martes, 22 de julio de 2014

Como si nada




La mañana dio comienzo, como siempre, con una de las rutinas diarias que tantas mujeres realizan al levantarse, una ducha, las cremas, el  maquillaje, un poco de sombra en los ojos, un puntito de máscara en las pestañas y un ligero toque de carmín rosado en los labios. Eligió para la ocasión un severo traje pantalón de color beige y una camisa blanca, zapatos marrones y bolso del mismo tono, y por último, se adornó con los complementos que tanto le gustaba lucir.

Ni por un momento pudo llegar a imaginar el trágico suceso que en poco rato presenciaría  al salir a la carretera.  Aún hoy después de tantos años no consigue del todo hilvanar como ocurrieron los acontecimientos.

A eso de las diez de la mañana de aquel jueves, bajó al garaje y arrancó su coche. Tenía una cita en una población que distaba unos doscientos kilómetros de la suya, y ya se le hacía tarde, pues a las doce y media debía enfrentarse con aquella prepotente señora, tanto, que no le apetecía ni un ápice llegar al restaurante en el que habían quedado para comer y lo que más  deseaba, era escuchar en el auricular de su teléfono móvil, la voz áspera de la insulsa  empleada, avisándola de que no fuera, debido a que su jefa no pudo tomar el avión que la traía de París y no había llegado a tiempo, pidiéndole disculpas por tener que postergar la visita para otro día.

Pero el destino es retorcido y el aparato  no sonó, así es que conectó la radio pensando que por lo menos con música el viaje se le haría más agradable  y al instante, se dejaron oír las primeras notas del Vals triste de Sibelius.

A medio camino de las dos poblaciones, fue cuando en fracciones de segundo tuvo una de las experiencias más desagradables de su vida.

Transitaba con la atención puesta en la conducción, escuchando una de las mejores obras del gran compositor, cuando de pronto le pareció tener una visión irreal.

— ¡Cielos! ¿Qué hacen?— Exclamó sin poder creer lo que veía.

Observó por el espejo interior que uno de los coches que circulaban detrás de ella,  iniciaba  la maniobra para adelantar y a la misma vez, otro circulaba detrás de un camión en sentido contrario, se disponía efectuar el mismo movimiento.

Sus ojos pasaron de mirar al frente a posarse en el espejo retrovisor izquierdo y su espanto fue en aumento cuando los dos coches se enfrentaron. En su mente trastornada le pareció contemplar el choque de dos cabras, que jugando saltaban en el aire, pasaban volando a su lado y al momento caían y se estrellaban contra el suelo.

Pero aquello no era un juego, los dos vehículos quedaron encarados y de uno de ellos, del que le quedaba más cerca, salió disparado un brazo joven que quedó colgando inerte en la ventanilla, como si de una pata de pollo se tratara, esa fue la sensación atroz e inexplicable  que tuvo en aquel instante.

Sin saber como lo hizo, se desvió a la derecha y poco a poco fue frenando, hasta quedar parada en el arcén unos metros por delante de los dos vehículos.

No podía respirar, intentaba coger aire para salir y prestar su ayuda, las piernas le temblaban, el corazón se le salía del pecho y se quedó inmóvil sin poder reaccionar.

De pronto unos toques suaves en la ventanilla llamaron  su atención, era el rostro amable de un hombre, le pidió que le abriera y al hacerlo, éste le dijo:

— Pon el coche en marcha y vete, dentro de poco empezarán a llegar las ambulancias, policía y bomberos y te quedarás atrapada aquí toda la mañana.

Al sospechar su intención de salir, le puso una mano en el hombro y le  dijo que no lo hiciera, que a fin de cuentas ya no se podía hacer nada y que él, junto con los hombres que se encontraban allí se encargarían de todo. También ayudaría el conductor del otro coche, que había resultado ileso.

Le hablaba el chófer del camión, un joven al que se le veía tranquilo o al menos lo parecía.

Pero ella no se fue, esperó a que llegara la policía y después de que ésta le tomara declaración,  se giró un poco para mirar por última vez la situación, y pudo distinguir al segundo conductor que se encontraba de espaldas hablando por teléfono, probablemente estaría  comunicándole  el accidente a su familia.

