e intentando satisfacer las solicitudes de algunos lectores con respecto a la comprensión de lectura, el blog RELATOS Y POEMAS convoca un concurso que tiene por objeto elegir el mejor comentario sobre el texto publicado. 


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Dimensiones 3 - La esencia - L. Mir & S. Arnau



Andrea abrió los ojos y observó a su alrededor, todo era muy extraño. La larga mesa que gobernaba la estancia estaba repleta de frascos y polvo; en la esquina había un par de escobas apoyadas, más grandes de lo normal, las paredes cubiertas de fotos...


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Rosa Blanca - 1.896 (3) - Laura Mir & Julia C.



1.896

Blanca se abandonó un poco más en la mullida butaca aquella desapacible y extraña tarde de invierno, donde pasado y presente se intentaban conjugar de alguna forma para poder mostrar un tímido futuro, que a su entender mostraba poco aliento. Su cabeza no paraba de dar vueltas a su existencia y con pesar se daba cuenta de que no había hecho...


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Pienso de su marido - Parte I – Aurea & Nora & Laura




Aquella tarde de sábado, Laura salió de la cocina con la bandeja del café y las pastas, mientras preguntaba con cierta burla a sus amigas, cómo lo querían, de sobras lo sabía porque las conocía bien.

—  A ver chicas… ¿Con cafeína o sin? ¿Solo o con leche? ¿Azúcar o sacarina?


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Pienso de su marido – Parte II – Aurea & Nora & Laura




La noche señalada, las tres amigas se presentaron en casa de Selomerece. El hombre nada más abrir la puerta, recibió una buena dosis de spray de pimienta. Lo empujaron al interior del apartamento. Entre las tres lo redujeron, ataron y amordazaron...


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Caminante perdida - Benjamín J.M.




Ha vuelto a caer la noche en esta habitación, mientras tras las persianas sigue luciendo el sol. Sé que no debería, pero no puedo evitar sentir que todo lo conseguido durante estos últimos meses, se está diluyendo entre eufemismos, cambios, olvidos e indiferencias...

                            
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Etéreo - Laura Mir




Hace tanto calor que hago rodar el vaso helado, distraídamente de una mejilla a otra, cuando roza los labios, beso el frío cristal, como si le besara a él, mientras le pienso y en mis adentros me digo...

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