jueves, 10 de julio de 2014

Una playa especial



Al amanecer, como cada sábado desde que llegó a aquellos parajes de ensueño, cuando todos duermen, se levanta y tomando una toalla que deja preparada por la noche antes de acostarse, abre la puerta y baja las escaleras para salir sin hacer ruido y emprender el camino que lleva hasta el río.

Todo está envuelto en un silencio absoluto, nadie la ve, o al menos eso cree, nada se mueve, sólo se oye algún susurro muy sutil o el movimiento de alguien que se da la vuelta en la cama.

Sin pausa sigue adelante y muy despacio tuerce a la izquierda para salir del recinto vallado y cubierto de verdes enredaderas. Posa su mirada unos segundos en la rotonda de entrada, en los árboles y flores que con tanto mimo cuida el jardinero; continúa caminando abstraída en sus pensamientos disfrutando  del relax y la placidez de la mañana que se empieza a desperezar.

De pronto cree escuchar un sonido y alertada concentra  toda su atención en él, pero enseguida se calma, porque no es más que un pajarillo ajeno a su presencia que se ha movido en su rama.

Recorre los escasos metros existentes entre el asfalto y el camino de tierra que la adentrará en su paraíso particular. Al igual que en otras ocasiones y al llegar al puente de piedra que atraviesa la parte más amplia del rio se sienta en el banco, dispuesto allí para que descansen al atardecer los excursionistas que pasan el día en el  Mas del Silenci.

Mira al cielo, aún queda alguna estrella rezagada, cierra los ojos y le parece estar rodeada de miles y miles de pequeños y brillantes puntos, como la noche anterior cuando dio su último paseo, antes de recogerse y abandonar a la luna, que iluminaba todo con su presencia.

Otro sonido la sorprende, le produce un sobresalto,  pero se tranquiliza al instante pues es solo una pequeña ardilla al subir a un árbol centenario. ¡Oh! ¡Qué belleza, qué espectáculo tan maravilloso! Suavemente  la llama, y ésta baja rauda cuando le muestra unos cacahuetes que ella se ha puesto en el bolsillo al salir, pensando que algo así podría ocurrir.

Pero no le queda mucho tiempo, pronto todos empezarán a despertarse y la paz que la envuelve, acabará convertida en un batiburrillo de voces alegres y cantarinas  y el trasiego de niños que se dirigen a bañarse caminando o en bicicleta, solos o con amigos los de más edad, acompañados de sus padres los más pequeños, acabarán con la tranquilidad.

Avanza poco a poco hasta llegar a la pequeña  playita de tierra finísima que se  ha ido formando en la parte donde el rio se  estrecha  en un recodo escondido de la espesa montaña. Se sienta en una piedra redonda y plana, elegida  la primera vez que descubrió ese sitio tan encantador, vuelve a entornar los ojos y pliega  sus sentidos a todo lo que no sea el rumor del agua, que baja en sinuosa y alborozada cascada, tropezando aquí y allá con matojos y ramas arrastradas por las lluvias de la semana pasada.

El sol se refleja en el verde azulado que producen  las ramas de los árboles y el cielo, sobre el lecho del río, que sólo de vez en cuando adquiere un ligero movimiento. Entonces sale por unos segundos de su abstracción, para ver como saltan algunos pececillos que surgen al exterior para cazar algún mosquito ajeno a su observación, pulula sin descanso, bajo un gran arbusto que sobresale de la tierra y que les da sombra a un sinfín de éstos.

¡Qué pronto pasa el tiempo! La luna ha desaparecido de su vista y el Astro Rey empieza a despuntar, no se puede demorar más o la descubrirán, no puede permitírselo, estos momentos de sábado son demasiado especiales  para ella; y sin pérdida de tiempo, se levanta y se lava la cara con el agua fría. Qué placer tan inmenso al sentir como resbala por su piel, fresquísima y transparente  por sus brazos desnudos.

Pero,¡ Ah! No está sola, alguien la observa con sus ojos marrones y las orejas tiesas desde lo alto, alguien que como ella sale cada sábado sin ser vista y que hasta hoy ha respetado su silencio escondido detrás de un árbol, pero que ya no ha podido resistir la tentación de probar también el agua helada, es su queridísima perrita Bala, la que a una señal suya baja corriendo y se introduce en el río dando saltos de alegría. Emocionada, la acaricia mientras escuchan el sonido de los pájaros que despiertan.

Relajadas, suben la cuesta y empiezan a encontrarse con algunos de los niños más madrugadores que las saludan alegremente,  que las miran sorprendidos,  pues hoy las ven diferentes  a otros sábados, y van juntas.


Violeta  Evori


7 comentarios:

  1. Bienvenida Violeta, bonito relato y cuadro, ignoraba esa faceta tuya de pintora, gracias por compartirlo todo con nosotros. Espero que te sientas a gusto.

    Un beso.

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  2. Bienvenida Violeta. Esperando más. Gracias por compartir. Yo lo difundiré vía Twitter.

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  3. Hola Violeta Evori.
    Me ha gustado este relato intimo,
    debe ser un lugar precioso, y como
    dice Laura un cuadro magnifico.
    ANIMO Y GRACIAS

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  4. Muchas gracias por admitirme con vosotros, espero estar a vuestra altura

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  5. Se me olvido esta mañana darte la bienvenida a esta
    pequeña familia, me gusto tanto tu relato, que se me
    paso(soy un poco despistado) espero que te sientas
    a gusto.
    Un abrazo cordial.
    Hasta proximas letras.

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  6. Me ha encantado este relato cargado de complicidad y de ternura, contado con mucho tacto, casi en un susurro. Transmites intensas emociones con una sensibilidad especial. Nunca dejes de hacerlo.

    Muchas gracias por compartirlo con nosotros y bienvenida (disculpa el retraso).

    Un abrazo.

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