lunes, 26 de febrero de 2018

Bellotas con leche - El regalo - J. R. Carrero





   
   Bajo el conocido y afamado restaurante Il Nonno Giuseppe, estaba ubicado el cuartel general de la familia Longo. Dicho establecimiento abrió sus puertas durante el frío invierno de 1921, con la única intención de proporcionar una tapadera a Giuseppe Longo, el que fue hasta el fin de sus días, un gran mafioso y abuelo de Don Carlo.  Al principio fue una humilde posada, que pronto se convertiría en el juguete preferido del dueño, donde iban a parar todas las inversiones, ampliándolo y contratando a los mejores chefs de la zona. Hasta ser todo el edificio de su propiedad y al Nonno, con tanto prestigio, acudían con regularidad grandes personalidades de la alta esfera napolitana. Era sencillo ver disfrutando de un buen vino y de sus deliciosos fetuccini a la putanesca  a peces gordos de la política, actores, presentadores o jugadores de fútbol, entre otras personas adineradas. En el Nonno  se fraguaban todo tipo de negocios, algunos legales y otros en cambio de lo más perversos y fraudulentos. Sin embargo, el restaurante mantenía intacto el propósito para el que fue creado.
   Como cualquier otro domingo a mediodía, el salón presentaba un aspecto inmejorable, los camareros perfectamente uniformados, caminaban garbosos entre las mesas, sirviendo carísimos caldos o grandes platos humeantes de suculentos manjares. En un reservado un tanto alejado del murmullo general de la sala, Don Carlo disfrutaba de una copiosa comida en compañía de su esposa, —una ostentosa y esbelta rubia, veinte años más joven que él—, su queridísimo sobrino y heredero al trono, y la prometida de éste. Don Carlo era un hombre menudo y regordete, de grandes mofletes y rostro amigable, estaba casi calvo, salvo por un penacho de pelo negro y liso que le cubría parte de las orejas. Si Raúl hubiese coincidido con él antes de morir, no hubiese tardado en sacarle un Parecido Razonable con Dani De Vito.
   El Don, nunca tuvo descendencia, algo no funcionaba bien allá abajo, no obstante, el destino quiso que su hermana Antonella muriese en el parto de su primer y único hijo. El padre de la criatura, un alcohólico empedernido, mujeriego y maltratador, apareció muerto en extrañas circunstancias una semana después de enterrar a su esposa. Suicidio dijeron.
   Don Carlo se apropió legalmente de Giuseppe, pues así lo llamaron en honor a su bisabuelo, prolongando el apellido Longo al menos una generación más.
   Mientras en el comedor de la planta superior, los comensales disfrutaban de lo lindo, abajo, en las entrañas del edificio, cualquier atisbo de glamur desaparecía como un conejo en la chistera de un mago. Allí, en una esquina, envuelto por una luz mortecina y unas paredes deslucidas y mohosas, Petrov, de nacionalidad rusa y mudo de nacimiento, fortalecía sus bíceps levantando pesas de treinta kilos.
   El Ruso era un hombre grande, con un corte de pelo al estilo militar, mandíbula pronunciada, facciones rudas y por qué no decirlo, bastante corto de entendederas. Esto no impedía que las cosas le fuesen bien, él se limitaba a obedecer órdenes.
