viernes, 26 de diciembre de 2014

LA BUHARDILLA DE OLIVIA



Desde el ventanuco de la buhardilla acompañada de su fiel perro Mysti, Olivia observaba como la nieve caía recubriendo las calles y los tejados de la cuidad.

La horrible mujer con la cual se había casado su padre, solía encerrarla allí arriba por cualquier motivo, real o ficticio, sin sospechar que a Olivia le gustaba ese lugar lleno de polvo y de misterio. Estaba repleto de cajas y de cosas que a lo largo de los años se habían ido amontonando por los rincones.

Hoy hacia mucho frío, el viento helado del invierno se filtraba por todas las rendijas y hacía que se estremeciera por mucho que se abrazara a su querido Mysti, mientras imaginaba que estaba entre los brazos de su madre. Olivia nunca había llegado a conocerla. Según lo que le había contado su padre, había muerto en el parto y aunque Olivia soñaba con ella todas las noches, nunca podía por mucho que se esforzara, recordar su rostro.

Además, nunca había visto una foto de ella en casa: “Seguro que la bruja con la que se había casado su padre las había tirado o escondido”. Pensaba Olivia.

Cuánto le hubiese gustado poder verla y dejarse querer por ella. Todo eso imaginaba mientras abrazaba a su único amigo, puede que nunca la hubiese conocido pero la echaba tanto de menos. Siempre pensaba en ella cuando veía a otros niños de la mano de sus madres cuando salía a la calle. En aquellos momentos no podía evitar llorar, lo que conllevó que no la sacaran mucho de casa por ser muy llorona y sensiblera.

Antes de ponerse a llorar otra vez, decidió buscar entre todas las pertenencias allí almacenadas, una manta vieja o algo con que cubrirse que mitigara un poco el helor que sentía.

La buhardilla estaba repleta de cajas, paquetes, muebles, maletas viejas, baúles; todo estaba cubierto de una gruesa capa de polvo.

Dentro de un viejo armario Olivia encontró un abrigo de lana, raído y descolorido que le quedaba muy grande, pero que le proporcionó protección contra el frío de esa tarde invernal.

Tenía las manos heladas, para calentárselas las metió en los bolsillos, faltaba poco para que su madrastra viniera a buscarla, siempre le levantaba el castigo un poco antes de que volviera su padre del trabajo, para después hacerse la mártir y quejarse del comportamiento incorregible. Éste, cansado de trabajar, escuchaba las quejas con paciencia y la reconvenía un poco. Ella sabía que su padre la quería, pero estaba tan ocupado que pocas veces podían disfrutar juntos.

En ese preciso momento le pareció palpar algo en el fondo del bolsillo derecho del viejo abrigo que le llegaba hasta los pies, era una vieja nota de papel amarilleada por el tiempo, que ponía:

“Busca la puerta del mundo olvidado que está hacia abajo y donde sólo se puede llegar desde arriba. Cuando lo encuentres, allí te estaré esperando.

Madelene”.

Madelene, era el nombre de su madre. Leyó la nota unas cuantas veces más, hasta que se convenció de que la misiva era de ella y algo dentro de su corazoncito le decía que buscara esa misteriosa puerta. Cuando oyó que la llamaban, era su madrastra que le decía que ya era hora de volver a su cuarto para esperar a su padre, Olivia se guardó la nota y escondió el abrigo, resuelta a volver cuanto antes para poder empezar la búsqueda.

Aquella noche Olivia soñó que bajaba unas escaleras de colores y al final de ella, la esperaba una mujer vestida de blanco con los brazos abiertos a los cuales se lanzó sin pensarlo, sabía que era su madre. Mientras la abrazaba y la besaba esta le dijo al oído:

— Sabía que encontrarías el baúl, hermosa mía.

Olivia se despertó sobresaltada, ella había visto unos cuantos baúles viejos en la buhardilla, debía volver ahí arriba la antes posible. Decidió portarse mal desde primera hora, con un poco de suerte su malvada madrastra la castigaría pronto y podría comenzar su búsqueda. Olivia volvió a dormirse con una sonrisa en la cara.

No eran aún las diez de la mañana, cuando Olivia ya estaba castigada en la buhardilla con su amigo Misty. Había derramado adrede una botella de leche, crimen capital, según su madrastra.

Una vez en la buhardilla y con el viejo abrigo puesto, Olivia empezó a buscar, los baúles estaban casi todos en el mismo lugar, en un rincón, unos sobre otros; todos eran más grandes que ella, ninguno parecía diferente a los demás, salvo uno.

Éste, curiosamente estaba tapado con una manta gruesa y pesada, después de tirar y forcejear, por fin pudo dejar al descubierto el misterioso baúl, Olivia se quedó con la boca abierta. No era un viejo trasto lleno de polvo y mugre, era magnífico. Las esquinas estaban tachonadas con cobre, todas las bisagras brillaban, la tapa estaba tallada con imágenes de planetas, animales fantásticos, dragones, hadas, hasta había unicornios que parecían tener vida propia. Olivia sabía que había encontrado el baúl de sus sueños, ahora sólo faltaba poder abrirlo.

El cierre era de un hierro negro y brillante, no se veía ningún agujero de una cerradura y parecía que era una pieza más de adorno. Olivia intento tirar de la tapa hacia arriba, pero no se movía, además de que debía pesar bastante, ya llevaba más de una hora intentando abrir el dichoso baúl, cuando en una esquina de la tapa se fijo que había una talla diferente a las demás, era la palma de una mano pequeña como la suya.

Olivia con el corazón latiendo muy rápido en el pecho, apoyó su mano sobre la talla. De repente el baúl comenzó a temblar y a sacudirse, asustada Olivia retiró la mano.

La tapa se estaba levantando sola, muy lentamente y por la rendija salía una luz dorada que hacía daño a la vista si la mirabas muy fijamente. Misty estaba a su lado gruñendo ligeramente intercalando algún gemido, pero movía el rabo como si supiera lo que había en aquel baúl.

Cuando estuvo abierto, Olivia no pudo evitar asomarse dentro.

Al hacerlo vio una escalera de peldaños de colores, igual a la del sueño.

Misty y ella, empezaron a bajar adentrándose en un mundo nuevo, todo lo que les rodeaba era mágico, las nubes del cielo que ahora la cubría se paraban a hablar, los pájaros tenían cuatro alas, las fuentes de agua cantaban canciones, extraños y bellos caballos galopaban por los prados de hierba intensamente irisados.

Subiendo hacia ella por aquella escalera, Olivia, vio a una mujer vestida de blanco, con sus largos cabellos dorados que parecían dejar polvo de estrellas a su paso, supo de inmediato quien era aquella desconocida, por fin sus sueños tendrían rostro.

