martes, 28 de octubre de 2014

Pasaje hacia Terranova - Concluyendo el ciclo



El calor del sol renueva lo caduco, llena de energía los mermados contenidos, hace florecer tenues esperanzas, recurrentes y atrevidas, considerándolas como novedosas. Vanguardistas ilusiones se enfrentan solas, cara a cara, como cada verano, al azul del mar.

Seres sentados y somnolientos en la orilla, ensimismados, sumergen los pies en el agua tibia, mientras sobre las ondas de las olas a lo lejos, titilan como diamantes pulidos, los brillos candentes de una nueva estación.

Despunta Junio con sigilo, emerge por la izquierda del calendario, tímido y sonriente. Augurando sin pretenderlo un nuevo estío, desperdigando con descaro cuerpos gloriosos por nuestras costas calmas, con la única ambición de retener un bronce pasajero y nocivo sobre la piel.

Los niños rebozados en esa extraña mezcolanza que forman la crema protectora y la arena fina al mezclarse, delineando sobre su blancura, amorfos tatuajes. Juegan con cubos y conchas, reflejando la luz sobre la madre perla, hasta formar esos ecos irisados, creando en sus vulnerables e inmaculadas mentes, un universo para sí de fantasía.

La arena salpicada de bulliciosos chiringuitos, ofrecen una oferta desmesurada en hostelería para un turismo cada vez más decadente. Donde unos pobres inmigrantes, venidos desde muy lejos, partieron un día en busca del necesitado Dorado, ya deslucido a causa de las innumerables decepciones; se esmeran en exceso muchas veces, por unos salarios que rozan lo ridículo, aguantando en ocasiones desaires de algún malnacido con aires de grandeza, creyéndose casi divino en su corte particular.

Siento cierto hastío.

A lo lejos diviso el puerto, mi destino por el momento. Para esta travesía preciso poco equipaje. Una mochila con una muda, papel y tinta. Un pasaje en primera, porque lo digo yo, hacia Terranova.  Y ganas, muchas ganas de surcar los mares en busca de infinitas aventuras.

Marcho sin lágrimas ni pesares, hacia otro puerto, con el sudor y el salitre pegado a la camiseta que me dan cierto apresto. Acartonada, voy embarcando en el Slippery, qué extraño nombre para un navío.

Echo la última mirada sobre el malecón antes de partir, por si decidiera no volver, pero sé en mi interior que tendré la necesidad de pisarlo algún día. Cuando naufrague en las frías aguas personales, esas que muchas veces ahogan por exceso de sensibilidad.

Las nuevas perspectivas se abren con dinamismo e ilusión hacia Terranova, aproximándome a lo que considero concreto y por tanto serio, y hasta un poco más formal, encubierta siempre por el anonimato que conceden con generosidad los murmullos de las multitudes.

Cruzar mares y océanos, explorar tierras remotas en busca de la libertad, con ansias arrolladoras, esas ansias que experimentan los hombres desesperados, cuando ya poco o nada tienen que perder. Se arrojan al mar bravío, cuando creen que todo está perdido, porque ya nada se deja atrás.

El barco zarpa lento, la brisa acaricia suavemente mi cara, hago un gesto con la mano a modo de despido, digo adiós a alguien imaginario que espera paciente para verme partir.

Suspiro porque al fin, puedo explorar el otro lado, los azules y turquesas, que se encuentran aguardándome tras la línea de aquel lejano y legendario horizonte.


                                                         *****


Han pasado siete largos años de aquella mala despedida, de la que en muchos momentos no he sido consciente, en otros era sentirla como en carne viva, pero hoy, después de comprender lo incomprensibles, contradictorios e imprevisibles que somos, por fin sin pesar ni angustia, vuelvo a casa. Gracias por salir a recibirme, como bien dijiste en un ayer: Bienvenida seas.


Laura Mir






sábado, 25 de octubre de 2014

Mientras la hiedra crece - Primer relato ganador del 5º Concurso Arma una Historia basada en una imagen









Hay muchas maneras de sentirse, pero en la situación que estoy viviendo actualmente puedo afirmar que es de extrañeza,  como si lo extraño no fuera ya suficientemente raro, inhabitual e increíble; cuando piensas que nada puede sorprenderte, el destino te da un revés con mano vuelta mostrándote con todo lujo de detalles, lo equivocada que estabas.

Heredé esta casa señorial de dos pisos, al fallecimiento de mi abuela paterna, junto a un pequeño montante en efectivo que no llegaba para cubrir por completo su restauración, por lo que opté por pagar los tributos, rehabilitar la planta baja, adecentar un poco el jardín y darle una buena podada a la salvaje hiedra que amenazaba con cubrirlo todo. Acabadas las obras y en espera de un golpe de mayor fortuna, nos instalamos hace unos meses mi perro Chasco y yo.

Todo parecía ir bien, pero me sentía como si en la casa hubiese alguien más. No, no es que faltase nada, pero notaba que las cosas a la vuelta del trabajo no estaban tal como las había dejado, y por las noches en la planta superior se oían ruidos, pero en las casas viejas ya se sabe, todo cruje. Ni puertas, ni ventanas forzadas, todo cerrado para aumentar la intriga.

Día tras día, vivía con la sospecha, y antes de que la paranoia me afectara por completo y acabaran encerrándome en un psiquiátrico, seguí el consejo de un compañero de trabajo e instalé una cámara detectora de movimiento, de esas que se ponen en marcha y echan fotos por segundo.

Cuál no sería mi sorpresa al revelar las casi dos mil fotos, cuando en las últimas instantáneas aparecía un hombre mayor, trajeado y bien peinado junto a mi perro Chasco. Entonces me di cuenta de que ese señor con tan buena planta, vivía en mi casa, a unos metros por encima de mí.

Por un momento pensé en llamar a las autoridades y que ellas se encargaran, que para eso están. Pero por otro lado y ante este carácter romántico y mistérico que me posee, quería conocer a toda costa, la identidad de mi carismático inquilino, exento de alquiler.

Preguntando por el pueblo, aquí y allá, a las porteras por vocación más que por oficio, me enteré de que mi abuela vivía con un amante, todo un caballero de los de antes, educado y galante, caído en desgracia, pero que le dio compañía y calor en sus últimos años, del cual nosotros no teníamos menor noticia.

A su fallecimiento, ante el talante intransigente y egoísta de mi padre, por nadie ignorado y para evitar mayores sufrimientos a la familia, la buena mujer decidió no dejarle nada a ninguno de los dos, y legarme la totalidad de sus bienes, con la esperanza de que pareciéndome a ella en su compasión y por caridad humana, diera cobijo y abrigo a ese hombre.

Ya han pasado varias semanas de este descubrimiento, y como si no pasara nada, que sí que pasa porque es muy extraño, los dos hacemos nuestra vida haciendo que nos ignoramos por completo. Existiendo un nexo de unión entre ambos, mi perro, mejor dicho, nuestro perro Chasco, que parece que ha adoptado al caballero, por el cariño que le profesa.

