viernes, 16 de mayo de 2014

Rocambolescos Reencuentros




Hay días en los que maldices haberte levantado, días en lo que todo resulta lioso e incluso embarazoso, todo se complica y parece que vas dando pasos del revés. Tanto que te sale un cuerno horroroso y vistoso desde Júpiter en el pelo, pierdes uno de tus maravillosos zapatos en el metro, y casi llorando en la cafetería el individuo gordo de al lado, no te ha visto y te ha dado un empujón sin querer, te ha bañado tu inmaculada camisa blanco nuclear de café negro intenso de Colombia.

Coges una servilleta de papel con la mala fortuna de que con el temblor de las manos se te cae al suelo. Te agachas, la recoges y al levantarte, te das un cabezazo con el compañero de la mesa de al lado, del que ni te habías fijado. Este chico también se había agachado a recoger el estuche de joyería con el anillo de pedida que enseñaba ilusionado a su amigo, y le había caído con el mismo nivel de torpeza que imperaba ese día.

-              ¡Dios, qué coscorrón!
-              ¿Te has hecho daño? Lo siento, no te había visto -le dijo él desde sus profundos y grandes ojos marrones.
-              Ahora resulta que soy invisible, mejor porque voy hecha unos zorros.
-              No será para tanto -dijo él con una mueca expresiva de todo lo contrario y mirando esa cara toda churreteada de máscara de pestañas, la muchacha había llorado, y mucho.
-              ¿Intentas justificar tu torpeza con galantería burda?
-              Pues sí, no tengo otra. Llevo una mañana redonda, redonda.
-              Me duele la cabeza del golpe que me has dado, mi mañana no es mejor que la tuya… mejor lo dejamos aquí.

Y sin decir más, se levantó con toda la dignidad que le fue posible recoger en ese momento y anduvo hacia la salida a la pata coja a falta del zapato.


Dos meses más tarde,  un domingo al mediodía en una pastelería del mismo barrio, se volvieron a encontrar. Y los dos al unísono y después de más de veinte minutos de cola, pidieron a diferentes dependientas la única coca de LLavaneres que quedaba en toda el establecimiento. María y Marta cruzaron sus manos sobre la misma bandeja, se miraron e intentaron salvar la situación entre ambos clientes, proponiendo otros dulces con sus mejores sonrisas.

-              ¿Otra vez tú? -Marcos se giró y le preguntó a Silvia.
-              ¿Otra vez tú? – Cuestionó ella al mismo tiempo.
-              Parece que estamos condenados por un destino cruel a encontrarnos en los momentos más inoportunos y con los motivos más oportunos.
Ella, sabiéndose descortés en el anterior encuentro, muy amablemente se decidió por un tortel de nata y le dejó la coca; puestos a celebrar con dulces, daba igual el objeto porque el destinatario era diabético. Y diciendo:
-              Por esta vez pasa, pero la próxima me toca a mí.
-              No creo que haya una próxima vez, saldríamos de las estadísticas. De todos modos, te lo agradezco y deseo que disfrutes de tu tortel. Feliz domingo.

Y, cogiendo su coca bien envuelta, salió del local dedicándole una de sus mejores sonrisas. Por esta vez había ganado, estaban en tablas hasta la siguiente que deseaba que no sucediera nunca.

                                                      
Marcos llevaba unos meses deprimido. Susana, su prometida, valorando todas las posibilidades había decidido que su gran amigo era mejor partido que él. Y allí lo dejó remendando sus heridas. Siempre la había visto un poco egoísta, pero nunca pensó que ambos pudieran hacerle algo así. Llevaba meses alicaído y era el momento de cerrar ese capítulo doloroso de su vida; y decidió tomarse unas vacaciones por el norte. Algo rural le vendría bien.


Silvia, aprovechando unos días de vacaciones pendientes aún de estío, decidió tomarlos y desconectar en plena naturaleza. Mirando escapadas para la montaña, odia la playa, aprovechó una oferta de internet, un todo incluido a los Picos de Europa.

El día señalado para la llegada aparcó su diminuto y cochambroso coche de incontables manos sobre la una del mediodía en el aparcamiento del hotelito rural La Carambola. Estaba lleno, no cabía un alfiler.
Subió su pesado equipaje hasta recepción, no entendía cómo pesaba tanto si sólo iba al campo.
La atendió una mujer de mediana edad, muy amable que, con sonrisa agradable, le extendió la llave de la habitación número 205 de la segunda planta, deseándole una feliz estancia.
                                             
Marcos no confiaba mucho en las ofertas chollo ofrecidas por la red, pero ante el precio de la estancia recibido por email de la web chollobarato.com, no pudo resistirse y sin demasiadas cavilaciones, sacó su tarjeta oro y, dando hasta el número indescifrable de la parte de atrás, compró el paquete vacacional.
Después de viajar unas cuantas horas con tranquilidad, llegó a su destino y aparcó donde meramente pudo. Eran cerca de las tres de la tarde y traía hambre de lobo: las últimas  tres horas no había parado ni para tomar un café, estaba realmente cansado.