Olivia y su madre se fundieron en un abrazo de años de separación y de tristeza, que en esos mismos instantes se esfumaron para dejar paso a la alegría y la felicidad más absoluta, entre lágrimas, risas entrecortadas y tiernos besos.

Olivia y Misty en contra de lo que podríais pensar no desaparecieron, la madre de Olivia era una gran maga que había sido desterrada del mundo de los hombres por la maldición de un malvado brujo, pero ella había conseguido mantener una de las puertas mágicas abierta. Sabía que su hija algún día la encontraría porque también poseía sus poderes, y su don la guiaría hacia ella.

Esa puerta tenía una peculiaridad, en cuanto traspasabas su marco, el tiempo se paraba en el mundo de los hombres.

Olivia pudo vivir felizmente a caballo entre dos mundos, y durante toda su vida la acompañó un baúl de madera tallada con las esquinas remachadas de cobre brillante.


Sonia Mallorca





LA NAVIDAD DE LOS INVISIBLES



Algunos extraviados y olvidados arreciados de frío se apretujan junto al fuego, miran hipnotizados el baile de las llamas. No dicen nada, hay poco que contar. Todos están por lo mismo, o parecido. Son sólo los restos de gente que nadie ve y conoce. Personas perdidas, muy lejos de cualquier lugar de este mundo o de cualquier otro.

La vida los ha olvidado mientras sus voces se han ido acallando, sus historias sólo hablan de tristes y lejanas despedidas más allá de cualquier horizonte. Cada uno intenta parecer lo que nunca ha sido en vano, mientras la pena que vive en el fondo de sus ojos habla por ellos, ella nos cuenta lo que se perdió o lo que nunca se alcanzó.

Solo hay sueños demasiados lejanos en sus largas noches,  lágrimas de un corazón que ya sólo parece latirles por inercia. Sin embargo, un día creyeron que el mundo era para todos, que el amor no moriría nunca, que la vida sería bonita y que el cielo estaba al alcance de sus manos. Últimos sueños que se guardan sin tocar por miedo a romperlos y que desaparezcan para siempre.

Nadie levanta la mirada cuando alguien nuevo se sienta a su lado, conocen bien la vergüenza del fracaso y el dolor del que sabe lo que cuesta la derrota.

Las lágrimas silenciosas del desarraigo, del exilio, del que grita sin voz en medio de una multitud ciega,  sorda y muda. Todos saben que el futuro no existe y nadie habla del pasado, aquí sobran las palabras porque los ojos perdidos lo dicen todo.

El color de la piel no significa nada, al hambre y al frío no suelen importarles demasiado, tratan a todos del mismo modo. A medida que van llegando más sombras vestidas de harapos, el fuego crece, todos procuran calentarse los miembros ateridos. Mientras sus espaldas heladas se estremecen bajo los crueles mordiscos del viento frío del norte.

Sin embargo hoy no es una noche cualquiera, es nochebuena y alguien saca un cartón de vino; otro un poco de pan, más vino, algo de embutido, quizá alguna galleta de chocolate. En algún momento, el que sabe algún villancico empieza a cantar, al rato coreado por voces cascadas y rotas. Voces del mundo de los invisibles en medio de la nada.

Por un momento, bajo aquel puente y alrededor del fuego se sienten otra vez como en familia, casi cogidos de la mano gritando su derecho a ser felices a los cielos mudos, sordos y tan lejanos. Olvidando por un momento el lugar, las penas, la soledad. Sintiendo el calor y el apoyo de la persona que está a su lado.

Puede que después vuelvan las lágrimas y la tristeza, pero por un momento volvieron a sus casas con sus seres queridos, esos que sólo viven en los recuerdos pero que calientan, tanto o más sus gastadas pieles que este fuego que les ha unido bajo el mismo techo.

Esta noche, no es una noche cualquiera.

Esta noche es toda suya, la de los olvidados, perdidos, exiliados, extranjeros, desahuciados, solitarios, pobres y hambrientos de calor humano que mientras cantan, sueñan con los ojos abiertos, porque soñar es gratis y a veces calienta los corazones.

Los encontraréis en cualquier ciudad en cualquier parte del mundo, siempre y cuando los busquéis, prometo que no están tan lejos. Quizá los tengáis viviendo en vuestros portales.

Va por ellos, por los que nunca veis, por los invisibles.


Albert Gran






jueves, 25 de diciembre de 2014

ENTRE SANTA Y PETER - PARA MAR




— Cuca, he descubierto quien es Santa— dijo la niña con cierta tristeza en la mirada, se encogió de hombros mientras con cierto alivio añadió —. Pero sigo creyendo en Peter Pan.

— Ay, princesa. Te cuento un secreto, nunca dejé de creer en Peter— dijo la mujer con cierto velo de nostalgia en su cara.

Tía y sobrina dieron la espalda al tiempo, se cogieron de la mano y caminaron juntas hasta adentrarse en el país de Nunca Jamás para disfrutar un concierto de Dani Martín.


Laura Mir




La niña de la nube



Todas las noches soñaba que se balanceaba entre sus padres cogida a sus manos, que la alzaban en sus brazos para besarla y decirle que era la niña más bonita del mundo. En sus sueños jugaba con su perro Flopy en el jardín, mientras su madre cosía sentada debajo de una sombrilla observándola y sonriéndole.

Sueños que se transformaban en pesadillas cuando aparecía en su memoria la fatídica tarde en la que la separaron de sus padres. Entonces se despertaba llorando y sintiéndose muy sola, tenía tantas ganas de abrazar a su mamá para sentir su cariño, que su nube la arropaba y le cantaba una nana, hasta que volvía a dormirse.

La niña de nuestra historia vivía en una nube blanca y desde hacía algún tiempo viajaba por el mundo buscando a sus padres. Ella y su nube surcaban las corrientes de aire preguntándole a todo el mundo si alguien había visto a sus queridos y añorados padres. Les preguntaba a los pájaros que se encontraba en el camino, a las aves migratorias, a los albatros, grandes viajeros, a las águilas y halcones, a los gansos, a las ocas, a otras nubes. En fin a todo aquello que tuviera alas o que volara, y que quisiera escucharla.

También les preguntaba a las altas montañas que traspasaban las nubes, a la lluvia, a los vientos y a tormentas, al rayo y a veces también a la luna. Hacía meses que viajaba y preguntaba sin descanso. Su nube y ella, habían recorrido casi toda la tierra sin que nadie supiera decirle nada de sus padres.

Cierto día mientras sobrevolaba el norte del mundo vio algo que le pareció muy extraño. Era un pequeño grupo de animales con cuernos parecidos a los ciervos de la tierra, aderezados con adornos rojos y dejando una estela de estrellitas diminutas detrás de ellos. La niña comenzó a saltar y a gritar intentando llamar la atención del grupito de ciervos voladores, pero éstos al estar tan lejos no la oyeron siguiendo su camino veloces como el viento.

