viernes, 17 de abril de 2015

Una playa, un destino




Cuando el sol dejaba de abrasar, Julio como cada tarde, acudía al paseo marítimo de aquel pueblecito costero donde tanto había disfrutado junto a su esposa por más de cuarenta años.

Pero ese verano era distinto, ella no estaba con él. Había conocido a un hombre más joven que la hacía muy feliz, y con la maleta en la mano y haciendo una breve composición de la situación, se marchó, acabando con toda una existencia de convivencia.

Julio se sumió en una gran depresión.

Elena se había dedicado en cuerpo y alma a su casa y a sus dos hijos, ya independizados y habidos en su primer matrimonio. Después de varias relaciones infructuosas y bastante decepcionada, decidió ocupar su tiempo en atender a ancianos y se volvió a entregar al servicio de los demás, olvidándose de que poseía una vida a la que nunca nadie prestó atención.

Un cansancio extremo la hizo reservar una habitación con vistas al mar, en un hotel de un pueblecito de la Costa Brava.

Cada  tarde observaba desde el balcón, a aquel señor que se sentaba siempre en el mismo banco, se quitaba el sombrero y sacando un libro de una pequeña mochila, pasaba un buen rato entretenido en su lectura, hasta que ya anochecido, recogía sus cosas y a pasos lentos, abandonaba el lugar.

Los días pasaban y Elena no acababa de decidirse a salir, sentía que volvía a estar enclaustrada otra vez y ahora era por voluntad propia. Por lo que una de aquellas tardes, tomó la novela en la que estaba ocupada y casi sin darse cuenta, llegó al banco en el que se sentaba Julio, se acomodó en él y empezó a leer, olvidándose de aquel extraño.

— Perdóneme, señora. ¿Veranea siempre aquí?

 Elena dio un respingo.

—No, es la primera vez que vengo.

— ¿Le gusta el pueblo y la playa?

—Sí, mucho.

Después de presentarse cortésmente y de un rato de buena charla, Julio la invitó a un helado y ella aceptó.

Al acompañarla a su hotel se dieron cuenta de que él se hospedaba en el edificio contiguo. Desde aquel día, cada tarde se volvían a encontrar en el mismo banco. Ya no leían, ahora pasaban las horas contándose sus muchas penas y sus pocas alegrías, descubriendo que tenían diversas aficiones en común que nunca realizaron por no sentirse acompañados. Algo empezó a surgir entre ellos, haciendo que cada vez les costase más separarse al anochecer.

Las vacaciones llegaban a su fin, la hora de la despedida se acercaba, cada uno regresaría a su hogar siendo conscientes de que nadie ni nada les esperaba. Volverían a la realidad cotidiana, donde ya daban por hecho de que el tiempo de ilusiones se les había perdido.

Era el último día, en la estación a punto de subirse al tren que les llevaría de vuelta cada uno a su destino, Julio cogió el brazo de Elena y la atrajo hacia él, susurrándole al oído:

— Dejemos el pasado atrás y vivamos el presente a nuestro antojo, sin ataduras ni compromisos, aprovechando los días sin desperdiciar ni un solo momento. ¿No te das cuenta de que lo único que realmente nos pertenece es el tiempo?

— Ya vamos tarde—. Dijo ella con una sonrisa, comprendiendo que le estaba ofreciendo la oportunidad de hacer realidad sus sueños, no dudó en seguirle.

Dieron media vuelta y arrastrando las pesadas maletas entraron en el hotel más cercano. Reservando una habitación doble sin fecha de salida.


Violeta Evori


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