sábado, 7 de marzo de 2015

Discriminación



¿Cuándo empezó la liberación de las mujeres de mi generación? ¿Hemos ganado algo en el mundo laboral, aparte de realizar doble jornada?

Aunque por activa y por pasiva traten de convencernos de que existe la igualdad, estoy insatisfecha del lugar que ocupamos con respecto a los hombres en esta sociedad. No solamente trabajamos fuera de casa, cuando regresamos, empieza un turno del que no existe ningún derecho laboral. Cansada y asqueada, creo que ha llegado el momento de tomar las riendas, para evitar que me vuelva a ocurrir lo que explicaré a continuación.

Habiendo aparcado mi vehículo en el rectángulo número cinco, plaza que me correspondía en el lugar destinado a los trabajadores de aquellas oficinas de la gran multinacional, donde fui admitida después de superar pruebas muy complicadas, tanto que, mientras las realizaba pensaba que no lograría mi objetivo.

Como cada mañana de lunes a viernes, a las ocho menos cinco, me acercaba a la puerta de la empresa, tocaba el timbre de diseño y al instante, el conserje de turno la abría pulsando un pequeño botón escondido bajo el sobre de la mesa. Se levantaba de la silla, se quitaba la gorra, abría la puerta del ascensor interno y me dejaba pasar con un justito, impersonal y rutinario Buenos días. Una vez dentro, la cerraba y volvía a sentarse en espera de la siguiente persona que llegara.

El gran edificio era de cristales ahumados, desde donde se podía mirar hacia el exterior sin que los de la calle pudieran detectarlo, estaba alfombrado lujosamente de abajo arriba, donde los sonidos de los tacones de aguja de las señoras y los mocasines de los caballeros quedaban amortiguados en su esponjosidad.

Pero no todo era tan brillante por lo que a mí respecta. Me había tocado lidiar con un director de departamento inestable, tan pronto te sonreía por la mañana como pataleaba a la puerta del despacho cuando regresaba de comer y sus gritos hacían que estuviera en tensión y nerviosa toda la tarde.

El ser supremo que dirigía aquel entramado, había mandado instalar en el exterior del lateral derecho de la puerta que daba acceso a sus instalaciones privadas, dos pilotos, uno de color verde y otro de color rojo, por si estaba o no disponible, que manipulaba apretando una palanca.

El sueldo no era malo, pero no acababa de encontrarme cómoda. Cada día pasaban por mis manos documentos que evidenciaban que mis compañeros masculinos, cobraban más que las mujeres que realizábamos idéntico esfuerzo. Por lo que aquella mañana, decidí no esperar más y tomando una firme decisión, pulsé el botón cuando lo vi en verde y me planté delante de su majestad, que en aquel momento recogía los palos de golf del pequeño campo que tenía instalado en su cubículo y que ocultaba cubriéndolo con una corrediza tarima de madera.

Le expuse mi queja y me respondió que era imposible, que a él no le constaba tal detalle, y que todos cobrábamos lo mismo, negando rotundamente la existencia de discriminación alguna en su empresa.

No pude aguantar más y le solté:

— ¡Es más fácil negar las cosas que enterarse de ellas!

Al día siguiente cuando llegué a la oficina, encontré en mi mesa una carta con un elitista y drástico despido en su interior.

Sin más, agarré la grapadora, el pisapapeles y mi bolso, y con toda dignidad salí de tan glamuroso edificio, pensando que quizás en mi próximo destino tuviese más suerte y valoraran más los conocimientos y el trabajo que mi condición de mujer.


Violeta Evori


*Este relato participa en el juego FRASELETREANDO de la comunidad ALMAS DE BIBLIOTECAS Y CINES con la frase de Mariano José de Larra: "Es más fácil negar las cosas que enterarse de ellas".


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