Pasó por recepción, lo atendió un chico joven hijo de la propietaria y le dio la llave de la habitación, advirtiéndole de que en la oferta adquirida era habitación compartida. Marcos intentó, aun pagando el suplemento,  adquirir una individual. El inexperto muchacho le dijo que era imposible, estaban al completo, eran las fiestas de la patrona del pueblo, la Santa Virgen de los Rocambolescos Reencuentros y no cabía un suspiro. Se deshizo en excusas, pero no hubo manera de hacer cambio alguno.

Marcos, resignado, cogió la llave de su habitación y su equipaje dirigiéndose a la segunda planta del hotel.

                Al entrar en la habitación se fijó en las maletas del que sería su  compañero de habitación. Por sus tonos rosas y blancos, dedujo que era chica. Sin darle más vueltas, bajó al comedor y degustó el plato del día: unas buenas lentejas, guisadas con todo el acompañamiento posible, morcilla, chorizo, oreja y tocino. Después de repetir del maravilloso guiso volvió a su habitación. Con la comida, vino y digestivo final, tenía un sueño delicioso y, tirándose en la cama, se dispuso a hacer la siesta, o seguir durmiendo ya que últimamente iba con el horario cambiado y esa mañana no había podido descansar las horas necesarias.

                A media tarde, Silvia vuelve de su primera excursión de reconocimiento por la zona. Ha disfrutado de paisajes idílicos, verdes prados, aire puro y se siente despejada. Abre la puerta de su habitación, y madre mía, qué olor. La cama vecina está ocupada por un individuo que duerme con ropa de calle, apesta a pies y algo más. El tipo habrá comido gloria pero no me veas. Silvia sale de la habitación sin encender la luz y baja al bar del hotel para hacer un poco de tiempo.

                Marcos se despierta descansado pero con la cabeza embotada, efecto común de una larga siesta. Quiere cenar tranquilo y salir un rato, así que decide darse una ducha. El lavabo está bien reformado, hay champú y gel preparado, y se mete en el agua rápidamente. Se relaja durante un buen rato. Antes de cerrar el grifo, mira que no le quede jabón, y ve que está medio empalmado. Eso es buena señal. Cierra el agua y se pone a secarse. Entre el roce de la toalla, la canción del hilo musical, bueno que está caliente.

                Silvia entra en la habitación, el compañero no está, y con el té que se acaba de tomar, uff… a la taza corriendo. Empuja rápido la puerta y se baja sus shorts. Cuando mira al lavabo ve al compañero pájaro en mano. Dios que situación, ella con los shorts a media pantorrilla, y el chico todo duro. Rápidamente se sube los pantalones y sale corriendo.

Qué vergüenza y qué fantástico a la vez, su compañero , es joven apuesto, con un cuerpazo y una buena herramienta. El fin de semana promete, necesita tomar una copa. Y baja al bar del hotel. Se pidió un Manhattan e intentó relajarse. Cómo iba a comportarse con su compañero de habitación durante el resto de la semana, sin poderse quitar esa imagen de la cabeza.

Marcos se vistió y se dirigió al bar, intuyendo que la encontraría allí, y en efecto estaba en una mesa del fondo, como queriéndose esconder. Se aproximó a ella y le dijo:

-              Mi nombre es Marcos y en vista de las circunstancias en las que nos encontramos, y temiendo que esto es una conspiración malvada del destino, ¿no sería mejor llevarlo bien?
Ella se quedó pensativa, como valorando todas las posibilidades.
-              Me llamo, bueno, mejor me llaman, aún no ando tan loca, Silvia.
-              Un placer conocerte oficialmente – le dijo Marcos sonriendo y extendiendo su mano para ser estrechada.

La chica le estrechó la mano y él sonrío a su vez, ambos sabían con ese contacto que era un nuevo principio, un nuevo encuentro y una nueva oportunidad. Y que era inútil luchar contra el destino.


Laura, Eduardo y Joan.



3 comentarios:

  1. Me ha gustado mucho. Y no dedicaré ni un segundo a calcular las probabilidades de que algo así suceda de verdad, me vasta con que vosotros lo hayáis creado con vuestro arte para escribir.

    Felicidades para todos.

    ResponderEliminar
  2. Agrademos vuestros comentarios y nos alegra de que la hayáis disfrutado. Un abrazo.

    ResponderEliminar