Cuando creen que estoy dormida, hombre y perro salen a contemplar las estrellas, pero en realidad les observo desde mi ventana, dándome cuenta de la forma curiosa con que la hiedra crece, tupida, espesa y con fuerza salvaje, custodiando los velados secretos, por todo el jardín.


Sonia Mallorca


viernes, 24 de octubre de 2014

La piedad que niego - Tercer relato ganador del 5º Concurso Arma una Historia basada en una imagen











Estaba asqueado de sí mismo. Había apretado tantas veces el gatillo, dado tantas órdenes de matar, de perseguir a culpables e inocentes. En una guerra nunca se sabe a quién se está apuntando. No tenía conciencia de ser persona, más bien se consideraba un animal salvaje y asesino que ni tan siquiera luchaba por su supervivencia. Lo hacía por el puro placer de ver a sus víctimas implorar un poco de compasión, si es que llegaba alguna vez a mirarles a la cara.

Estos recuerdos le martirizan, sigue viendo la sangre en su arrugada piel y se ha dado cuenta de que las noches han quedado vacías, son solitarias, pobladas de pesadillas, de sudores que empapan sábanas y recuerdos sin nombre, llenas de rostros que le gritan y le señalan mientras le persiguen por los meandros de su memoria. Enciende la chimenea, y las sombras se contornean con la forma de la muerte, pues aunque es otoño, empieza a hacer frío. Cierra los ojos, vuelve a evocar aquella noche, en la que la niña de ojos cristalinos pidió piedad antes de acabar de desangrarse, en la que había decidido huir del destino que empezaba a ahogarle.

Desde que volvió de la guerra siempre ha estado solo, huyendo de los hombres, huyendo de la vida y huyendo de sus fantasmas. Pero puede que no todo este perdido para él, desde hace unos días se le ve en compañía de un perro y hasta parece que de vez en cuando una sonrisa le cruza la cara.

Ésta es la historia que hay detrás de esa sonrisa.

Fue durante uno de sus largos paseos en solitario. La luz de su linterna enfocó aquel túnel oscuro, creyó ver en la lejanía una pequeña claridad, pensó buscar allí la liberación de sus malditos, pasado y presente, por aquella rendija podría escapar, para respirar el aire de la libertad y comenzar un nuevo futuro.

Avanzó a tientas, sintiendo el frío y la humedad, por el angosto pasadizo, pero cada vez que daba un paso, sus zapatos se enganchaban impidiéndole seguir. Ni lo pensó, quedaron abandonados en un rincón. Pero aquella cosa extraña se le seguía enredando en los pies, cortándole el paso, ascendiendo piernas arriba, desesperándole, al no saber que le retenía.

Escuchó unos ladridos tras de sí, creyó que su liberación llegaba, ya había llegado su ultima hora y  luchó contra aquello que intentaba retenerle hasta que logró llegar al exterior, exhalando cada bocanada de aire fresco.

Un enorme can se le acercó, pero sorpresivamente no detectó furia en sus fauces, al contrario, lo observaba con cara lastimosa como si se apiadara de él.

Emprendieron juntos el camino, pero no lograba dejar atrás la hiedra que ya no sólo le iba cubriendo a él, ahora los dos estaban envueltos en aquella enredadera que les hacía caer a cada paso. La hiedra le llegó a la garganta y le apretó tan fuerte que perdió el sentido y cayó al suelo envuelto en verdes y enormes hojas.

Nunca sabrá cuanto tiempo pasó allí tirado, pero recuerda que cuando abrió los ojos una potente fuerza  le volvió a arrastrar hacía el túnel que acababa de abandonar y se sintió perdonado de sus atroces actos criminales, cuando el perro de ojos azules que le acompañaba se convirtió en una potente luminosidad que limpió la maldad de su corazón, dándole la piedad que él negó.

Desde entonces le acompaña un perro llamado Lucero, aquél que le devolvió a la vida cuando no tenía la más mínima esperanza de volver a sentir algo parecido a la humanidad.



Violeta Evori


jueves, 23 de octubre de 2014

Haciendo camino - Relato a 5º Concurso Arma una Historia basada en una imagen


Siempre pensé que la vida era un sueño dentro de otro sueño, de los cuales solo se podía hablar susurrando en un lugar que estaba mucho más allá de nuestros sentidos. Un lugar con un pozo al cual debía uno asomarse y hablar muy bajo, si no querías que el eco te dejara sordo. Me gusta desplazarme hasta allí a menudo, me paseo, pienso, intento vislumbrar algo del futuro o vuelvo a recordar cosas del pasado, allí el tiempo no existe, no hay prisas, la palabra ruido no tiene ningún significado, estoy en paz conmigo y con lo que me rodea. Un lugar al fin al cabo que no existe más que en la imaginación de los filósofos.

Cierto día de un principio de otoño, mientras escribía, se sentó a mi lado una tristeza pasajera, que se puso a hablarme de su vida, sueños y fracasos. Por educación la escuché un rato, hasta que me cansé y decidí irme a dar una vuelta por el páramo yermo, donde se encuentra mi pozo de los susurros. Cuando me asomaba a él, alguien me empujó, era esa mala pécora de tristeza la que lo había hecho y mientras caía me gritaba que así aprendería a no dejarla con la palabra en la boca. Caí y caí durante lo que me pareció una eternidad, dejé de ver, sentir y oír mientras me hundía en la oscuridad, hasta que perdí el conocimiento.

Cuando lo recobré, estaba tendido sobre un mullido colchón de hiedra que formaba un camino que discurría en medio de una llanura de tierra oscura, el cielo extrañamente claro estaba lleno de estrellas, donde una de ellas parecía hacer de sol, como un foco. Que alumbraba algo que desde aquí se adivinaba mas allá en el camino, no se distinguía muy bien, pero parecían ser dos siluetas, una de ellas debía ser un hombre, la otra era más pequeña, así que decidí acercarme un poco más.

Efectivamente la silueta alta era la de un hombre y la pequeña era la de un perro, el camino se acababa allí, a los pies del hombre. Él y su perro estaban inmóviles, vueltos hacia la luz de aquella estrella, todo estaba en silencio, era un poco tétrico.

Me acerqué aún más, y sorprendido me fijé que la hiedra subía por el lomo del animal, por las piernas y brazos del hombre, era como si ellos fueran el camino o el camino les hubiera hecho a ellos, como algo simbiótico. No sabía muy bien qué hacer, ellos no se movían y yo estaba un poco asustado, pero seguí acercándome, mi curiosidad podía más que el miedo. Cuando por fin llegué a su altura, ellos seguían sin moverse, parecían dos estatuas que de alguna manera aparentaban respirar y estar vivas. Sólo cuando estaba a punto de rebasarlas, el hombre volvió la cabeza y me miró.

Existe un lugar apartado del tiempo donde no hay nada, tan sólo una tierra yerma bajo un cielo extraño donde una estrella brilla más que las demás. Ese es el escenario donde transcurre la vida de un hombre, que a medida que avanza deja detrás de él un camino, para que los que una vez le hubieran conocido o amado, pudieran seguir sus pasos y enseñanzas.

