jueves, 25 de diciembre de 2014

TE ENCONTRÉ EN LA HABANA



Cada noche al acostarse, su pensamiento vuela lejos, muy lejos, demasiado lejos.

La distancia que las separa es casi infinita, por eso se aferra a cada misiva que de vez en cuando llega de ultramar y a las que ella responde con pasión maternal, llenando de esperanza ese espacio de su corazón que está dedicado a ella completamente.

Han pasado varios años desde aquel día en que paseaba su desolación por las calles de La Habana, triste y abatida.

Su mundo se había quebrado de repente, igual que su columna vertebral, en aquel maldito accidente en el que su vida quedó truncada para siempre, Allí habían quedado sus ansias de ser madre en un tiempo no muy lejano.

Paseaba sin objeto ni dirección, su alma atormentada no le daba sosiego, deseaba escapar de la pesadumbre en la que se encontraba, su vida ya no tenía sentido, para que seguir cargando la amargura a cuestas. Se sentía vacía, llena de dolor físico y emocional, lamentablemente fracasada, aún a sabiendas de que no era suya la culpa de aquella pérdida fatal. Su cuerpo maltratado sobrevivía a base de calmantes y mejunjes, como ella los llamaba. 

Había decidido que no pasaría otra noche más en ese infierno.

Pero su destino no lo iba a decidir por sí misma; claro que le quedaban esa noche y tantas otras más, que le devolverían la ilusión y la sonrisa que creía olvidadas.

Miró al cielo para comprobar cómo brillaban las estrellas y se dio cuenta que estaba perdida en una ciudad que desconocía.

Al girar una calle apenas iluminada se encontró en un paraje casi desértico.

Un movimiento casi imperceptible llamó su atención y la llenó de temor.

— ¿Quién anda ahí?

El silencio fue la única respuesta.

Se acercó al rincón donde creyó percibir el ruido. Un fuerte olor a podredumbre hizo que casi perdiera el sentido y cuando iba a retroceder, la vio.

¡Cielos!, era una niña que buscaba algo para llevarse a la boca, entre los restos de basura dejada en aquel descampado por el hombre y al que acudían a diario, cientos de aves carroñeras para alimentarse. 

Una voz susurraba en su cabeza que esa era la única oportunidad de ser madre.

No estaba soñando, era cierto, era una niña, su niña.

La pequeña asustada, retrocedió, pero ella la llamó con voz suave y en ese momento algo mágico sucedió para que sin mediar palabras las dos se juntaran y salieran al exterior de aquel infecto lugar.

— ¿Dónde están tus padres, pequeña?— le preguntó la mujer.

— No tengo, vivo sola, mis padres murieron hace un año.
 
La niña solo pudo explicarle que a veces unas monjitas la llevaban a un convento, la bañaban y le daban comida, e incluso la dejaban dormir por la noche, pero que ella por la mañana se escapaba, solo las echaba de menos cuando las noches eran lluviosas.

Aquella noche la pasaron juntas en el hotel donde ella se hospedaba, pero sabía que no se encontraba en su país y además las leyes en Cuba eran muy estrictas para las personas nativas que deseaban ir a vivir a otro lugar.

A su favor jugaba que tenía todo el tiempo del mundo para lograr su objetivo, más no pensó que se encontraría con tantas trabas legales y acabado el tiempo de su visado, debió partir dejando a su pequeña sola. Pero esta vez ella se preocupó para que quedara atendida en el mismo convento donde la niña le indicó.

Y desde entonces, las cartas las mantienen unidas, hasta que llegue el día, en que alcance la mayoría de edad o bien el régimen político cambie en aquel bello país con dirigentes de mentes obtusas, y las personas puedan ser libres.

Mientras tanto ella se ha convertido en una jovencita preciosa a la que puede ver cada vez que le envía una fotografía hecha con la cámara que le dejó antes de partir.

Aunque a veces creemos que se cierran todas las puertas, quedan algunas rendijas por las que se cuela un rayo de sol, para calentar el alma que ha sobrevivido a un momento terrorífico, y esta nueva vida, sirve para alentar  a otras que también se han creído perdidas en un túnel oscuro y sin salida posible.



Violeta Evori




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