   A escasos metros de donde se encontraba Petrov, los hermanos gemelos Pavesi, amigos de la infancia del sobrinísimo, jugaban al billar. Filippo trataba de meter la bola negra en el agujero correspondiente, de nuevo erró el tiro y Francesco rompió en una estridente carcajada que semejaba la risa de una hiena. Filippo apodado El Palmeras por su gran afición a las camisas hawaianas, lanzó el taco sobre el tapete y a grandes zancadas fue hacia el mueble bar. Los Pavesi formaban un dúo un tanto curioso, a pesar de ser gemelos de treinta y pocos años, nariz inmensa y puntiaguda, una boca grande y larga en la que podría coger un lápiz en horizontal y medir los dos exactamente un metro y ochenta centímetros, se les distinguía con facilidad. Filippo lucía una larga coleta de pelo castaño y vestía siempre trajes de colores en tonos pastel a juego con sus camisas, en cambio su hermano tenía el pelo rapado y acostumbraba a ir en chándal.  En aquél momento, Francesco estaba concentrado, con la mirada fija en la bola blanca, cuando escuchó una serie de fuertes golpes provenientes de la puerta de arriba, la que daba al callejón sin salida de las basuras. Alguien quería entrar en la guarida del lobo.
   Los hermanos se sostuvieron la mirada por unos segundos, hasta que con un bufido Francesco soltó el palo. Subió por la herrumbrosa escalera, que le llevó a la vieja puerta de pino macizo, movió la palanca liberando las aspas de la antigua mirilla de bronce, y pudo ver el rostro del visitante. Sólo era Fabio, así que le abrió y despreocupado bajó las escaleras.
   —¿Has conseguido la pasta? —preguntó.
   —Algo así —contestó tranquilamente Fabio mientras accedía al mismo lugar donde apenas treinta horas antes, un trío de jotas le dejaba en bancarrota.    
   Para la ocasión había escogido su mejor vestuario, que no era más que un viejo y raído traje de pana beige y una camisa blanca. Su semblante era seguro y al mismo tiempo tenso.
   —¿Algo así? Sólo, algo así… no creo que baste con eso Fabio —apuntó Filippo y le dio un trago al gin-tonic que acababa de preparar.
   Fabio no contestó de inmediato, con parsimonia sacó la cajetilla de tabaco del bolsillo de su camisa, extrajo un cigarrillo, se lo llevó a los labios y lo encendió. Los hermanos le miraban extrañados, por algún motivo que no llegaban a comprender Fabio se mostraba desafiante.
   —Quiero ver al jefe —dijo al fin, expulsando una gran bocanada de humo blanco.
   —¿Qué bicho te ha picado? Sabes de más que este tema lo llevamos nosotros, si no tienes la pasta lárgate y búscate la vida, todavía tienes tiempo antes de que me arrepienta —amenazó Francesco señalándole.
   —Creo que no me he explicado bien, Fran, lo que trato de decirte es que solicito audiencia con Don Carlo.
   El Ruso arqueó las cejas y levantó la mirada, los hermanos quedaron estupefactos por unos segundos.
   —Vamos Fabio, no digas tonterías —intervino Filippo con tono conciliador—, sabes como suele acabar eso. Hombre, todavía tienes tiempo, vete y vuelve mañana por la mañana con la pasta.
   Solicitar audiencia con el capo era una norma no escrita en la familia. Si en algún momento se hubiese plasmado sobre un papel diría algo así: «Todo aquél que contraiga una deuda con la familia y no esté en disposición de saldarla en el plazo determinado, podrá pedir Chattare, en este caso Don Carlo escuchará al solicitante y tomará una decisión al respecto».  
   Las pocas veces que ello había ocurrido, solía ser una sesión de súplicas por parte del interesado, que acababa con sus huesos en el fondo de un lago.
   —Solicito audiencia con Don Carlo —exclamó Fabio elevando un poco el tono de voz.
   —Joder, esta va a ser sonada —auguró Filippo, y lo cierto es que no se equivocaba ni un pelo.
   —Está bien, está bien. Es tu decisión, adelante con ello —desistió Francesco, que continuaba  mirándole mientras cogía el teléfono, esperando ver algún gesto de arrepentimiento, pero Fabio se mantuvo impasible.