Cuando el hombre me miró, reconocí a mi padre y a su último inseparable compañero. Entendí que mi momento había llegado, debía coger el relevo, a mi lado ahora está mi perro y miramos hacia el brillante futuro, mientras la hiedra crece y seguimos haciendo camino para los que un día vengan a relevarnos.


Benjamín J. Green

domingo, 19 de octubre de 2014

La Dama de Agua




Aquella tarde Clara estaba nerviosa, su padre volvía de un viaje de negocios después de una semana, resultaba insoportable aguantarla, arriba y abajo, saltando. Su abuela para tranquilizarla la hizo sentar a su lado y comenzó a contarle una historia:

— Hace algún tiempo, en un bosque cercano donde hay un río, vivía en sus profundidades, una linda Dama de Agua, de larguísimos cabellos negros y ojos cristalinos. Por la noche se sentaba en una roca a la luz de luna y con un peine de plata se peinaba y esperaba, durante el día era un mirlo negro y hermoso.

— ¿Qué esperaba abuela? ¿Qué es un mirlo? ¿Por qué era un mirlo? ¿Es en el bosque de al lado? ¿Es en el río del bosque?...

— Tantas preguntas no sé si podré contestarlas, ya se me ha olvidado la primera. Mira, te cuento la historia y luego me haces todas las preguntas — la niña asintió con la cabeza — Estas mujeres son muy raras de encontrar porque son escasas; pero son de una tal belleza que hechizan a los hombres, los enamoran, para tener descendencia.

— ¿Qué es enamorar abuela? ¿Y la descendencia?

— Enamorar es querer a alguien y la descendencia son los hijos que tiene la pareja, como tu padre y tu madre.

— A mamá no la conocí.

— Murió al nacer tú — dijo la abuela con pesar en los ojos mirando a aquella chiquilla de tez traslúcida — Sigo con la historia. Pues una de ellas, una noche conoció a un hombre y se enamoró perdidamente de él, cosa que una Dama de Agua no debe hacer jamás, porque nunca tienen niños, sólo engendran niñas que se llevan con ellas al fondo del río, porque son niñas tan especiales como ellas, de día pájaros y de noche mujeres acuáticas. Pero está se enamoró perdidamente, hasta el punto de que cuando tuvo a la niña por el amor que sentía hacia su pareja, la dejó a su cuidado, sacrificando el amor que una madre puede sentir. La excusa que puso es que quería que conociera los dos mundos, porque llegado el momento, la niña tiene que volver al lecho del río, al llegar al final de la pubertad se vuelven inmortales.

— ¿Qué es el final de la pubertad, abuela? — preguntó Clara ya más calmada.

— El final de la pubertad es cuando una niña deja de ser niña y se convierte en mujer.

— ¿Eso me pasará a mí?

— Eso nos pasa a todas.

— ¿Cuándo?

— Llegará un día que tu corazón te dirá que estás preparada para aceptar el amor de un hombre. Ese día, habrás dejado a la pequeña niña que eres, y serás una hermosa mujer.

Clara se quedó pensativa. No entendía que pudiera existir más unión que la que la unía a su padre y a su abuela. Los nervios volvieron a activarse, y corrió a la ventana en busca de una nube de polvo que le indicara la proximidad de su padre. Bajo la coreografía rítmica de los vencejos, vio que el momento ya llegaba, estaba a punto de llegar.

Corrió hacia la puerta.

— Clara — dijo su abuela interrumpiendo su carrera. – Dame un beso.

Dudó un segundo, y a la misma velocidad, corrió hacia a su abuela a darle un abrazo, mientras ella acariciaba toda la largura de su pelo. Al salir, dejó que entrara toda la luz por la puerta que quedó abierta.

Mientras el rugido del coche cesaba, y se escuchaban los gritos enérgicos de la niña, la abuela estrechó entre sus manos aquel peine de plata, que su hijo trajo junto a su nieta recién nacida.



Sonia Mallorca y Jaime Ros


Ventana al mar - Relato ganador de Concurso a dúo









El ascensor que me lleva a la séptima planta donde está la habitación de mi mujer hace un ruido lamentable. No puedo dejar de pensar en la jeringuilla que llevo en el bolsillo. Los olores de esta ala del hospital me golpean cuando se abre la puerta, sigo por el largo y pulido pasillo hasta oncología, y me paro ante la puerta de su habitación. Soy incapaz de entrar. No sé si tendré las fuerzas suficientes. Ojos febriles en su demacrada cara por la enfermedad,  con una súplica en la mirada seguirán mis movimientos por la habitación. Ella espera de mí algo que no soy capaz de hacer.

Lo miro y siento pena por él, nos hemos querido tanto durante tanto tiempo, que todo ese amor no nos sirve ahora de mucho, en este largo y doloroso camino hacia mi muerte, para esta enfermedad no hay atajos, y el sufrimiento es insoportable. Quiero descansar por él y por mí, quiero morir, pero no sé cómo. Esta ciencia nuestra nos obliga a vivir, sí o sí, aunque no lo desees, te prolongan la vida y con ella el padecimiento. ¿Para qué quiero vivir si en verdad ya estoy muerta?, sí, muerta y muriendo día tras día. Ellos justifican lo que hacen con las formas convenientes, pero no ven que ni siquiera soy sombra.

Desde que le diagnosticaron osteosarcoma hace dos años, sé y he visto como luchaba con todas sus fuerzas. No recuerdo que haya bajado los brazos ni una sola vez, siempre con su eterna sonrisa, ocultando su rabia interna. Tanta lucha no ha servido de nada. Mi mujer se muere, y una parte de mí está muriendo con ella. Me suplica a diario que acabe con ese dolor, y estos malditos médicos sólo le dan calmantes para paliar el sufrimiento. ¿Por qué no dejan que se vaya en paz?

A veces consigo evadirme, vuelvo a la playa, a la casita que alquilábamos todos los veranos cuando los niños eran pequeños. Allí era feliz, porque los veía reír mientras construíamos castillos de arena en la orilla cerca del agua. Nos gustaba observar como las olas los desmoronaban, arrastraban con ellas esa parte que compartíamos durante aquellos ratos. Y qué es el tiempo si no lo disfrutas, sólo son saetas que marcan. Me gustaría estar de nuevo en esa costa, y ser castillo construido de granos de arena, para que una ola, quizás pequeña porque estoy muy débil, me llevará hasta la profundidad del mar. Sería ese atajo que tanto anhelo.