— Nube, ¿qué podemos hacer para poder hablar con ellos? — Preguntó llorando la desconsolada niña a su amiga—. No me han oído y se han ido.

 No te preocupes niña bonita de mi alma — ¿No sabes que soy una nube de carreras? Éstos se van a enterar de cómo me llamo, ahora verás.

Así lo dijo, así lo hizo.

La nube se lanzó detrás de los ciervos a una velocidad asombrosa mientras sorteaba nubes, vientos, tormentas de rayos, bandadas de pájaros. Con la vista fija en los ciervos a los que poco a poco iba acercándose, hasta que casi los tuvo al alcance de la voz.

La niña no cabía en sí de gozo, sentía que conocía a esos ciervos de algo, pero no lograba recordar de qué. Sólo sabía que era algo muy importante para ella y que estaba relacionado con sus padres. Estaba segura que, de alguna manera, los ciervos sabían dónde podría encontrar por fin a sus padres. Pensaba todo eso mientras perseguían a toda velocidad a los ciervos por los cielos.

Fue una carrera de locos, los ciervos hacían muchos cambios de dirección, además de un sinfín de cabriolas alocadas. Mucho le costó a la nube poder alcanzarlos hasta que lo consiguió por fin.

 ¡Ciervos, ciervos!—  Gritaba la niña— ¡Ciervos, ciervitos! — Pero estos no se daban por aludidos y seguían sin oírle.

 ¡Más rápido, más rápido! — Le suplicó la niña a la nube—. Tenemos que cortarles el paso, por favor corre, corre, corre más.

La nube envolvió aún más a la niña entre sus mullidos brazos y dobló su velocidad decidida a parar, como fuera, a aquellos ciervos sordos y maleducados. Cuando por fin consiguió ponerse delante ellos, lo que no fue nada fácil visto la manera que tenían de correr, la nube frenó tan fuerte que los ciervos que iban a toda velocidad, sorprendidos, quedaron amontonados detrás de ella.

Uno de los ciervos después de desenmarañarse de la melé que la nube había provocado, la increpó:

— ¿Se puede saber que estás haciendo? ¡Casi nos matas a todos! ¿Te parece bonito?— dijo el ciervo enfadado.

— Por favor ciervo no te enfades—  dijo la niña con lágrimas en los ojos—. Sólo quería preguntaros si alguno de vosotros había visto a mis padres.

— ¡Ciervo! No somos ciervos niña, somos  renos de la alta Laponia y nos dirigimos al Polo Norte a recoger a Papa Noel para empezar a repartir los juguetes a los niños de todo el mundo ¿No sabes que ya es Navidad y que todos los niños del mundo tienen derecho a un regalo?

— ¿Entonces yo también tengo derecho a un regalo?—. Preguntó la niña con un nudo en la garganta.

 Claro, como todos los demás. ¿Por qué ibas a ser diferente, niña?

Entonces la niña le contó a los renos su triste historia.

Un día estaba jugando en el jardín de su casa cuando alguien, después de golpearla, se la había llevado del lado de sus padres. Al día siguiente se había despertado subida a esta nube que desde entonces la cuidaba. No había vuelto a ver más a sus padres ni a su perro Flopy y les echaba muchísimo de menos.

Los renos se juntaron para hablar entre ellos, ya que sabían dónde estaban los padres de la niña y necesitaban una estrategia para devolverla a su hogar. La cosa era bastante complicada y debían hacer las cosas bien, si no sería una catástrofe que el día de Navidad esta niña estuviera sola.

Decidieron entonces llevarla con ellos al Polo Norte a ver qué opinaba su jefe del plan que habían urdido, el guardián de los regalos que se llamaba Papa Noel.

La niña nunca había visto tal cantidad de regalos juntos. Había miles en este lugar, montañas de ellos por todas partes, paquetes grandes, pequeños, medianos, rojos, azules, a rayas, a lunares, y de todas las formas posibles e imaginables.

Ella lo miraba todo con la boca abierta de par en par mientras seguía al reno que la guiaba por aquel sitio tan atiborrado, hasta que éste se paró delante de un árbol tan grande que tenía una puerta. El reno volviendo la cabeza le dijo:

— Espera aquí un momento, niña. Voy a ver si está en casa el jefe, ahora vuelvo.

La niña se quedó quieta viendo como el reno abría la puerta y entraba en aquel árbol verde que parecía llegar al cielo. No tuvo que esperar mucho.  Cuando bajó la vista, el reno estaba delante de ella y a su lado un hombre rechoncho, vestido de verde con una larga barba blanca que la miraba sonriente.

— Hola bonita ¿En qué puedo ayudarte?
 
La niña volvió a contar su historia a aquel hombrecillo mientras éste la cogía en brazos y le pellizcaba las mejillas. Cuando hubo acabado la niña se echó a llorar de nuevo, diciéndole que sentía mucha añoranza y ya no sabía dónde buscar a sus padres, que había recorrido el mundo entero sin encontrar nada ni a nadie que supiera algo de ellos.

—Tranquila — le susurró al oído—. Yo sé donde están tus padres y te voy a llevar hasta ellos, esta misma noche sin falta, será como un maravilloso obsequio de Navidad. Lo único que tienes que hacer es dejar que te envuelva como si fueras un regalo. Te prometo que cuando te abran, los que lo hagan, serán tus padres.

La niña se volvió loca de contenta abrazando al viejo y a los renos, sólo lloró un poco al despedirse de su nube. Ésta la había acompañado cuidándola a lo largo de este periplo alrededor del mundo y se habían cogido mucho cariño.

Antes de que pudiera decir más, decenas de elfos se la llevaron a la sala donde se envolvían los paquetes y se pusieron a medirla, a cortar tiras de papel, a pegar, todos al mismo tiempo como si aquello fuera un baile. En un santiamén la niña estaba preparada como si fuera un maravilloso regalo. El hombre de verde le dijo que debía estarse quieta un momento, mientras la llevaba a donde estaban sus padres, no iban a tardar nada.


24 de Diciembre a altas horas de la noche.


En la habitación de un hospital de la ciudad dos padres estaban sentados juntos con sus manos cogidas. Habían decorado la habitación con guirnaldas, flores, globos, renos tirando de su carro lleno de regalos, un pequeño árbol verde de navidad engalanaba un rincón, coronado con una estrella de plata y unos cuantos paquetes en su base. Miraban todo aquello con el corazón encogido, porque en el centro de la sala, en una cama, su hija Isabel de cinco años se debatía entre la vida y la muerte.

Hacía tres semanas que Isabel se había caído jugando y se había golpeado la cabeza muy fuerte contra el suelo. Ahora estaba en aquella cama inconsciente mientras se agarraban el uno al otro desesperadamente, como si así pudieran, de alguna manera, traer a su única hija de vuelta con ellos. Iba a ser la peor Navidad de sus vidas. El único ruido que se escuchaba era el pitido de la máquina que controlaba la respiración de Isabel.