   La cucharilla de Don Carlo viajaba del plato a su boca cargada de un exquisito tiramisú cuando el teléfono móvil de Giuseppe vibró sobre la mesa. Éste desbloqueó el teléfono y de inmediato le cambió la cara, gesto que no pasó desapercibido para su tío.
   —¿Algún problema? —preguntó Don Carlo limpiándose los labios.
   —Me temo que sí —dijo y deslizó el teléfono para que su tío pudiese leer el mensaje:
                   Ha venido Fabio, solicita audiencia con Don Carlo
   Don Carlo no dijo nada ni mostró reacción alguna, simplemente continuó comiendo con tranquilidad.
   —Pediros unas copas chicas, Giuseppe y yo debemos ocuparnos de un asunto  —Se disculpó una vez el tiramisú quedó reducido a migajas.
   Los dos hombres se levantaron al unísono, caminaron por el lateral del salón y se introdujeron en la cocina. Los cocineros, pinches, camareros y friegaplatos, se apartaban sorprendidos a su paso. Al fondo de la estancia, ambos entraron en un viejo montacargas.
   —Ese Fabio, ¿es quién yo creo que es?
   —Sí.
   —¿Cuánto nos debe?
   —Treinta mil, se le fue la cabeza en la timba del viernes.
   —Bueno, escucharé lo que me tenga que decir.
   El sonido chirriante del elevador anunció la inminente visita, el Ruso soltó las mancuernas y se puso en pie, los Pavesi fueron a recibirle y Fabio quedó a la espera junto al billar. Don Carlo entró en el sótano seguido de Giuseppe, divisó a Fabio y fue a su encuentro.
   —Buenas tardes querido Fabio, hacía mucho tiempo que no sabía nada de ti —dijo y le tendió una mano blanda adornada con un gran anillo de oro.
   —Es un honor para mí que me reciba Don Carlo, le estoy muy agradecido —declaró rodeándole la mano con las suyas e inclinando la cabeza.
   Después del saludo, Don Carlo tomó posición al otro lado del billar, Giuseppe  se situó a su lado, los hermanos quedaron unos metros detrás de Fabio y el Ruso permaneció de pie en su esquina.
   —Bueno Fabio, has solicitado mi presencia y aquí me tienes, te escucho.
   —Gracias Don Carlo, como usted ya sabrá, el viernes perdí todo lo que tenía, no sólo eso, además dejé a deber una gran cantidad de dinero a sus hombres. Estoy aquí hoy para saldar mi deuda, no he podido reunir el dinero pero lo que tengo bien podría superar con creces mi cuenta. Antes de eso, me haría muy feliz que aceptase un regalo, —Fabio introdujo su mano en el bolsillo interior de la americana, Giuseppe hizo ademán de sacar la pistola—. No hay de qué preocuparse, sólo quiero sacar mi móvil, le mostraré una foto, tanto el regalo como el pago de mi deuda están en el coche.
   Giuseppe miró a su tío y éste asintió, Fabio sacó el teléfono, buscó la fotografía y estiró el brazo hasta que la pantalla quedó a escasos centímetros del capo.
   Don Carlo la miró unos instantes, hubo un levísimo gesto en su entrecejo que mostró sorpresa y un brillo de rabia en sus ojos. Fabio guardó el teléfono.
   —¿Y dices que está en el coche?
   —Así es.
   —Petrov, acompaña a Fabio al coche —mandó Don Carlo.
   El Ruso y Fabio se encaminaron hacia la escalera.
   Giuseppe y Don Carlo giraron sobre sus talones e intercambiaron unas palabras entre susurros, luego se volvieron hacia los Pavesi.
   —Dadme vuestras armas chicos —ordenó Giuseppe dirigiéndose a los hermanos—, es probable que la cosa se ponga fea y no quiero un tiroteo aquí. Si alguien va a disparar será Don Carlo.
   Los hermanos avanzaron hasta la mesa y dejaron sus pistolas sobre el tapete: un revolver del 38 y una automática.
   —Ponle un silenciador a esa y guarda la otra —ordenó Don Carlo a su sobrino.
   Llamarón a la puerta y Filippo fue a abrir. El Ruso portaba los dos cubos blancos con tapadera, perfectamente limpios, Fabio le seguía.
   —Déjalos aquí encima Petrov, Gracias.
   El Ruso obedeció, uno de los cubos estaba marcado en rotulador negro con una gran X en la tapa.
  Fabio avanzó hasta la mesa, en seguida advirtió el arma dispuesta sobre el tapete, delante de Don Carlo.
   —Supongo que éste es mi regalo, ¿verdad? —preguntó el capo señalando el cubo marcado con la X.
   Fabio asintió.
   —Ábrelo.
   Así lo hizo, el plástico emitió chasquidos huecos al desprenderse de sus muescas, dejó la tapadera a un lado y arrastró el cubo unos centímetros hacia Don Carlo. El hombre miró en su interior, sólo él podía ver el contenido y así quedó aproximadamente un minuto. Deliberando.
   —Sácala —dijo al fin.
   Fabio se acercó el bulto, metió la mano en forma de garra dentro, hurgó un poco y extrajo la cabeza cercenada de su primo. Agarrándola por el pelo, la alzó hasta que estuvo a la altura del capo.
   —Es un buen regalo Fabio —admitió el Don con una sonrisa en los labios.
   En ese momento el adhesivo de la peluca perdió toda su efectividad con un sonido raspante, Fabio se quedó sosteniendo una mata de pelo sintético y la cabeza cayó sobre el tapete verde, rodó un par de veces y quedó mirando a los Pavesi con ojos secos que casi se salían de las cuencas, tenía la boca abierta sin un solo diente y la calva sonrosada. La reacción de los Pavesi fue idéntica, el parecido entre ambos resurgió como una llama, los dos quedaron estupefactos y nerviosos.
   Don Carlo asió la pistola y disparó dos veces seguidas, las balas silbaron por el aire, Fabio las escuchó con nitidez por su lado derecho. Impactaron en el pecho de Filippo y la camisa hawaiana se tiñó de rojo en cuestión de segundos. Mientras el Palmeras caía, Don Carlo apuntó a Francesco y efectuó otros dos disparos.
   Los Pavesi nacieron y murieron  juntos. Cosas del destino.
   Fabio notó como unas gotas calientes humedecían sus calzoncillos, estaba paralizado, no entendía nada de lo que acababa de ocurrir.