Ella me mira mientras me acerco a la cama, sus ojos me sonríen, lo sabe, le susurro al oído lo mucho que la amo, mientras mis lágrimas pugnan por salir, las contengo, no quiero que vea mi dolor. Le inyecto el contenido de la jeringuilla que me ha facilitado uno de los médicos del equipo que se ocupan de ella, quizás por humanidad. La estrecho entre mis brazos y la beso tiernamente, me mira intensamente un instante y cierra los ojos. Noto como su vida se me escurre de entre los brazos, como toda ella vuelve al mar, nuestro mar donde fuimos tan felices. Se me va lo único que me importa en la vida. Su último suspiro ha roto en mí ese llanto desgarrador tanto tiempo retenido, fluye libre y fuerte, junto con la culpabilidad que sobrellevo, me repongo un poco. La acomodo sobre el lecho. Me acerco a la ventana y me siento en el alfeizar, me giro para observarla por última vez, antes del reencuentro junto a nuestro mar, antes de lanzarme…  al vacío.


Laura Mir y Benjamín J. Green


* Basada en hechos reales


jueves, 16 de octubre de 2014

PREMIO INFINITY DREAMS




Desde el blog Presentimientos  de María del Socorro Duarte; se nos ha honrado con el Premio Infinity  Dreams y desde esta comunidad le damo miles de gracias.

Como siempre que se recibe un premio no es poca la alegría ni el entusiasmo, y más este premio que se otorga por otros blogueros, con él se reconoce la creatividad, dedicación y esfuerzo por mantenerlo, así como la capacidad de trasmitir valores personales, culturales, éticos y literarios.

Este blog no hubiese sido posible sin el arduo trabajo de nuestros colaboradores, amigos, anónimos y ocasionales que comparten con nosotros día a día sus palabras, por lo que desde esta pequeña comunidad les damos las gracias.

Queremos agradecer también la paciencia y constancia que nos brindan nuestros lectores, sin ellos que son nuestra energía este blog no existiría.

Como es de bien compartir con nuestros compañeros para que entre todos sigamos creciendo, nos complace nombrar merecedores de este premio a los siguientes compañeros y amigos:


Lista de nominados:

Benjamín J. Green por su blog La isla de Benjamín

Jesús Fernández de Zayas por su blog Archimaldito

Antonio Pérez Ruiz por su blog Cortos y Micros

Jordi Luna por su blog Vivir historias llenas de vida

David Maestre por su blog Yo puedo ayudarte

Javier Ojeda Ramirez por su blog Las aventuras de Vermudo

Hilda Hurtado por su blog Historias y una copa de vino

Caro Ness por su blog  Caro Ness autor

Ady Alonit por su blog Otra vez?

Menchi Arbego por su blog Escribir en la arena

Marijose Luque Fernández por su blog Sonrisas de camaleón


Los homenajeados deberán:

1.            Agradecer el blog que te nomino.
2.            Responder a sus onces preguntas.
3.            Nominar a blogs.
4.            Avisar a los blogs nominados.
5.            Hacerles once preguntas.


Las preguntas que deben responder son:

¿Cita famosa o palabra que mejor te define?

— ¿Kamikaze?

¿Prefieres leer libros en papel o digitales?

— En papel.

¿Te gustaría trabajar en el mundo de la escritura o te gusta más como hobby?

— ¡Ah!... ¿Son distinta cosa?

¿Qué libro te hizo llorar?

— Es un poemario dramático y muy largo, titulado: ¿Quién le quita los cascabeles al gato?

¿Has conocido algún escritor o escritora famosa? Si no lo has hecho ¿A quién te gustaría conocer?

— Sí, y no gané ni perdí nada, lo lamento mucho por él.

¿Qué usuario de Google+ visitas con más frecuencia?

— Ellos ya lo saben, unos me quieren y otros piensan: Esta pesada ya está de nuevo aquí.

¿Dirías que la escritura ha mejorado tu vida o no ha cambiado gran cosa de ella?

— En varios momentos me ha dado la vida.

¿Cómo describirías tu blog en pocas palabras?

— Un blog comunidad con maravillosos colaboradores y amigos.

¿Has participado en algún concurso literario?

— No, pero gané uno, no me pregunten cómo fue.

¿Cuánto tiempo hace que comenzaste a escribir?

— Desde que me enseñaron a unir letras.

¿Qué es lo que más te gusta de mi blog?

— El amor que siempre encuentro en él, en forma de un enorme corazón trazado en tinta.


(Las he contestado a título personal por la estima que le tengo a la persona que nos ha nominado).


MUCHAS FELICIDADES A TODOS!!!


miércoles, 15 de octubre de 2014

Otro otoño - Poesía



Que es lo que me cubre con sus vientos,
sino otro otoño que con sus lluvias viene.
Se viste la tristeza, que me vio desprevenida
se desnuda la hipocresía como repetición de día.

Soy estática piedra en jardín de hojas marchitas
 que fueron verdes, y ahora, de rojo heridas.
Sólo envidia que les tengo, que serán fértil suelo
alfombra de calor, como fueron tus negras mentiras.

Que es lo que el dolor de mi alma palpa,
sino otro otoño sin comprensión de tu marcha.
Sin adiós, sin palabra escrita, sólo ser fosa
donde la muerte alza a mi encuentro sus alas.

Sobre el pedestal de piedra imagino,
que soy hoja de viento mecida,
que vuela hasta mecerse en el cielo,
y cae para rozar un segundo tu cuerpo.

Que es  lo que ya sé, si no siento,
sino otro otoño de echarte de menos,
que lo filtrase como árbol al agua,
transformar el abismo donde te hayas.

Quedó todo, pero sin tener el aliento,
de no poder pasar un segundo contigo.
Es abismo el jardín que habito,
es fosa lo que quedó en mi pecho.

Que es una estatua de piedra aunque viva,
sino otro otoño que ensucia y embrutece,
este pedestal de mármol que  habita,
sobre el tiempo que las flores marchita.



Jaime Ernesto Ros


martes, 14 de octubre de 2014

MIRADAS




En tus ojos me miré, no sabía que era delito,
cuando quise darme cuenta, en ellos me había perdido.
Quise volver hacia atrás y atrás volver no podía
pues allí quedó prendida, en tu mirada la mía.

Cuando de niños tus ojos se cruzaban con los míos,
sentía un placer inmenso y me quedaba aturdido.
No tuve valor entonces de decirte que te amaba
pues dejé pasar el tiempo y ahora ya no tengo nada.

Es posible que ya entonces, también a mí me quisieras.
éramos los dos tan jóvenes, no sabíamos de amores.
No creí que con el tiempo, poco a poco te perdiera
dejamos correr los días y hoy pagamos los errores.

Esos ojos que me huyen, voy buscando por las calles
porque sé que no son míos, son de otro, llegué tarde.
Más no pierdo la esperanza que me miren algún día
y brillen como luciérnagas, cuando: te quiero, me digan.

Te veo pasar y susurro: ¡Ay, que pérdida tan grande!
Por esconder mis sentimientos y por mi amor tan cobarde.
Sé que a veces te das cuenta de que te miro y murmuro
cuando pasas a mi lado pero es más fuerte tu orgullo.

Si cuando quise no pude y ahora te sigo añorando.
Pues tú a mi ya no me quieres, no sé que estoy esperando.
Pero sueño alguna vez que nuestras vidas se encuentren,
y no dejen de mirarse nuestros ojos para siempre.