Desde la ventana de aquella habitación podían ver las casas de los alrededores, todas decoradas con algún motivo navideño y las chimeneas apagadas. Toda la ciudad dormía menos ellos, apoyados uno contra otro, miraban a través del cristal, sin ver, con el corazón encogido palpitando en un puño.

— Mamá, papá. ¿Estáis allí? ¡No os veo, ya he vuelto! ¿Dónde estoy?

Los padres que se habían quedado adormilados se despertaron por fin. No era un sueño, su hija estaba despierta y les estaba llamando. Lloraron de felicidad mientras los tres se abrazaban y se besaban. Ésta iba a ser, sin duda, la mejor Navidad de sus vidas.

Un poco más allá, al otro lado del cristal, un hombre vestido de verde, subido a un carro tirado por unos renos, sonreía, guiñó el ojo a la niña mientras se alejaba a repartir los regalos que le quedaban. Pensado que en Navidad los padres también deberían tener su regalo.


* Este cuento está dedicado a todos los padres que por alguna razón tienen que pasar las navidades en los hospitales al lado de sus hijos e hijas con la incertidumbre arraigada en el corazón y el alma perdida.



Benjamín J. Green





TE ENCONTRÉ EN LA HABANA



Cada noche al acostarse, su pensamiento vuela lejos, muy lejos, demasiado lejos.

La distancia que las separa es casi infinita, por eso se aferra a cada misiva que de vez en cuando llega de ultramar y a las que ella responde con pasión maternal, llenando de esperanza ese espacio de su corazón que está dedicado a ella completamente.

Han pasado varios años desde aquel día en que paseaba su desolación por las calles de La Habana, triste y abatida.

Su mundo se había quebrado de repente, igual que su columna vertebral, en aquel maldito accidente en el que su vida quedó truncada para siempre, Allí habían quedado sus ansias de ser madre en un tiempo no muy lejano.

Paseaba sin objeto ni dirección, su alma atormentada no le daba sosiego, deseaba escapar de la pesadumbre en la que se encontraba, su vida ya no tenía sentido, para que seguir cargando la amargura a cuestas. Se sentía vacía, llena de dolor físico y emocional, lamentablemente fracasada, aún a sabiendas de que no era suya la culpa de aquella pérdida fatal. Su cuerpo maltratado sobrevivía a base de calmantes y mejunjes, como ella los llamaba. 

Había decidido que no pasaría otra noche más en ese infierno.

Pero su destino no lo iba a decidir por sí misma; claro que le quedaban esa noche y tantas otras más, que le devolverían la ilusión y la sonrisa que creía olvidadas.

Miró al cielo para comprobar cómo brillaban las estrellas y se dio cuenta que estaba perdida en una ciudad que desconocía.

Al girar una calle apenas iluminada se encontró en un paraje casi desértico.

Un movimiento casi imperceptible llamó su atención y la llenó de temor.

— ¿Quién anda ahí?

El silencio fue la única respuesta.

Se acercó al rincón donde creyó percibir el ruido. Un fuerte olor a podredumbre hizo que casi perdiera el sentido y cuando iba a retroceder, la vio.

¡Cielos!, era una niña que buscaba algo para llevarse a la boca, entre los restos de basura dejada en aquel descampado por el hombre y al que acudían a diario, cientos de aves carroñeras para alimentarse. 

Una voz susurraba en su cabeza que esa era la única oportunidad de ser madre.

No estaba soñando, era cierto, era una niña, su niña.

La pequeña asustada, retrocedió, pero ella la llamó con voz suave y en ese momento algo mágico sucedió para que sin mediar palabras las dos se juntaran y salieran al exterior de aquel infecto lugar.

— ¿Dónde están tus padres, pequeña?— le preguntó la mujer.

— No tengo, vivo sola, mis padres murieron hace un año.
 
La niña solo pudo explicarle que a veces unas monjitas la llevaban a un convento, la bañaban y le daban comida, e incluso la dejaban dormir por la noche, pero que ella por la mañana se escapaba, solo las echaba de menos cuando las noches eran lluviosas.

Aquella noche la pasaron juntas en el hotel donde ella se hospedaba, pero sabía que no se encontraba en su país y además las leyes en Cuba eran muy estrictas para las personas nativas que deseaban ir a vivir a otro lugar.

A su favor jugaba que tenía todo el tiempo del mundo para lograr su objetivo, más no pensó que se encontraría con tantas trabas legales y acabado el tiempo de su visado, debió partir dejando a su pequeña sola. Pero esta vez ella se preocupó para que quedara atendida en el mismo convento donde la niña le indicó.

Y desde entonces, las cartas las mantienen unidas, hasta que llegue el día, en que alcance la mayoría de edad o bien el régimen político cambie en aquel bello país con dirigentes de mentes obtusas, y las personas puedan ser libres.

Mientras tanto ella se ha convertido en una jovencita preciosa a la que puede ver cada vez que le envía una fotografía hecha con la cámara que le dejó antes de partir.

Aunque a veces creemos que se cierran todas las puertas, quedan algunas rendijas por las que se cuela un rayo de sol, para calentar el alma que ha sobrevivido a un momento terrorífico, y esta nueva vida, sirve para alentar  a otras que también se han creído perdidas en un túnel oscuro y sin salida posible.



Violeta Evori




domingo, 21 de diciembre de 2014

La otra Navidad



Conocer, conoceros, voy conociendo, cuando en realidad quiero desconocer, desconoceros, e ir desconociendo, en plata, salir corriendo.

Llueven lágrimas en este desierto, donde no hace polvo el camino que ando, porque desando sobre escarcha e hielo.

Esta ciudad engalanada de oro y grana, de luces y risas, de sueños y amor, los ecos de otras nostalgias se disfrazan para la ocasión de distintos ropajes que ha dejado olvidados el tiempo. Mientras, observo desde esta ventana empañada el presente invierno.

Uno, catorce, veintinueve y quinientos sueños, expuestos e indefensos ante las inclemencias de este cielo adverso.

Se suceden los días en este averno y mis ganas las recojo y las guardo de nuevo. Mientras, y por una sola vez consigo lo que nadie ha podido, de un breve suspiro congelo el tiempo.

Quiero y no puedo tocarte, siento rabia, me giro y no vuelvo porque no puedo. Fracciono lo nuestro con un negro sobretodo puesto: observo, sopeso, y no entiendo porque me niego.

Antagonista y falsa en continúa farsa, salto por espacios en blanco, salto entre lápidas y silencios, consigo lo que nadie ha podido, de una breve ilusión y un gran deseo, unir tierra y cielo por un miserable instante, ese en el que cierro los ojos, y te abrazo con fuerza para sentirte de nuevo.

