jueves, 29 de mayo de 2014

Con las tetas por bandera



Ahí estaba yo, con las tetas al aire delante de esos tontos vestidos de camuflaje, que boquiabiertos miraban su balanceo…

Por aquel entonces yo contaba dieciséis años, las hormonas las tenía bastante revolucionadas. Nada me estaba bien, era una inconformista recalcitrante, pensaba que podría cambiar el mundo. Siempre tenía razón y protestaba por todo.

Una mañana discutí con mi padre acaloradamente. Hablando en plata, le monté al pobre hombre un santo pollo. Harto de escucharme, me dijo:

—   A ti te llamará un coronel para comandar al ejército con el carácter que tienes, los pondrás firmes a todos.
—  ¡Anda ya! – le contesté con desdén.

Sobre las dos de la tarde, el cartero trajo una carta certificada donde indicaba que debía presentarme en quintos del ayuntamiento para tallarme.

—  Ya te lo decía yo. El coronel, con lo que gritas, te escuchó esta mañana; y desde luego no va a desaprovechar tanto potencial, máxima eficiencia con mínimo esfuerzo – decía mi padre, mientras sin podérmelo creer lloraba sin consuelo. No podía imaginarme con mis tacones, mis curvas, un rifle colgado y mi cabeza rapada.

Tuve que ir, el día señalado en la cita, para indicar que era mujer y no estaba obligada a realizar el servicio militar. Allí que me presento, con blusa y minifalda, pelo suelto y nada de maquillaje, no vayan a creer que oculto barba. Me hacen pasar por estrechos pasillos, hasta una habitación, donde un hombrecito de mostacho y vestido de camuflaje me espera detrás de una mesa. Para qué llevará este hombre un traje de verdes si la habitación es blanca, ¡no tiene donde esconderse! Me siento delante, en una silla que para eso está. El sargento, que digo yo que será sargento, porque las medallas que luce en el pecho tienen más pinta de ser potaje que de ser de general, me mira, y resulta que es bizco. No hay nada malo, claro, pero esperemos que el enemigo sea tranquilo, porque como sea nervioso, éste no les acierta. El sargento bizco me mira. Me remira. Mira la hoja. Me vuelve a mirar. Se levanta, se coloca el arma que tiene entre las piernas, y no habrá tenido momentos en el día para colocar el fusil que ha de esperar a que venga yo. Sale del cuarto, y se pone a hablar con uno que está en el escritorio de la puerta. Se asoma, se ríe, y coge el teléfono. A todo esto, el sargento que no me ha dicho ni buenos días. Mejor era así, porque es ponerse a hablar y salen perdigones por doquier. Ahora sé que está armado y tiene munición. Y la babilla blanca, que se acumula en la comisura. Para no ver la baba que se va acumulando en el bigote, miro hacia la puerta, y ya son tres los que van riendo. El buen hombre está delante de mí, con las manos metidas en el cinturón ese que no sujeta los pantalones, pero que todos llevan. Después de un rato de hablar, sin yo tener ánimos de escucharle por no mirarle, siento que me pide perdón, que han sido cosas de la burocracia, y yo pienso, te perdono lo que tú quieras, pero ¡límpiate por favor! No volverá a suceder. No hablo de la baba, hablo de servir, de vestirme con cinturón que no sujeta los pantalones.

Cuál no sería mi sorpresa al mes siguiente cuando el cartero trae otro certificado. Pensé, por ser bien pensada, que el señor sargento se quería disculpar. Al abrir la carta y ver que no estaba llena de tropezones, empecé a sospechar. Pues no fue el señor sargento, no, que insistían que este cuerpo está hecho para pegar barrigazos.  Y no digo que no, pero al menos podían esperar a que me pusiera tetas de silicona, que menos dolerá. Que voy para allá, sin esperar ni fecha ni fecho. En la habitación el militar que me espera en un rincón, que más parecía un helecho que un militar. Anda que si Rambo tuviese ese cuerpo iban a hacer tantas películas. Me vuelve a mirar, y yo que me he olvidado de ponerme la minifalda. Ahora sí que me veo como Johnny con su fusil. En la puerta ya cuento cinco, será que el ejército está escaso de personal que se tienen que acordar de mí. El hombrecillo, que tose, que se coloca el armamento y que me dice que ahora sí que sí, que la patria necesita de hombres, y que conmigo, no cuentan. Pienso para mí, espera, que a la próxima, seré yo la que me coloque los cojones.

Al mes siguiente el señor cartero trae una tercera carta certificada donde indicaba que según el código no sé cuál, me veía obligada a presentarme, de no ser así se procedería a dar las correspondientes órdenes para mi detención.

Ya no pude más, salí corriendo hacia el ayuntamiento y desde la puerta del departamento de  quintos, llorando, me desabroché la blusa y saqué mis senos del sujetador. Y cogiéndolos con las dos manos, les chillé:

— ¿Con este par de tetas tengo pinta de tener que hacer el servicio militar?

No volví a recibir ningún requerimiento más.


       * Basado en hechos reales.



        Laura y Jaime

5 comentarios:

  1. Es una historia muy divertida contada de forma ligera. Buen texto.

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  2. Muy bueno tiene un buen toque de humor

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  3. Sí que es divertida, muchas gracias por los comentarios. Pasad buen finde.

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  4. ¡Buenísima y divertida! Me encanta.
    Abrazos.

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