Abby Canales


domingo, 12 de octubre de 2014

El constructor de canoas - Duelo de plumas



Ha vuelto a despertarme otra pesadilla, un mal sueño, mensaje sublime del inconsciente, es un decir que desdice, lo que las bocas pronuncian y los actos contradicen.

Me equivoqué, no es nada raro y muy humano, llegué un día de primavera buscando un curso y me topé con otro, un taller de carpintería, concretamente para construir barcos de poco calado, más que un crucero de lujo, la muestra a construir era algo parecido a una canoa, una canoa coja porque en los planos no constaban los remos, cosa que me fastidia porque lo que es remar se me da muy bien.

Después de una larga teoría, superior a la capacidad que puede soportar un ser viviente, la instrucción duró meses, llegó el momento de pasar al taller a construir el barco, mejor el bote de poco calado y sin remos, justo para salvar el trasero a brazadas si se tercia, en las aguas profundas y oscuras de la soledad.

Ese día me entregaron mi caja de herramientas, feliz suspiro de alivio después de tantos meses anotando sobre el papel, porque aunque parezca una cosa simple, construir un barco perfecto para la navegación con capacidad para dos que pueda surcar todas las aguas navegables no es tarea fácil.

Me costaba mucho trabajar la madera, el corte era imposible hacerlo recto, aunque familiarizada con las herramientas algo fallaba, y fijándome bien en ellas, me di cuenta de que eran defectuosas, por alguna extraña razón que desconozco todos los pertrechos maltrechos habían ido a parar a mis manos. La ilusión de navegar de poniente a levante se me vino abajo.

Un compañero viendo mis apuros, me prestó las suyas, pude cortar y lijar la madera, clavé a martillazos, punta tras punta hasta montarla. Ahora tocaba la colocación de la silicona para sellar las juntas.

La de todos mis compañeros de taller era azul grumosa y la mía era blanca y fina, la de todos pegaban pero la mía se despegaba, perdí el tapón, la boquilla y hasta se encasquilló el gatillo, acabé untándola con los dedos. Sabiendo con seguridad que haría aguas, hasta el punto de encallar a dos metros de la orilla.

Buscando en la loqura de un mapa imaginario suaves costas para probarla, encontré una arista torcida, tan arqueada que me dio pena, y decidí aún sabiendo de las dificultades que lo intentaría allí, puedo asegurar que no fue buen puerto, primero porque las aguas eran imprevisibles y traicioneras, y segundo porque la dársena estaba ocupada por el constructor de canoas que lo único que hacía bien era dar capas y capas de barniz, sin brocha y con muñequilla pero con demasiado esmero.

Pensé que tanto empeño por el exterior debía deberse para ocultar algún defecto de la madera, pero allá cada uno, al fin cada cual navega a su gusto con la canoa que construye aunque no tenga remos.

Discutimos mucho, durante bastante tiempo, por cuestiones diversas, hablando un mismo idioma, pero sin entendernos, mientras él seguía dando laca y sacando lustre a base de hebras y de baldeos.

— No es oro todo lo que reluce — me dijo, mientras lo observaba pensando que si no era oro para que tanto esfuerzo en que reluciera fulgurante una madera que desde el interior era defectuosa.

Ahora seguimos contendiendo si las dos barcas de poco calado juntas, o si en su barca, o si en la mía. Aún sabiendo que era la misma persona que en su momento me dio todas las herramientas defectuosas y la silicona equivocada.

Y seguimos batallando a punto de probar los botes de poco calado y sin remos, ante la dificultad que supone la zozobra a dos metros de la costa, y con la certidumbre de esta pesadilla que como mensaje del inconsciente, indica que lo que las bocas pronuncian, los actos si no son verdaderos, en sí mismos las contradicen.

A lo que me contesta:

— Ya se verá — dice el constructor de canoas mientras transcurre un tiempo alejado de conciencia y a favor del renovado viento que loqo sopla, en dirección incontrolable, pero esta vez de levante a poniente.

— ¿No lo ves? — me dice él seguro y ajeno, mientras sigue dando lustre a la madera  y mi mano disimulada se desliza buscando en vano como consuelo, palpando a tientas el cata lejos, más que nada para no perder de vista… tierra.



Laura Mir



Sueños torcidos - Duelo de plumas



Hoy por fin voy a poder realizar uno de mis sueños contigo, el que estés a mi lado, quiero poder construir ese navío que nos llevará hasta los confines del mundo y más allá, estoy impaciente e ilusionado.

En cuanto se abren las puertas de ese taller me abalanzo como un poseso sobre los planos y herramientas que necesito para mi tarea, con el corazón exuberante de alegría me entrego a la labor con entusiasmo y energía desbordante, confiado, con la mirada puesta en el horizonte, mientras tú, preparas con esmero las vestiduras de este sueño compartido.

Sin embargo algo no va bien, las reglas y plantillas que utilizo se tuercen  entre mis dedos, nada encaja, todo lo que necesito para poder realizar mi sueño se convierten en obstáculos insalvables, la silicona para las juntas no es la adecuada, los tapones se pierden, las cuadernas no encajan, los palos están torcidos, las velas están hechas de harapos mal cosidos y llenos de parches, el timón no aparece por ninguna parte, hasta los planos están en una jerigonza que desconozco, todo se está convirtiendo en una pesadilla, pero lucho para que todo encaje a pesar de todo, lucho sin descanso mientras la certeza del fracaso me invade a pesar de mis esfuerzos, lucho mientras mis lágrimas se las lleva el viento de la triste y cruel derrota.

Sin embargo lo has revestido de oro y púrpura para mí, enseñándome como con esmero lo frotas y lo mantienes brillante, mientras me sonríes, confiada y segura de ti misma. De repente abro los ojos y me despierto a tu lado. Todo se concreta mientras te observo,  conozco el significado de mi sueño, solo es una copia de mi vida a tu lado, sé adónde han ido a parar los sueños que tu decías compartir conmigo, o las promesas que me hiciste y, que nunca cumpliste. Como algo que una vez mal construido, va perdiendo partes esenciales a medida que el tiempo pasa en el inmenso mar de una vida que un día creí compartir contigo. Aunque desde lejos brille y deslumbre bajo la luz de sol que ya esta desapareciendo en el horizonte. No era más que un espejismo que habías dibujado para mí.

Ya no hay ninguna brisa que empuje este navío o lo que queda de él, siento como el agua negra del engaño invade poco a poco este ya triste futuro pecio, que sólo espera poder llegar a alguna orilla, para poder encallar.

Pasaré a ser hábitat de sueños perdidos y de pesadillas tan oscuras como la mentira que vive en tu alma, indiferente, ausente y de pronto, tan desconocida. Los días serán como losas de piedra fría, los meses como las noches tristes y los años pasarán por mi lado sin tan siquiera echarme una mirada. Pobre pecio abandonado en la orilla de un mar que un día quiso ser vida y que, por culpa de las mentiras se convirtió en una ciénaga, en la cual nada crece ni nada vive.

