jueves, 2 de octubre de 2014

El despertador



El dichoso aparato no paraba de sonar.

Desde las cinco de la madrugada y hasta las siete, noche tras noche y cada diez minutos, la fatídica alarma volvía a dejarse oír y ella pensaba: Si por lo menos tuviera una música agradable, quizás me podría dormir un ratito.

Pero sólo se escuchaba el maldito sonido, repetitivo como si fuera el zumbido de un abejorro.
La culpa tampoco la tenía el reloj, pues la máquina está inventada por el hombre, pero hay que saber usarla.

¿Qué el vecino era una persona despistada? Se puede admitir, mientras no le conste que está molestando, hasta se le puede disculpar, pero cuando se le ha dicho por activa y por pasiva lo que está sucediendo, se entiende que podría poner un poco de su parte e intentar solucionar el problema. A veces también se trata de tener un poco de buena voluntad.

¿Pero qué era lo que estaba pasando?

La casualidad quiso que la cabecera de mi cama, diera con la de aquel desaprensivo ¿Qué suena fuerte el calificativo?... Puede ser,  pero cuando se tiene un recién nacido al que hay que alimentar y proporcionarle los demás cuidados que necesita, cada dos horas y se juntan las primeras con las siguientes, con la consecuente falta de tiempo para echar una cabezadita, vienen a la memoria  todos los familiares del sujeto que está poniendo todo su empeño para  que no te recuperes.

El primer intento fue hablarlo como personas educadas, no se produjo ningún cambio.

De nada servía que fuera a aporrearle la puerta, pues él ya se había ido, sin desconectar el aparatito.
Tampoco eran efectivos los golpes en la pared del dormitorio ya que el buen señor se estaba afeitando y no se enteraba de nada.

Pero y los fines de semana. ¿Dónde iba tan temprano?

Según pude averiguar después, se desplazaba a su segunda residencia ya el viernes por la noche y por lo visto lo tenía programado, incluidos sábados y domingos.

¿Qué hacer, ante semejante personaje?

¡Esperar detrás de la puerta para pillarlo infraganti!

Sí, pero era listo, asomaba la cabeza y si detectaba mi presencia, retrocedía y se introducía en su casa hasta que yo entraba en la mía. Seguramente aquel día llegaría tarde al trabajo. O salía corriendo escaleras abajo antes de que pudiera ser alcanzado por una mujer en pijama y zapatillas. No es difícil imaginar la estampa.

Al final la solución fue buscar otra vivienda, no era cuestión de perder los nervios  y algún día llegar a las manos, si tenía la suerte de pillarlo.

Así es que una vez efectuado el traslado y bien aislada en mi nuevo domicilio, se me ocurrió invitar a otra de mis anteriores vecinas, a tomar un café una tarde, y casi me desplomo, cuando me comentó que el buen señor, se había ido poco después de hacerlo yo.

Y aquí estoy hipotecada hasta las cejas, por culpa de un pequeño aparatito llamado despertador y de un individuo que solo pensaba en sí mismo.


Violeta Evori

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