domingo, 19 de octubre de 2014

Ventana al mar - Relato ganador de Concurso a dúo









El ascensor que me lleva a la séptima planta donde está la habitación de mi mujer hace un ruido lamentable. No puedo dejar de pensar en la jeringuilla que llevo en el bolsillo. Los olores de esta ala del hospital me golpean cuando se abre la puerta, sigo por el largo y pulido pasillo hasta oncología, y me paro ante la puerta de su habitación. Soy incapaz de entrar. No sé si tendré las fuerzas suficientes. Ojos febriles en su demacrada cara por la enfermedad,  con una súplica en la mirada seguirán mis movimientos por la habitación. Ella espera de mí algo que no soy capaz de hacer.

Lo miro y siento pena por él, nos hemos querido tanto durante tanto tiempo, que todo ese amor no nos sirve ahora de mucho, en este largo y doloroso camino hacia mi muerte, para esta enfermedad no hay atajos, y el sufrimiento es insoportable. Quiero descansar por él y por mí, quiero morir, pero no sé cómo. Esta ciencia nuestra nos obliga a vivir, sí o sí, aunque no lo desees, te prolongan la vida y con ella el padecimiento. ¿Para qué quiero vivir si en verdad ya estoy muerta?, sí, muerta y muriendo día tras día. Ellos justifican lo que hacen con las formas convenientes, pero no ven que ni siquiera soy sombra.

Desde que le diagnosticaron osteosarcoma hace dos años, sé y he visto como luchaba con todas sus fuerzas. No recuerdo que haya bajado los brazos ni una sola vez, siempre con su eterna sonrisa, ocultando su rabia interna. Tanta lucha no ha servido de nada. Mi mujer se muere, y una parte de mí está muriendo con ella. Me suplica a diario que acabe con ese dolor, y estos malditos médicos sólo le dan calmantes para paliar el sufrimiento. ¿Por qué no dejan que se vaya en paz?

A veces consigo evadirme, vuelvo a la playa, a la casita que alquilábamos todos los veranos cuando los niños eran pequeños. Allí era feliz, porque los veía reír mientras construíamos castillos de arena en la orilla cerca del agua. Nos gustaba observar como las olas los desmoronaban, arrastraban con ellas esa parte que compartíamos durante aquellos ratos. Y qué es el tiempo si no lo disfrutas, sólo son saetas que marcan. Me gustaría estar de nuevo en esa costa, y ser castillo construido de granos de arena, para que una ola, quizás pequeña porque estoy muy débil, me llevará hasta la profundidad del mar. Sería ese atajo que tanto anhelo.

Ella me mira mientras me acerco a la cama, sus ojos me sonríen, lo sabe, le susurro al oído lo mucho que la amo, mientras mis lágrimas pugnan por salir, las contengo, no quiero que vea mi dolor. Le inyecto el contenido de la jeringuilla que me ha facilitado uno de los médicos del equipo que se ocupan de ella, quizás por humanidad. La estrecho entre mis brazos y la beso tiernamente, me mira intensamente un instante y cierra los ojos. Noto como su vida se me escurre de entre los brazos, como toda ella vuelve al mar, nuestro mar donde fuimos tan felices. Se me va lo único que me importa en la vida. Su último suspiro ha roto en mí ese llanto desgarrador tanto tiempo retenido, fluye libre y fuerte, junto con la culpabilidad que sobrellevo, me repongo un poco. La acomodo sobre el lecho. Me acerco a la ventana y me siento en el alfeizar, me giro para observarla por última vez, antes del reencuentro junto a nuestro mar, antes de lanzarme…  al vacío.


Laura Mir y Benjamín J. Green


* Basada en hechos reales


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