Ya no hay palos, las velas hace tiempo que se las llevaron las tormentas de las tardes de otoño, la madera que tanto te costó ensamblar, lijar y barnizar, han sido robadas por los habitantes del lugar.

Ahora sólo queda el armazón, fuerte y aun lleno de sueños, esos que construí en su momento con todo mi amor y mi tesón.  Además hace algún tiempo que va renaciendo en mí la vuelta a  la vida, ahora que todo lo que tú habías aportado ha desaparecido, seré yo quien lo vista de nuevo, aunque sea con retales y tablillas de colores diferentes. Qué me importa, si lo que busco es ser feliz. Puede que mi barco ahora ni brille ni deslumbre, pero será fuerte y podrá llevarme a aquellos lugares a los cuales siempre he querido ir, aunque sea solo.

Y  aquellos sueños que un día se convirtieron en pesadillas, sólo serán recuerdos que yacerán para siempre en el fondo de un océano profundo y oscuro, que en estos momentos nombro: mi vida.


Benjamín J. Green



sábado, 11 de octubre de 2014

EL HEREJE - 4º Concurso "Arma una historia basada en una imagen"



Me miro en el espejo y sólo puedo verlo a él, no sabía que el mas allá sería esto, un simple contador conectado a mi corazón, no sabía muy bien para que servía, cuando me desperté, estaba ahí, ahora sólo me quedaba esperar, lo que sí me preocupaba un poco era el número que aparecía en el display “34038”. Se ve que la tecnología también había llegado hasta aquí, sí,  tuve que coger número para poder entrar a la antesala del purgatorio y cuando por fin me tocó, me llevaron directamente ante el diablo, el cual me informó de lo que tenía dispuesto para mí, por mi mala vida y mis afrentas al estamento religioso, que como bien era sabido por todos, sólo tenía pena de infierno.

Mi ahora jefe me confesó que le sabía mal tener que condenarme, que la religión y él no tenían buenas relaciones, pero que había un contrato que le obligaba a castigar a los que se mofaban de su celestial y encumbrado colega. Y como no podía sustraerse de lo firmado, me condenaba por reincidente, cansino y descreído, solo que no iba a ser apaleado ni torturado, iba a estar confinado en un lugar con otros y otras como yo, hasta me guiñó el ojo con sorna. Eran buenas noticias, no me iban a abrir en canal ni nada que se le pareciera, así que seguí algo más tranquilo, al guardián que se me asigno tenía pinta de filósofo griego.

Seguimos un largo pasillo, con innumerables puertas a los lados, todas numeradas y al llegar a la 666 el filósofo se paró,  abrió la puerta y esperó a que entrara. Cuando esta se cerró, vi que me encontraba en un pequeño salón donde había un par de personas sentadas en unas butacas, se parecía mucho a la sala de espera de la consulta de cualquier médico, saludé a los presentes y me senté. De repente una voz que salía de un altavoz me nombró, al mismo tiempo que se abría una puerta en la cual no había reparado. Un poco receloso me encontré en una sala inmensa y cuál fue mi sorpresa cuando la encontré atestada de purpurados, santos, santas, patriarcas, profetas, papas, cardenales, santones e iluminados de todos los colores, razas y religiones, no me lo podía creer, este cabrón de diablo se había reído de mí con guiño incluido.

Pero lo peor es que todos me estaban mirando, como cordero para sacrificio, y vi en sus ojos el ansia por convertir, subyugar y convencer, casi me desmayo. De repente un hombre se me acercó,  o sea un tipo más bien como yo, contador en el pecho incluido. Después de haberme saludado me llevó junto a una especie de cabina de cristal y me informó que los números del display no eran los años que iba a pasar allí, eran los números de los que tenían que sermonearme por tantos años de desprecio a las religiones, que sólo podría salir de la cabina cada dos mil sermones y que lo sentía mucho por mí. Iba a negarme rotundamente a aquello, pero antes de darme cuenta estaba encerrado y ya se estaba acercando el primero de ellos con cara de loco furioso y con pinta de un Savonarola a punto de ser conducido a la hoguera.

Llevo cincuenta sermones, ya no puedo más y el cristal sólo refleja mi angustia, a la par de todo lo que me queda por escuchar... 3988 sermones.

Por hereje estoy bien jodido y por ateo convencido, así me veo.


Benjamín J. Green

viernes, 10 de octubre de 2014

Miles de años deseando - 4º Relato ganador del concurso "Arma una historia basada en una imagen"





Estoy en un lugar de mi vida en el cual, tengo más pasado que futuro y que puedo elegir lamentarme por ello o alegrarme por lo que me queda. No siempre tengo claro cual de las dos cosas hago ni por qué lo hago. Cuando me encuentro en ese intermedio en el cual ni una cosa ni la otra existen.

Hay días que me invade esa cansada lucidez, que me cuenta cosas que ya conozco y recuerdo, que pesan tanto como el mundo que llevo a mi espalda cansada y torcida por el tiempo que pasa indiferente a mis negros, tristes y caducos pensamientos.

Otros son claros como las mañanas de primavera, donde el sol brilla y calienta esta mente joven que solo contempla el horizonte o el lugar donde se juntan el cielo y la tierra, que me llama y me promete que todo será del color de los sueños que aún están por llegar, pero no llegan.

También existen aquellos por los cuales uno camina, sin pasado ni futuro, mirando a través de los ojos de otros, que a su vez hacen lo mismo hasta el infinito que no existe y que se pierde en los confines de lo que nunca podrá ser, de lo que nunca es y de lo que nunca fue.

Los años malos y buenos se mezclan en esa batidora que se llama existencia, que todo lo masca y que acaba siendo algo que te acompaña por el sendero que conduce a Yggdrasil, el árbol de la vida, guardián de la sabiduría y del destino, esperando a que las hilanderas del hilo infinito que guía tu vida se cansen de ti, y lo corten.

Días de pasados, futuros e inciertos, se van turnando en la rueda que nunca para de girar, llevándonos en su baile enloquecido por las edades que nos toca vivir, reír o llorar, sin que nada puedas hacer, más que seguir girando hasta que un día te caigas de ella y pases a formar parte del abono que hace que el tiempo florezca los frutos, esos que nunca podrás probar ni saborear.

Cuál es el aliciente que hace que te levantes por las mañanas para seguir caminando, aunque sea a regañadientes, dolorido y exhausto, decepcionado por lo que te rodea, hastiado de la esperanza y de las promesas incumplidas de los tiempos. No lo sabes o quizá no te importe, sólo hay que poner un pie delante del otro hasta que caigas por el abismo, que seguro más pronto que tarde, se abrirá bajo tus pies.

Hoy caminas erguido ligero como la brisa que te lleva en volandas hacia la luz del nuevo día, siguiendo la pista a los sueños de felicidad y de locura compartida con la conciencia recién lavada y perfumada, hoy vistes de nuevo, enseñando la eterna sonrisa del que cree firmemente en la bondad y en la verdad de lo que le rodea, pisando fuerte por la senda del que sabe que todo va a salir bien sin mirar hacia atrás.