Mientras, engaño al mundo ocultando bajo este guardapolvo de sonrisas fingidas, lo único que es cierto: no puedo dejarte marchar y sigo, porque quiero, persiguiendo tu esencia.


Laura Mir




sábado, 13 de diciembre de 2014

Barco hacia las estrellas



La pelirroja señorita María Santos se perdió para el mundo una fría mañana de Diciembre.

Sabía bien lo que era no tener estrella,  o si la tenía, estaba bien oculta entre los nubarrones que siempre amenazaban con descargar toda su violencia sobre ella sin muchos remilgos. La misma violencia interna que sentía al pensar mientras observaba a la gente pasar por la gran avenida, bien alimentada y abrigada, enfundada en costosa y suave lana proveniente de Inglaterra.

Oyó decir por los muelles que Londres era la ciudad más grande del mundo y que abría un gran abanico de posibilidades para una ratera callejera como ella. Quizás, con un poco de fortuna, en esa ciudad en continuo crecimiento, pudiera ser otra persona distinta, una señorita respetable.

¿Cuántos años tenía? ¿Dieciocho? Puede que hasta tuviera veinte, ni siquiera sabía con exactitud su edad, lo que sí sabía era lo que había aprendido en las calles: Se vive rápido y se muere joven. Ella no quería morir de mala forma, ya era suficiente haber venido al mundo inmersa en tantísima penuria como para morir de igual manera. Para ella quería algo mejor, puede que pudiese trabajar en otra cosa que no fuera el robo y la prostitución, ser alguien digno y honesto. Puede que hasta pudiese casarse con un buen hombre que no le pegara, e incluso ser madre algún día.

Descubrió ese instinto maternal cuando encontró aquel bebé en las sombras de un callejón y tuvo que dejarlo a las puertas del hospicio que la vio crecer una madrugada. Aquellas horas que lo sostuvo entre sus brazos fueron las mejores de su vida, por una vez se sintió importante y necesaria para alguien. Lo bueno duró poco, hasta que después de sopesar todas las posibilidades, tuvo que dejarlo sobre el frío cemento, dejando una importante parte de su corazón sobre aquel pavimento gris. El recuerdo de su olor y de la suavidad de su piel la sorprendían muchas veces, cuando se sentía fallecer de hambre y frío, y sólo tenía ganas de huir.

Si había una sola posibilidad de cambiar su vida, la cambiaría, iría corriendo a buscar su buena estrella. Aunque tuviera que cambiar de nombre, de país y de pasado; se prometió así misma que tendría una, y brillaría por muchas nubes negras que amenazaran en el cielo.

En estas elucubraciones llegó al puerto y observó extasiada la imponente nave atracada en el muelle. Sus sueños, hasta ahora abstractos y volátiles, empezaron a tomar forma, ocupando lo que hasta ahora era un espacio vacío lleno de humo.

Se acercó despacio, paso a paso hasta el borde de la plataforma. No pensó más. Tomó impulso sobre sus piernas, saltó y se sumergió en las sucias y frías aguas del puerto. Fue nadando hasta el barco, su barco, ese que la llevaría, sí o sí, navegando hacia las estrellas.


Laura Mir

miércoles, 10 de diciembre de 2014

Justo en la puerta - 3º Parte




Sabía cómo mojaba el agua del mar cuando inundaba sus  zapatos, pero a hasta esos días, ignoraba como salpicaba la soledad cuando se instalaba en un único alma. Lo fue descubriendo entre las sábanas de la habitación de invitados, pero hasta el momento justo que la ola decidió romper en sus mocasines, no había sido consciente de ello. El agua que caía por su gabardina, horadando la arena de la playa, sólo conseguía hablarle de la melancolía. El sentimiento que le agujereaba concordaba con una playa enterrada y vacía, de la que apenas se vislumbraba un horizonte confundido entre agua y cielo, acuarelas ondulantes de gris, sobre gris eterno.

Se sentía vestido sólo con la lluvia que caía, mientras entraba en el apartamento de reciente alquiler. Bajo la ventana se apilaban tres maletas que aun estaban sin abrir, que ocultaban el presente que ya no es, de aquella vida que fue humo en sus pulmones, que le apaciguó mientras sentía que corría por su garganta.

En otra parte de la ciudad, una mujer se desnudaba en un piso vacío y silencioso, en un cuarto de baño donde quería encontrar agua caliente que templara su fría alma. Allí, desnuda, descalza sobre mármol blanco, buscó su reflejo en el espejo, se miró a los ojos, y se quiso hablar entre signos que aun debía inventar para que los silencios empezaran a volverse torpes. De las manos que agarraban su pelo, una escapó hacia el espejo dibujando un corazón en el cristal sobre su propia frente, a imagen del dedo que añoraba,  del que aún sentía el tacto del añorado calor.

Ya no había trabajo acumulado en la nueva cocina, la costumbre cayó edificio abajo, saltando entre las cortinas y estampándose a los talones de su marcha. Debería ser un momento para encontrar la respiración perdida, pero el aliento quedó tras la puerta cerrada.  Entre aquellas paredes extrañas miraba el teléfono, intentando encontrar las fuerzas en el que fue su aliento, pero el aliento no le quería encontrar, se escapaba al lado de unas sienes que se humedecían al compás de su fracaso.

El vaho difuminaba la luz en el cuarto de baño, mientras cubría su cuerpo compartido con una toalla. Cientos de pensamientos cruzaban por su mente, sin que ninguno se detuviera, sin que ninguno quedara fijo, saltaban como caminando por una calle en obras, rotando sobre sí mismos y cogiendo la dolorosa forma del arrepentimiento. Hasta que sus ojos se despejaron, hasta que volvió a mirar el corazón dibujado, que ahora, había quedado entrelazado a otro igual, que había escapado de los dedos que una vez mordió entre ternura y frenesí.

En el vestidor, el vestido rojo corto, quedó arrinconado como si hubiese quedado olvidado en aquella habitación de hotel. Se vistió a imagen de los gratos recuerdos, y tomó todo el aire al cerrar la misma puerta donde sus pulmones se vaciaron empujando el llanto que contenía su interior. La ciudad ahora era sólo un murmullo, de roncos ruidos que llegaban para marcharse mezclados con suaves silencios que le permitían oír lo que su corazón quería gritarle.

Bajo la ventana se apilaban tres maletas que aun quedaban por abrir, y justo en la puerta, una ropa vestida de lluvia comenzó a deslizarse, mientras unos dientes encontraban el sabor a unos labios, y una cintura sentía como se entrelazaban unos brazos, como dos corazones dibujados sobre un espejo, y una ropa escogida a gratos recuerdos, desnudó un cuerpo que por una noche fue compartido, y que aquella noche volvió a vestirse de deseo con la ropa íntima de la pasión. Mientras el éxtasis les iba recorriendo, había, bajo la ventana, tres maletas apiladas, como un futuro que aún queda por abrir. 


