viernes, 24 de octubre de 2014

La piedad que niego - Tercer relato ganador del 5º Concurso Arma una Historia basada en una imagen











Estaba asqueado de sí mismo. Había apretado tantas veces el gatillo, dado tantas órdenes de matar, de perseguir a culpables e inocentes. En una guerra nunca se sabe a quién se está apuntando. No tenía conciencia de ser persona, más bien se consideraba un animal salvaje y asesino que ni tan siquiera luchaba por su supervivencia. Lo hacía por el puro placer de ver a sus víctimas implorar un poco de compasión, si es que llegaba alguna vez a mirarles a la cara.

Estos recuerdos le martirizan, sigue viendo la sangre en su arrugada piel y se ha dado cuenta de que las noches han quedado vacías, son solitarias, pobladas de pesadillas, de sudores que empapan sábanas y recuerdos sin nombre, llenas de rostros que le gritan y le señalan mientras le persiguen por los meandros de su memoria. Enciende la chimenea, y las sombras se contornean con la forma de la muerte, pues aunque es otoño, empieza a hacer frío. Cierra los ojos, vuelve a evocar aquella noche, en la que la niña de ojos cristalinos pidió piedad antes de acabar de desangrarse, en la que había decidido huir del destino que empezaba a ahogarle.

Desde que volvió de la guerra siempre ha estado solo, huyendo de los hombres, huyendo de la vida y huyendo de sus fantasmas. Pero puede que no todo este perdido para él, desde hace unos días se le ve en compañía de un perro y hasta parece que de vez en cuando una sonrisa le cruza la cara.

Ésta es la historia que hay detrás de esa sonrisa.

Fue durante uno de sus largos paseos en solitario. La luz de su linterna enfocó aquel túnel oscuro, creyó ver en la lejanía una pequeña claridad, pensó buscar allí la liberación de sus malditos, pasado y presente, por aquella rendija podría escapar, para respirar el aire de la libertad y comenzar un nuevo futuro.

Avanzó a tientas, sintiendo el frío y la humedad, por el angosto pasadizo, pero cada vez que daba un paso, sus zapatos se enganchaban impidiéndole seguir. Ni lo pensó, quedaron abandonados en un rincón. Pero aquella cosa extraña se le seguía enredando en los pies, cortándole el paso, ascendiendo piernas arriba, desesperándole, al no saber que le retenía.

Escuchó unos ladridos tras de sí, creyó que su liberación llegaba, ya había llegado su ultima hora y  luchó contra aquello que intentaba retenerle hasta que logró llegar al exterior, exhalando cada bocanada de aire fresco.

Un enorme can se le acercó, pero sorpresivamente no detectó furia en sus fauces, al contrario, lo observaba con cara lastimosa como si se apiadara de él.

Emprendieron juntos el camino, pero no lograba dejar atrás la hiedra que ya no sólo le iba cubriendo a él, ahora los dos estaban envueltos en aquella enredadera que les hacía caer a cada paso. La hiedra le llegó a la garganta y le apretó tan fuerte que perdió el sentido y cayó al suelo envuelto en verdes y enormes hojas.

Nunca sabrá cuanto tiempo pasó allí tirado, pero recuerda que cuando abrió los ojos una potente fuerza  le volvió a arrastrar hacía el túnel que acababa de abandonar y se sintió perdonado de sus atroces actos criminales, cuando el perro de ojos azules que le acompañaba se convirtió en una potente luminosidad que limpió la maldad de su corazón, dándole la piedad que él negó.

Desde entonces le acompaña un perro llamado Lucero, aquél que le devolvió a la vida cuando no tenía la más mínima esperanza de volver a sentir algo parecido a la humanidad.



Violeta Evori


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