Todo esto sería maravilloso si fuera humano, pero solo soy un androide con forma humana, con un corazón digital, que está a la vista de todo el mundo, que por alguna razón desconocida es capaz de soñar, sentir o imaginar. Me siento tan solo entre los míos, tan despreciado por los humanos, que cuando observo mi imagen reflejada en un cristal con ese display que enseña los años de mi corazón de metal, además de la tristeza de mi mirada, me refleja un corazón destrozado a pellizcos.

Sólo deseo que se apague de una vez para poder descansar.


Sonia Mallorca



martes, 7 de octubre de 2014

Premio One lovely Blog Award


Nuestro apreciado compañero +Juan Carlos y su blog Universo Mágico nos han otorgado este premio y agradecemos la mención de nuestros blog como Lobely y su compañerismo y soporte que no tiene límites.

Nosotros nominanos  por su esfuerzo y trabajo a los siguientes compañeros:

+Jesus Fernandez ARCHIMALDITO

+Benjamin.J.Green jordan

+Antonio Perez Ruiz

+Carlos Suarez Hernandez

+Jordi Luna

+Gema Albornoz

+David Maestre

+ADY ALONIT

+Juanan G.C.

+Francisco Cenamor

+Enrique Guisado


Agradecemos este premio a todos nuestros colaboradores y lectores, sin ellos no existiría el blog, todo el trabajo y esfuerzo que supone mantenerlo.

MUCHAS FELICIDADES!!

Libres Relatos


viernes, 3 de octubre de 2014

El extraño hilo rojo del destino - 1º Relato ganador concurso Escribir a Dúo











Eran tiempos en que el insomnio me sostenía casi hasta rozar la aurora, eran días y noches extrañas, de una existencia inexistente, me explico mejor, son aquellos tiempos en los que te cuestionas si tu vida tiene algún sentido, dudas de todo y de todos, y el vacío interno se llena de muchas dudas que se juntan hasta convertirse en una: ¿Por qué a mí?

El tiempo juega en mi contra, ni siquiera me quedan fuerzas para escribir, no me queda el calor de las palabras, las que nadie te dice y como flaco consuelo, te las dices tú. Puedo tirar de lo escrito, de eso que es poco conforme para ver la luz, puedo publicar en alguna página de relatos de esas que abundan en internet, por el hecho de gritarle al mundo que estoy viva y que lucho cada día por sobrevivir, por mucho que el fondo del río me llame. Pero esa que piensa eso, no soy yo, es la Otra, esa mujer extraña que se ha apoderado de mí.

Y el tiempo pasaba, como siempre indiferente al drama, a la locura o a la alegría de los hombres y mujeres que pueblan este mundo, sin saber que hay un hilo rojo que les conduce, un destino misterioso y engañoso que a veces nos juega la mano y cuando menos te lo esperas te encuentras en el camino con lo que no sabías que conocías, y reconoces, reconoces lo que habías perdido sin tan siquiera saber de su existencia. Lo que no sabías que te importaba, estaba otra vez al alcance de tu mano.

Después de tanto tiempo luchando en solitario en contra de la mala vida, que por lo visto se había empeñado a pegarse a mí como si le fuera la vida en ello, válgame la redundancia, hace algún tiempo que he vuelto a soñar y a mirar más allá de las brumas del páramo desértico en el que vivo. Empiezo a atisbar espacios verdes y soleados en donde los sueños tienen todo el derecho a existir y a medrar bajo la brisa que proviene del aliento de la siempre esquiva e inconstante fortuna.

Hoy he publicado un bonito relato de viajes, viajes imaginarios, nada más ni nada menos que al otro lado del mundo sin moverme del sitio, donde hace frío, pienso que si hace mucho mucho frío fuera, no sentiré este helor que me congela la sangre. Tengo que salir de esta fantasía y volver a la realidad, dentro de un rato tengo visita con el oncólogo, no quiero que piense que soy una cobarde, ni siquiera que piense que he perdido el norte porque perdí la brújula.

La cosa no va muy bien, me han dicho de operar, pero no creo en los médicos, ellos enseguida abren, cortan, cosen, se quitan la bata y se lavan las manos. Pienso darme tiempo a pensar, a ver, un tumor es un tejido que crece dentro del cuerpo, quién ordena tal cosa, creo que es el cerebro, entonces entenderé a mi cerebro para que entienda a su vez que no tiene mucho sentido matarme de ese modo.

Un chico ha comentado mi relato, me da pena, porque no entiende nada, ha dicho que le gusta, imagino que es porque le suena rítmico, al igual que puede sonar el mar.

Me hace gracia, volveré a publicar otro, y otro, y otro, tengo tantos de tantos momentos de soledad.

Y a cada uno, un nuevo comentario, como si en esta página con tanta gente, no hubiese nadie más que mi propio eco y él.

Por fin después de diez meses de arrastrar este cuerpo por las sentinas de la vida, puedo permitirme el lujo de conectarme otra vez a Internet casi no puedo creerlo.

Antes de la debacle económica, me había acostumbrado a leer los relatos de aquella chica, me encantaba como escribía y no me perdía uno. Entré en la página en la que tanto había disfrutado publicando y comentando. Y ahí estaba, como si el tiempo no hubiera pasado, un relato con su nombre, sentí cierta nostalgia, y comencé a leer.

Han pasado muchos meses, al final no me dejé operar, pero marearon todo lo que pudieron y más, el caso es que estoy recuperada, con controles periódicos pero fuera de tantas pesadillas. He vuelto a recuperar las ganas de escribir, ayer mismo, publiqué mi primer relato de mi nueva vida en aquella página olvidada de Internet y hoy, al mirar los comentarios había uno de aquel gracioso chico, mirando su perfil he visto que ha puesto su email, y le escribí.

De este modo tan extraño, el caprichoso hilo rojo del destino y después de darnos un revés con mano vuelta, nos volvió a unir.


Laura Mir y Benjamín J. Green




En dos desiertos distintos - 1º Relato ganador concurso Escribir a Dúo










Ni siquiera había anochecido y estaba realmente cansada, había tenido un día terrible. Llamada tras llamada, consulta tras consulta, urgencia tras urgencia; pero una en especial de última hora, que había durado más de dos horas entre la vida y la muerte, habían mermado todas mis fuerzas.

Llegué a casa arrastrando de mí misma, me tumbé en la cama, sólo por unos instantes simplemente para reponerme. Cuando me di cuenta estaba soñando, y mientras soñaba, soñaba que soñaba que me había dejado la luz encendida, las gafas puestas, el libro sobre el regazo y la aguja con la que me recojo el pelo y siempre termino clavándomela, en la mano.