Jaime Ros







lunes, 1 de diciembre de 2014

PREMIO PERSONALIDAD QUE INSPIRA - LAURA MIR DE INSPIRACIÓN SIN BARRERAS


Desde la comunidad INSPIRACIÓN SIN BARRERAS me han otorgado el premio como Personalidad que Inspira, mi mentor ha sido  JOSÉ CARLOS SÁNCHEZ MONTERO, amigo, compañero y seguidor de este blog, al que le doy las gracias de todo corazón.

Es un honor y un orgullo haber sido premiada por esta comunidad que tanto trabaja en pos de la cultura y a la que tanto quiero.

Muchas gracias a la directiva y compañeros que han hecho posible este evento.

Un fuerte abrazo.


Laura Mir




domingo, 30 de noviembre de 2014

Como perla, como jade




Desde el lugar en el que me encuentro veo como despierta tu delicado resplandor cuando la luz de la mañana incide sobre tu cuerpo de nácar, siento como en mi pecho de piedra se desboca un corazón que no tengo.

Sé que nunca te fijarás en mí, ni notarás mi mirada oscura y profunda, pero no me importa, sólo con poder observarte a escondidas me conformo mientras sueño.

Eres como la reina de la luz, y brillas como las alas de las hadas de los cuentos, mientras que yo sólo parezco un pedrusco oscuro, que aunque sea caliente nunca será tu amante y compañero.

Engarzada en oro, rodeada de diamantes y esmeraldas, invades mis sueños más locos y desesperados, me veo rodeando tu suave cuerpo con mis brazos mientras bailamos la música de los amores imposibles sobre suelos de mármol veteado, por inmensos salones al raso, bañados por la luz de las titilantes estrellas.

Me paso las noches esperando las mañanas, las mañanas esperando las noches, y son días los que vivo temiendo la llegada de las noches. No sé ni puedo hacer otra cosa que mirarte desde este lugar en el cual estoy fijado, totalmente incapaz de acercarme a ti, por mucho que lo desee.


Desde hace mucho tiempo, sé que me observas desde la distancia, me complace. Cuando te miro, tu color me trae recuerdos de las oscuras aguas donde nací y crecí, las profundas aguas de donde me arrancaron, hace tanto que se me antojan muy escurridizos.

Lo que veo a mí alrededor no me gusta, en realidad me asquea. Ni el oro ni los diamantes que me rodean me llenan, y menos esta exposición sobre el terciopelo negro, siento hastío de tanta admiración. En un vano intento de huir de mi realidad, sólo sueño. Sueño con los cálidos abrazos que tan sólo tú podrías darme. Y perderme por siempre en ellos. Perderme en la profundidad verde cuando me enfrento a tu mirada, es como si volviera a las fosas insondables de mi niñez.

Me cuesta soportar la luz dicroica que hiere mis sensibles ojos, tengo que cerrarlos, y entonces quedo impedida de ver el dolor que existe en los tuyos. Tal vez, si pudiera hacerte olvidar tus penas, pudiese por siempre aliviar las mías.

Los días se suceden sin que nada cambie, es soledad lo que me envuelve en este manto que ni siquiera es mío, pero cuando de soslayo te miro, se mitiga un poco esta sensación de pérdida y olvido. Estamos tan cerca y sin embargo, te noto tan lejos…

Deseo con fuerza que un algo acontecido nos adquiera para ser broche en pecho prendido, y ese sentir que desprende un corazón amante y amado nos envuelva en cálidas sensaciones, entre enamoradas risas y musicales palabras, pueda bailar por fin entre tus brazos, los amores posibles y sentidos pero de otros corazones, porque son delirados con vehemencia en este salón que tantas veces he imaginado.


Hay un lugar más allá de los sueños, donde algunas veces, cuando nadie los observa, se puede sentir como baila una perla de blanco nácar con un trozo de jade verde del color del mar profundo, al son de una música que solo existe en los corazones que no poseen, pero que les lleva por los salones inventados de las ilusiones y las esperanzas que llevan consigo los quiméricos sentires.

Desde hace algún tiempo, detrás de la persiana metálica de una prestigiosa joyería del centro de esta ciudad, sólo los seres sensibles pueden escuchar una extraña música cuando cae la noche, si se acercan en silencio hasta pueden oír las risas y el suave ruido de los pasos que se encajan con la melodía de un amor imposible, ese que vive en unos corazones que no existen, pero si intentan agudizar la vista en la oscuridad, todo se para. Y sólo pueden ver sobre el terciopelo negro, un sencillo broche de jade oscuro que, simulando unos brazos que no abrazan, envuelven con ternura protectora a una sencilla e irisada perla blanca.


Laura y Benjamín


martes, 25 de noviembre de 2014

SIN RETROCESO - Día Internacional de la Eliminación de la Violencia Contra la Mujer



La lluvia sigue mojándola lentamente y, al recibirla sobre su cuerpo, más se refuerzan  sus convicciones.

Siente como si millones de gotas arrastraran con ellas todos sus malos humores y la falta de seguridad que la paraliza. No tiene otra alternativa que realizar un grandísimo esfuerzo para recuperarla, pues una vez caída en el abismo de lo incierto, levantarse cada día le representa el mayor de los suplicios.

El viento refresca su rostro, al mismo tiempo que el agua la va empapando, y es tan frío que las minúsculas partículas casi quedan congeladas en su cara al contacto con su piel, mezclándose con sus lágrimas

De un manotazo se las arranca, pues no desea que detengan su camino, ni que nublen sus perspectivas de futuro.

¡No piensa retroceder!  ¡No quiere volver atrás!

Hacerlo sería rendirse a la evidencia de que no tiene voluntad, de que es una marioneta que se ha quedado enganchada en la rama de un árbol que la ha sostenido hasta que se han roto los hilos que la sujetaban, esperando impaciente a que él venga a rescatarla.

¡Ni una mirada al vacío! Nunca más lo hará.

Cuando en ocasiones le vienen a la memoria  retazos de malos tiempos, aspira con fuerza para coger aire y no desfallecer.

Jamás volverá a ser tratada como un trapo que se puede usar y tirar cuando a él se le antoje. Ni caerá en la absurda tentación de complacerlo, para seguir siendo una señora, cuando se da la circunstancia atroz que la hace sentir todo lo contrario.

Se siente con fuerzas suficientes para romper, de una vez, la soga que la mantiene atada a la más feroz de las pasiones, los celos enfermizos de quien un día, muy lejano ya, dijo amarla.

Para su desgracia todo acaba antes de lo imaginable, la enfermedad ya la ronda desde hace tiempo, sin que ella se haya dado cuenta.

Absorta en sus pensamientos casi no llega a percibir el simple desmayo que cambiará desde ese momento y para siempre el rumbo de su existencia.

