viernes, 3 de octubre de 2014

En dos desiertos distintos - 1º Relato ganador concurso Escribir a Dúo










Ni siquiera había anochecido y estaba realmente cansada, había tenido un día terrible. Llamada tras llamada, consulta tras consulta, urgencia tras urgencia; pero una en especial de última hora, que había durado más de dos horas entre la vida y la muerte, habían mermado todas mis fuerzas.

Llegué a casa arrastrando de mí misma, me tumbé en la cama, sólo por unos instantes simplemente para reponerme. Cuando me di cuenta estaba soñando, y mientras soñaba, soñaba que soñaba que me había dejado la luz encendida, las gafas puestas, el libro sobre el regazo y la aguja con la que me recojo el pelo y siempre termino clavándomela, en la mano.

Por un instante pensé que la escena era grotesca y descontrolada, precisaba con urgencia ser inmortalizada, nunca me había pasado algo así, por lo que abrí los ojos, conecté el ordenador y empecé a escribir, dejándome llevar…

Volví al mismo árbol, como hago siempre, para cambiar las flores marchitas, abrazarme al tronco para sentirme un poco más cerca de ti, y gritar en alto tu nombre:

— ¡¡¡SERGIOOOOOOO!!!

Pero todo era diferente, la carretera estrecha y tortuosa ya no era la misma, ni las florestas, ni los boscajes, ni los árboles, ni siquiera el árbol, el maldito árbol no estaba allí. Los colores eran distintos, más vivos y los aromas más suaves. Giré a mí alrededor por si me hubiese equivocado de lugar, pero no era así, la casa de la loma seguía en el mismo sitio, enmarcada por un impresionante cielo azul, desfiguraba el horizonte con altanería e insolencia. No entiendo cómo después de tanto tiempo, de tantas veces como había ido, nunca lo había apreciado. Despertó mi interés y emprendí el sendero hacia la cancela.

A medida que me aproximaba llegaban los sonidos a chiquillería, risas, juegos y algarabías de bocas infantiles.

Pude verlos bien tras la verja, jugaban, reían, eran felices y emanaban nueva vida.

Estaban todos, todos aquellos niños mutilados que salvamos de las minas.

Y entonces caí en la cuenta, comprendí, pude comprender por fin tus palabras ante tantas quejas: Nunca somos por lo que tenemos, ni siquiera somos por lo que creemos, somos, y escucha bien, sólo somos, por lo que hacemos.

Me giré, no quise molestarlos y comencé a desandar el camino.

Desperté plena de una emoción que no puedo definir, es como si lo sintiera cerca, muy cerca, casi en mi interior, como nunca lo había sentido estando en vida.

Fuera había anochecido; me quité las gafas, cerré el libro, me recogí el pelo, apagué la luz y abracé con fuerzas mis piernas. Y con la cabeza recostada entre ellas, consideré lo que construimos juntos en aquellos campos de refugiados, en aquél ardiente desierto en guerra, plantando cara a la muerte, fue donde en realidad fuimos, cerré los ojos y comprendiendo, la herida de mi pecho cicatrizó, y por fin, pude llorarte.

                                                                   *****

¿Recuerdas cuando rodábamos por las dunas hasta que nuestros cuerpos chocaban en un rincón del desierto?

Estuve mucho tiempo en lo alto de la duna contemplando las islas de arena rodeadas de sus propias sombras. Hasta que me dejé caer por la ladera buscando entre caricias, a piel suave, entre enfermedades y lucha, una velocidad que diera un sentido a los criminales ecos de cada fatalismo. Mi velocidad se tuvo que reducir a cero. Cumplí. Sólo fue eso, que mi vida plena tuvo que decir adiós.

Ahora no sé saber decirte que estoy bien, ahora no sé saber decirte que el sol ya no me quema, que vivo en una constante puesta de sol. Ahora no sé hacer para que la luz que tanto me llena te atraviese, ahora no sé hacer que la sombra que es tu dolor se convierta en el primer rayo del día.

Intento comprender por qué es mi nombre el que se desgañita en tus noches de desvelos, mientras es pura placidez la que me ha llegado tras mi muerte.

Quisiera que bailaras bajo la lluvia del desierto, como cuando tus pies descalzos se iban hundiendo bajo los granos que no soportaban tu peso, quisiera volver a ver tu pelo mojado aplastado en tu cara quemada por el Sol, y que de ahí, de esa agua, de esa sonrisa, volvieran a salir las Reinas del Desierto, volviera a brotar tu risa que bien valía la condena de mil noches de desierto.

Deja, entre bailes y risas, que el agua que nos besaba desde el cielo, vaya limpiando cada grano de dolor que se adhiere a tu alma, que se quede en su lugar, en el suelo del desierto, bajo las estrellas que nunca supimos contar, porque era nuestro calor el que nos protegió del frío de cada día que allí vivimos. 

Deja que sea lo que soy, comprende y deja ahora, que sea libertad.



Sonia Mallorca y Jaime Ernesto


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