Por un instante pensé que la escena era grotesca y descontrolada, precisaba con urgencia ser inmortalizada, nunca me había pasado algo así, por lo que abrí los ojos, conecté el ordenador y empecé a escribir, dejándome llevar…

Volví al mismo árbol, como hago siempre, para cambiar las flores marchitas, abrazarme al tronco para sentirme un poco más cerca de ti, y gritar en alto tu nombre:

— ¡¡¡SERGIOOOOOOO!!!

Pero todo era diferente, la carretera estrecha y tortuosa ya no era la misma, ni las florestas, ni los boscajes, ni los árboles, ni siquiera el árbol, el maldito árbol no estaba allí. Los colores eran distintos, más vivos y los aromas más suaves. Giré a mí alrededor por si me hubiese equivocado de lugar, pero no era así, la casa de la loma seguía en el mismo sitio, enmarcada por un impresionante cielo azul, desfiguraba el horizonte con altanería e insolencia. No entiendo cómo después de tanto tiempo, de tantas veces como había ido, nunca lo había apreciado. Despertó mi interés y emprendí el sendero hacia la cancela.

A medida que me aproximaba llegaban los sonidos a chiquillería, risas, juegos y algarabías de bocas infantiles.

Pude verlos bien tras la verja, jugaban, reían, eran felices y emanaban nueva vida.

Estaban todos, todos aquellos niños mutilados que salvamos de las minas.

Y entonces caí en la cuenta, comprendí, pude comprender por fin tus palabras ante tantas quejas: Nunca somos por lo que tenemos, ni siquiera somos por lo que creemos, somos, y escucha bien, sólo somos, por lo que hacemos.

Me giré, no quise molestarlos y comencé a desandar el camino.

Desperté plena de una emoción que no puedo definir, es como si lo sintiera cerca, muy cerca, casi en mi interior, como nunca lo había sentido estando en vida.

Fuera había anochecido; me quité las gafas, cerré el libro, me recogí el pelo, apagué la luz y abracé con fuerzas mis piernas. Y con la cabeza recostada entre ellas, consideré lo que construimos juntos en aquellos campos de refugiados, en aquél ardiente desierto en guerra, plantando cara a la muerte, fue donde en realidad fuimos, cerré los ojos y comprendiendo, la herida de mi pecho cicatrizó, y por fin, pude llorarte.

                                                                   *****

¿Recuerdas cuando rodábamos por las dunas hasta que nuestros cuerpos chocaban en un rincón del desierto?

Estuve mucho tiempo en lo alto de la duna contemplando las islas de arena rodeadas de sus propias sombras. Hasta que me dejé caer por la ladera buscando entre caricias, a piel suave, entre enfermedades y lucha, una velocidad que diera un sentido a los criminales ecos de cada fatalismo. Mi velocidad se tuvo que reducir a cero. Cumplí. Sólo fue eso, que mi vida plena tuvo que decir adiós.

Ahora no sé saber decirte que estoy bien, ahora no sé saber decirte que el sol ya no me quema, que vivo en una constante puesta de sol. Ahora no sé hacer para que la luz que tanto me llena te atraviese, ahora no sé hacer que la sombra que es tu dolor se convierta en el primer rayo del día.

Intento comprender por qué es mi nombre el que se desgañita en tus noches de desvelos, mientras es pura placidez la que me ha llegado tras mi muerte.

Quisiera que bailaras bajo la lluvia del desierto, como cuando tus pies descalzos se iban hundiendo bajo los granos que no soportaban tu peso, quisiera volver a ver tu pelo mojado aplastado en tu cara quemada por el Sol, y que de ahí, de esa agua, de esa sonrisa, volvieran a salir las Reinas del Desierto, volviera a brotar tu risa que bien valía la condena de mil noches de desierto.

Deja, entre bailes y risas, que el agua que nos besaba desde el cielo, vaya limpiando cada grano de dolor que se adhiere a tu alma, que se quede en su lugar, en el suelo del desierto, bajo las estrellas que nunca supimos contar, porque era nuestro calor el que nos protegió del frío de cada día que allí vivimos. 

Deja que sea lo que soy, comprende y deja ahora, que sea libertad.



Sonia Mallorca y Jaime Ernesto


jueves, 2 de octubre de 2014

El despertador



El dichoso aparato no paraba de sonar.

Desde las cinco de la madrugada y hasta las siete, noche tras noche y cada diez minutos, la fatídica alarma volvía a dejarse oír y ella pensaba: Si por lo menos tuviera una música agradable, quizás me podría dormir un ratito.

Pero sólo se escuchaba el maldito sonido, repetitivo como si fuera el zumbido de un abejorro.
La culpa tampoco la tenía el reloj, pues la máquina está inventada por el hombre, pero hay que saber usarla.

¿Qué el vecino era una persona despistada? Se puede admitir, mientras no le conste que está molestando, hasta se le puede disculpar, pero cuando se le ha dicho por activa y por pasiva lo que está sucediendo, se entiende que podría poner un poco de su parte e intentar solucionar el problema. A veces también se trata de tener un poco de buena voluntad.

¿Pero qué era lo que estaba pasando?

La casualidad quiso que la cabecera de mi cama, diera con la de aquel desaprensivo ¿Qué suena fuerte el calificativo?... Puede ser,  pero cuando se tiene un recién nacido al que hay que alimentar y proporcionarle los demás cuidados que necesita, cada dos horas y se juntan las primeras con las siguientes, con la consecuente falta de tiempo para echar una cabezadita, vienen a la memoria  todos los familiares del sujeto que está poniendo todo su empeño para  que no te recuperes.

El primer intento fue hablarlo como personas educadas, no se produjo ningún cambio.

De nada servía que fuera a aporrearle la puerta, pues él ya se había ido, sin desconectar el aparatito.
Tampoco eran efectivos los golpes en la pared del dormitorio ya que el buen señor se estaba afeitando y no se enteraba de nada.

Pero y los fines de semana. ¿Dónde iba tan temprano?

Según pude averiguar después, se desplazaba a su segunda residencia ya el viernes por la noche y por lo visto lo tenía programado, incluidos sábados y domingos.

¿Qué hacer, ante semejante personaje?

¡Esperar detrás de la puerta para pillarlo infraganti!

Sí, pero era listo, asomaba la cabeza y si detectaba mi presencia, retrocedía y se introducía en su casa hasta que yo entraba en la mía. Seguramente aquel día llegaría tarde al trabajo. O salía corriendo escaleras abajo antes de que pudiera ser alcanzado por una mujer en pijama y zapatillas. No es difícil imaginar la estampa.

Al final la solución fue buscar otra vivienda, no era cuestión de perder los nervios  y algún día llegar a las manos, si tenía la suerte de pillarlo.

Así es que una vez efectuado el traslado y bien aislada en mi nuevo domicilio, se me ocurrió invitar a otra de mis anteriores vecinas, a tomar un café una tarde, y casi me desplomo, cuando me comentó que el buen señor, se había ido poco después de hacerlo yo.

Y aquí estoy hipotecada hasta las cejas, por culpa de un pequeño aparatito llamado despertador y de un individuo que solo pensaba en sí mismo.


Violeta Evori