martes, 24 de febrero de 2015

Las lágrimas que ocultan mi sonrisa - Relato ganador del primer premio en FRASELETREANDO



Tenía unas enormes ganas de visitar el sur de la India, jamás imaginé que volvería a mí país con aquella desilusión que me envolvía el alma y el cuerpo entero; que me dolía incluso recostarme en mi cama. El simple hecho de hacer una siesta para reponer las fuerzas perdidas en mitad de mi jornada, me avergonzaba.

¿Cuánto tiene que dormir un niño?  Los expertos dicen que entre ocho y diez horas.
Muchos de nosotros no nos paramos a pensar que hay millones de ellos que se levantan agotados, ni siquiera han podido descansar la mitad, porque deben caminar varios kilómetros a pie hasta sus puestos de trabajo en las minas; si llegan tarde y su sitio está ocupado por otro compañero, ese día no habrá sustento que llevar a sus familias.

La triste y corta vida de estos pequeños, si es que a eso se le puede llamar vida, la dedican a trabajar como esclavos en aquellas minas abiertas de mica, un cristal sucio con el que se fabrican pintalabios y otros cosméticos de los que disfrutamos los llamados ciudadanos del primer mundo, por unos escasos cuarenta céntimos por jornada y para los que deben permanecer agachados dieciséis horas al día, rastreando la tierra con cualquier utensilio, en la mayoría de los casos es un palo que un día encuentran en su trayecto y que conservan como oro en paño.

Nunca había oído mencionar ese mineral hasta que en mi viaje de placer, llegué a Bihar, y pude ver las manos de aquellos pequeños ensangrentadas, y en sus rostros, aquellas miradas tan duras… ¿Un niño debería tener la mirada dura? Es imposible que sus labios puedan mostrar una sonrisa, me atrevería a pensar que ni siquiera han reído desde que salieron del vientre de sus madres.

Sin prestar atención a lo que tenía alrededor, con un acto reflejo que repetía en muchas ocasiones, abrí mi bolso de una conocidísima marca y del que jamás me preocupó el hecho, de que también su manufactura se debiera a la esclavitud de miles y miles de personas trabajando en condiciones infrahumanas. Saqué una polvera dorada, me di unos pequeños retoques en las mejillas y posteriormente quité el tapón de mi lápiz labial, dándome un ligero repaso, masajeando mis labios, y al momento mi boca brilló con el color rojo pasión que siempre llevaba y que me hacía sentir bellísima y observada por todo el que pasaba a mi lado.

¡Qué ironía! Justo en aquel momento un niño de unos cinco o seis años, levantó su mirada, la dirigió hacía mi boca y pude comprobar como de sus ojos brotaban enormes lágrimas que enlodaban su cara ennegrecida. A ellos les había llegado la noticia de que en el resto del mundo, las mujeres se embellecen con el esfuerzo de su trabajo, pero jamás habían podido imaginar que algún día llegarían a verlo.

Aquella mirada atravesó mi espíritu, bajé la vista dolida en lo más profundo de mi corazón, mientras en mis oídos parecían resonar unas tristes palabras, pronunciadas por aquel pequeño en un idioma que casi no entendía, pero que creí descifrar:

— ¿Qué… qué delito cometí contra vosotros naciendo?

Desde entonces mi boca brilla con su propia naturalidad, he olvidado el pintalabios del que no podía prescindir, porque jamás podré borrar de mi memoria las tristes lágrimas con las que me obsequió Sonu, el niño de la mina de mica.


Violeta Evori



* Este relato participa en el juego FRASELETREANDO de la comunidad ALMAS DE BIBLIOTECAS Y CINES CON LA FRASE DE Calderón de la Barca: “Qué delito cometí contra vosotros naciendo”. 




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