Cuando despierta, pasea su mirada por la blanca habitación del hospital, no se ha dado cuenta de que una ambulancia la ha recogido.

 ¡Demasiado tarde!

Él, que lo ha presenciado todo, ha dejado pasar las horas convenientes para que no se cumplieran sus esperanzas.

Ni siquiera puede vengarse, ya no hay tiempo ni le quedan fuerzas, a partir de ahora su vida transcurrirá inmersa en la oscuridad más profunda y desgraciada.

Cuanta crueldad encierra aquél que se cree dueño de la mujer y se atreve a manejarla a su antojo, como si fuera una muñeca hecha de papel, pintada de los colores que a él le apetecen, que para ella suelen ser siempre grises o negros.


Violeta Evori 


lunes, 17 de noviembre de 2014

AMARGO DESPERTAR



Aléjate de mi vida, no sé por qué me atormentas.
Vete y déjame tranquila, sino, ven, ¡Pídeme cuentas!
¿Qué eres?... ¿Quién eres?... ¿Qué quieres?
¿Por qué siempre me persigues y no me dejas en paz?
Cada noche siento tu presencia, no me dejas descansar.
O domino tu tortura, o no podré vivir jamás.

Si pudiera arrancar lo que invisible tanto me daña.
Sería como un vendaval que saca un árbol de raíz y lo convierte en leña.
Me dejas sin fuerzas, seca como una flor sin perfume, sin belleza e inerte.
Hay veces en que mi frágil resistencia tiende a abandonarme.
Me esfuerzo, mi deseo es conseguir superarte.
Si no rendida caeré a tus pies ¡Por nunca jamás o por siempre!

A veces, de tarde en tarde desapareces y creo que no regresarás.
Me convierto en un ser feliz… pero vuelves, e insistes.
Yo no te necesito, te odio y te maldigo cada vez que me despierto.
Tampoco sé qué es lo que quieres ¿No te bastan mis reproches?
Entonces porque me vienes a visitar cada noche.

Es que nunca me abandonas, me tienes aprisionada.
¿Acaso es una obsesión, lo que a mi mente envenena?
¿O una maldición que arrastro con una horrible cadena?

Vivo amarrada a un grillete, que no me deja avanzar.
Quisiera salir corriendo, volar como ave de mar.
Surcar el cielo y el piélago, mas el peso me retiene,
no consigo liberarme, de esta carga que me oprime.

¿Por qué no me dejas sola?... No puedo seguir contigo.
¿Por qué me ha caído encima tan horroroso castigo?
La angustia corroe mi pecho, lucho y me desespero.
A veces no veo, si no dormir o no despertarme quiero.

Con los nervios destrozados, paso los días enteros,
pues no puedo desprenderme del despertar de mis sueños.
Vivo como una sonámbula, casi como un alma en pena,
sin saber si en algún momento, terminará mi condena.

Mas no consigo entender que aprieta mi corazón,
tengo un despertar amargo, lo arrastro como un dolor.
No sé cómo, no sé dónde, ni sé cuándo sucedió,
sólo sé que es un peso que me enturbia la razón.



Violeta Evori


QUIERO Y NO, NO QUIERO



Quiero y no quiero volver a tus rincones,
por mucho que tu simple aletear palpite,
son mentiras las que clavas como aguijones,
en esta blanca piel, de adhesión y envite.

Quiero y no quiero verme en tus ojos,
por mucho que tu corazón se agite,
son tan embusteros como mis enojos
ante la verdad que busco y, se resiste.

Quiero y no quiero jugar al escondite,
ni tan siquiera al recreo de los espejos,
en los jardines de la gloria no hay convite,
ni asisten los dioses del amor, recelan de lejos.

Mariposa monarca, de quiero y no, no quiero,
de pétalo a néctar planeas con las alas congeladas,
no hacen halos el fino polvo de tu antojo volandero
porque ando cubierta de tus todos que zanjan las nadas.



Laura Mir



jueves, 13 de noviembre de 2014

Contigo ya no temo - Cada momento cuenta



Puede suceder en un instante lo que se añora desde siempre, porque los destinos se cruzan en los meses más fríos. Cuando menos te lo esperas, la tierra y el cielo se unen, formando una fina línea en el horizonte. Tu mirada no la distingue, pero está ahí, entorna los ojos, agudiza la vista, escúchame. ¿La ves? Mírala bien porque ahora somos uno y el futuro, sin ese miedo a la incertidumbre, en este preciso momento, es únicamente nuestro.

Observas la serpiente tatuada sobre mi hombro, y te extraña porque no entiendes su significado, pero no juzgas nada, aunque sospechas que es el veneno que llevo dentro. Tu boca besa mi cuello, mientras mis manos dibujan los angulosos contornos de tu cara y mis labios pronuncian quedos:

 — Cariño, yo te quiero. Perdóname las dudas y los miedos, perdónamelo todo, tan larga espera. ¿Puedes? Vivamos el momento porque contigo ya no temo.

Y en nuestras elevadas cimas, más allá de lo que controlamos,  comienzan los deshielos.

Ahora sé en mi fuero interno, que no puede ser aquel, ni ese, ni otro, porque eres solamente tú.

Montando sobre tu espalda se me olvida el frío, el dolor y la inseguridad…  Te quiero desde hoy y para siempre, ahora lo sé.

Voy contigo donde nos lleve la imaginación. Suspiras, suspiro, brisas y vientos nos arrastran lejos de las nubes negras, tus pasadas y mis futuras; ya no hay sufrimiento, ni golpes, ni días vacíos, porque estoy yo, estamos seguros, y estoy contigo.

Ya no existe el inexorable paso del tiempo entre nosotros dos, espera un poco, pero no una hora que puede ser demasiado tarde, ni un segundo que es muy breve, espera lo justo para no dejarme morir en tu torso si ahora te perdiera. Sin pretender con tu cariño, día a día, me vas dando las pequeñas porciones de vida que voy necesitando para alejarme en cada jornada un poco más de mi triste final, porque aunque no te lo diga, aunque me lo calle, sabes que muero.

Llueve fuera y hace frío, pero no nos importa, no lo sentimos. Te abrazo, me abrazas, me besas, te beso, y sabes a sal.

Y cabalgando sobre tu espalda se me olvidan los días inciertos, las noches en vela, el silencio de esta muerte que me acecha, de este cáncer que me corroe, y de la ansiedad que producen los inciertos. Porque te quiero hoy y para siempre, pero ahora que lo sé y te siento a mi lado… la intensidad de este amor con el que te siento, es inmensa.