Y  sin  apenas tener conciencia de lo que hacía, se puso en movimiento y se alejó dejando tras de sí, una escena que ni siquiera hubiese deseado contemplar ni en una mala película.
  
El resto de la mañana pasó como si de una pesadilla se tratara, llegó a su cita, pero dado que  su estado de ánimo se encontraba por los suelos, no se extendió en demasiados detalles y se despidió sin dar explicaciones del suceso que había presenciado.

Al regresar, la carretera todavía permanecía cortada y  los coches estaban siendo desviados en otra dirección por lo que sólo pudo distinguir a lo lejos el movimiento de varias grúas.

Durante toda la noche no pudo conciliar el sueño, constantemente su mente reproducía  el desgraciado accidente.

Al día siguiente, como cada viernes se dirigió al quiosco de su calle para comprar el periódico comarcal que se editaba una vez a la semana, iba pasando las hojas como una autómata, sus ojos buscaban con ansiedad la noticia, cuando la encontró no tuvo el suficiente valor para leerla y lo dejó sobre el mármol de la cocina.

Llegó el lunes y la casualidad quiso que tuviese que volver a pasar por el mismo lugar. Tenía otra cita en el mismo pueblo donde había ocurrido la tragedia. Esta vez con una conocida a la que la unía muy buena relación y con la que de vez en cuando le gustaba quedar, para desayunar en una pequeña cafetería donde servían unas magdalenas que le recordaban a las que hacía su madre cuando era niña.

Se sentaron y una vez pedido lo que iban a tomar, se pusieron a charlar animadamente, como siempre las primeras preguntas que se hicieron fueron, las de como habían pasado el fin de semana.

Su sorpresa fue mayúscula cuando la otra persona le explicó que había estado acompañando a una amiga que acababa de perder a su hijo en la carretera. Le contó que era muy joven, un gran deportista y una persona muy solidaria, le describió con extrema exactitud el lugar donde había ocurrido la tragedia.

Ella enmudeció y al instante el color desapareció de su rostro, se llevó las manos a la cara y se cubrió los ojos para ocultar la emoción que la embargaba en aquel momento. Al ser preguntada que era lo que le estaba ocurriendo, bajó las manos y  haciendo un gran esfuerzo contestó:

— Yo fui testigo del  accidente, pero permíteme que no entre en detalles, por respeto al dolor de esa madre.

Pidió disculpas y al momento cambió de tema y obvió todo lo que había visto.

Otra vez de regreso, volvió a pasar por el mismo punto kilométrico de la carretera y se dio cuenta de  que ya no quedaban señales de nada, todo había pasado y hacía cinco días que circulaban infinidad de coches por allí que no eran conscientes de la fatalidad que se había producido en ese lugar.

Al llegar a su casa, entró en la cocina, cogió el periódico de la semana anterior que continuaba   en el mismo sitio, dudó sí abrirlo,  pero pensó que si no lo hacía probablemente no tendría paz  durante mucho tiempo, tomó varias bocanadas de aire, buscó la noticia y al final se atrevió a leerla.

Había una fotografía de un apuesto joven que ya nunca más  volvería a jugar a su deporte favorito con los chicos de su pueblo, pues en un segundo, su fatal imprudencia y la de otro conductor, se lo había llevado como si nada.

Por fin el muro de contención que la tenía prisionera desde aquel día se derrumbó, pudo llorar desconsoladamente hasta quedarse sin lágrimas, sin darse tiempo a pensar en nada más, tomó el semanario y lo quemó.


Violeta Evori



* Música: Vals triste de Sibelius

5 comentarios:

  1. Sin duda este tipo de historias son apropiadas para concienciarnos de que hay tragedias imprevisibles al otro lado de la esquina que nos pueden dar una gran sacudida. Un abrazo.

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  2. Se pasa mal cuando presencias un accidente de este tipo, la imagen se graba de tal modo que tiene que sucederse el tiempo para superarlo.

    Un gran relato, gracias por compartirlo. Un abrazo.

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  3. Simplemente genial. Lastima que nuestro cerebro no sea un disco duro para poder borrar ciertas experiencias desagradables.

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  4. Hola Violeta.
    Una experiencia traumática, que has
    relatado con maestría.
    Un gran tema social.
    Un saludo
    Benjamín

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  5. Muchas gracias por vuestros comentarios
    Un saludo

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