Laura Mir


sábado, 8 de noviembre de 2014

HIJO DE YGGDRASIL - Relato a 6º Concurso Arma una historia basada en una imagen



Aún no soy, pero estoy a punto de serlo, siento como las manos de mi padre me transmiten, a través de su piel, el calor y el amor que siente por mí. Soy consciente y, sobre todo, deseo ser. Sé como me llamaré y lo que seré. Mi nombre y el de mi padre, perdurarán siglos en la memoria de los futuros que están por llegar. Sobre mi morarán las criaturas con las cuales llevo soñado tanto tiempo, vivirán sus vidas de acuerdo con el ritmo de mis estaciones y de mis lunas, poblando mis valles, montañas y llanuras mientras me irán vistiendo de sueños y esperanzas.

Ya me parece oír cómo me llaman mis hermanos, esperándome impacientes para que me una a sus bailes eternos en los cielos de los universos, que existen mas allá de los sueños y de los tiempos, o más allá de la comprensión del espacio y del porqué de la existencia. Bulle en mí la impaciencia, después de millones de años esperando ya no aguanto más este confinamiento, aunque esté a salvo y el calor del vientre que me alimenta me reconforta, quiero salir a la luz del nuevo día que se avecina y sentir sobre la piel desnuda las brisas de la vida y los rayos del sol.

Me llamaré Midgard y seré el Reino de los hombres, mi padre el gran Yddgrasil me ha gestado en su vientre desde tiempos inmemoriales, esperando el momento propicio para dejarme ir. Siento que el tan ansiado momento está a punto de llegar y no puedo evitar esa sonrisa que se ha instalado en la comisura de mis labios, mi corazón late desbocado dentro de mi pecho de tierra, fuego y agua, siento que ya falta poco.

Oh, hermanos míos, a vosotros estaré conectado con el Bifrost, ese puente hecho arcoíris, que me permitirá tener acceso al conocimiento de los arcanos y de las runas, me abrazaré a vosotros fundiéndome en vuestro amor eterno.

Helheim, el Reino de los muertos, Svartálfuheim, el Reino de los elfos oscuros,
Niflheim, el Reino de las nieblas y el terror, Jotunheim, el Reino de los gigantes,
Vanaheim, el Reino de los Vanir, Alfheim, el Reino de los elfos de la Luz,
Asgard, el Reino de los Asir, Muspelheim, el mundo primordial de fuego.

Todos ellos nacidos antes que yo, e impacientes por darme la bienvenida. Deseo tanto cruzar el puente de los colores de la vida, saciarme en la fuente que llena el pozo del conocimiento.

Ya conozco las Nornas: Uror dueña de lo que ha sucedido, Veroandi dueña de lo que sucede y Skuld dueña de lo que debería suceder. Éstas viven bajo las raíces de mi padre y es allí donde tejen los tapices de los destinos y riegan las raíces del Yggdrasil con las aguas y la arcilla que provienen del pozo de Urd. Son las conocidas hilanderas que tejen la duración de la vida de los que serán mis futuros súbditos, esos que un día se harán llamar hombres.

Aquellos que en un futuro contarán las historias de los nacimientos de los mundos, cantarán las gestas de los Asir y de los Vanir, intentarán comprender el significado de las runas sagradas, nacerán, vivirán y morirán, sin llegar nunca a entender el verdadero significado de su corta vida, pero lo intentarán con todas sus fuerzas.

Claro que lo que os estoy contando, no son más que los sueños que me visitan a todas horas desde hace mucho tiempo, además ya siento como mi padre se estremece… por fin ha llegado el momento de mi nacimiento.


Benjamín J. Green



Hacedor de mundos - Relato a 6º Concurso Arma una historia basada en una imagen



Me encuentro en mitad de una pradera que se extiende hasta donde abarca la mirada; la hierba verde aún salpicada del rocío, brilla bajo la luz de la mañana. Hay una ligera cuesta que lleva hacia lo alto de una colina. Allí dirijo mis pasos. Una vez en la cima, una figura a cierta distancia e inmóvil, llama mi atención. Parece un árbol, pero no consigo verlo bien, debo acercarme más, la curiosidad me puede.

Ignoro por qué, pero tengo la sensación de que el tiempo se ha detenido, mientras me acerco a lo que sin duda es un gran árbol, aunque algo extraño. Me recuerda a las leyendas sobre los ents, esos míticos y milenarios arboles pastores que guiaban a sus pares por un mundo tan antiguo que su recuerdo se pierde en las edades de la memoria arcana.

Nunca creí que tendría la ocasión de ver un ents, pero este no es uno de ellos, es algo aún mucho más especial. No me atrevo a acercarme, me siento en la hierba a cierta distancia y escucho como aquella cosa canta con voz amorosa al vástago que gesta en su abultado vientre, mientras la brisa mece suavemente las hojas de sus frondosas ramas.

De repente me doy cuenta de que es un hacedor de mundos, el árbol sagrado que cobija bajo sus ramas los universos de todos los tiempos y lo que lleva en el vientre es un mundo nuevo. Siento, más que veo: su cielo azul salpicado de nubes blancas, sus mares, tierras y a todas las criaturas que habitan en él.

Oigo como su corazón late al ritmo de las estaciones que están por llegar, fuerte y joven, henchido por el ansia de salir al día que se avecina lleno de un futuro terrible y maravilloso, me invade una sensación protectora, y no puedo evitar que mis sentidos liberados, sin cuerpo, se unan a esta nueva tierra a punto de nacer.

Acunados por las mareas del tiempo estas sensaciones se abren, dando paso hacia las entrañas de este nuevo ser, haciéndome una con su corteza.

Todo tiembla y se estremece a mí alrededor, como si todo fuera a estallar, las puertas de la inmensidad se están abriendo, creo que ya ha llegado el momento y pronto estaré sintiendo sobre la piel el calor del sol, veré como las nubes cabalgan sobre los vientos hacia los cuatro puntos cardinales, libres por fin y llenas de vida por compartir.

Ayer era una mujer que paseaba por un prado de hierba verde aun húmeda de rocío y ahora soy aquella que guía hacia la nueva luz a un mundo lleno de esperanzas y de ilusiones por estrenar.

La fuerza que me empuja se hace patente en mí, todo se distorsiona mientras la velocidad de los acontecimientos hace que mí alma se estire hasta el punto de una ruptura que nunca llega a producirse.

Abro los ojos sin saber muy bien donde estoy, mientras el condenado despertador parece haberse vuelto loco, lo apago y cojo rápidamente ese cuaderno que tengo sobre la mesilla para apuntar lo que he soñado.

Arreglada, salgo a la calle, voy retrasada, para no cambiar. Noto algo extraño en el ambiente, la gente está parada en los portales, fuera de sus coches, mirando hacia el cielo, y todo, todo, todo… es silencio.

Lo que hay en el cielo me deja boquiabierta: llenando el espacio, hay un mundo nuevo, una tierra gemela, rotando sobre su eje, ajena a tanta expectación, luce resplandeciente e inmensamente azul.

Mientras el silencio de las segundas oportunidades, lo envuelve todo.



Sonia Mallorca