                                                           
                                                                              CONTINUARÁ...


J. R. Carrero




jueves, 8 de febrero de 2018

Bellotas con leche - El reencuentro - J. R. Carrero






   —¿Si?
   —Fabio, soy Toni… Tu primo.
Ambos permanecieron en silencio durante unos segundos, escuchando el sonido efervescente de la línea telefónica.
   —Es una broma, ¿no?
   —No, no es ninguna broma, soy yo.
   —¿Cómo coño te atreves hijo de puta? Me matarían si supiesen que…
   —Venga Fabio, de aquello han llovido mares.
   —Sí, hace mucho tiempo, exactamente once años, pero hay cosas que no se olvidan, recibí unas cuantas palizas por tu culpa. Pensaba que me matarían. Tuviste suerte de que no supiese nada, de no ser así, hubiese cantado como un pajarillo sin ningún remordimiento. ¡Maldito soplón!
   —Ahora soy taxista en Roma.
   —¿Qué? ¿De qué va todo esto? No quiero saber nada de ti. Voy a colgar.
   —No cuelgues Fabio, sólo escucha lo que te tengo que decir, luego tú decides. Sé que te puse en un compromiso, pero créeme, no me quedaba otra opción, tenían cargos en mi contra para meterme en el trullo al menos veinte años. —Toni esperó una respuesta y al no recibirla continuó hablando—. Como te he dicho antes, ahora soy taxista en Roma, lo de ser testigo protegido duró sólo ocho años, luego me dejaron tirado como a un perro. La cuestión es que hace una hora más o menos, he recogido a un chaval en el aeropuerto, el tío ha empezado a vomitar, hasta se ha cagado encima. En fin, le he tenido que dar el pasaporte, ya sabes a qué me refiero.
   —¿Por qué coño me cuentas todo esto? Me importa una mierda a quien le des el pasaporte.
   —Es una mula Fabio, ha vomitado al menos seis bellotas y a saber lo que le queda dentro.
   El cerebro de Fabio funcionaba a toda velocidad, casi saltaban chispas, allí dentro se dibujaban los primeros trazos de lo que acabaría siendo su gran plan. Sin embargo, no debía levantar sospechas, así que continuó haciéndose de rogar un poco más.
  —Voy a colgar...
   —¿No lo ves, Fabio? Este tío es una mina, si es coca podríamos estar hablando de más de cien mil. Yo estoy fuera de circulación, no puedo mover ni un dedo. Tú estás limpio, podrías colocar esa mierda con facilidad. Porque sigues limpio, ¿verdad?
   —Sí.
   —Bien. Luego cogemos la pasta y nos largamos. Podríamos sacar lo suficiente como para empezar de cero en otro país, lejos de toda esta basura. Tú y yo, juntos otra vez Fabio, como en los buenos tiempos, éramos un equipo, ¿lo recuerdas?
   Fabio miró su reloj, eran las seis en punto.
   —Claro que me acuerdo ¿Dónde estás?

   Mientras Fabio y Toni ultimaban los detalles de su reencuentro, en el club Arcoíris a más de mil kilómetros de distancia, el Yesero despertaba de su habitual siesta en la butaca. Desperezándose y estirándose como un gato, le ordenaba a Vangof que le hiciera un café, mientras encendía un cigarrillo negro.
   —Ha llamado Lisa jefe  —informó mientras llenaba la vieja cafetera de agua—. Dice que hoy no podrá venir, al parecer su chico está enfermo.
   —¡Maldita fulana! Joder, encima en sábado, me cago en la madre que la parió. Esa tía da más pasta ella solita que todas las demás juntas, qué poca consideración  —exageró el viejo—. Hay clientes que vienen a este antro sólo por ella.
   —¿Quiere que haga algo al respecto, jefe?
   —¿Y qué coño vas a hacer? ¿Traérmela a rastras? Desde luego Vangof, nunca has sabido tratar a las mujeres, eres un jodido salvaje.
   —Me refería a llamar a otra chica, jefe.
   —¡Ah!  Sí… eso estaría bien. De vez en cuando usas ese melón que tienes por cabeza para pensar. Antes que nada, mira a ver como lo lleva Baúl, ya debería haber llegado.
   Vangof dejó la cafetera en el fuego, fue hacia su escritorio y se sentó frente al ordenador, cliqueó unas cuantas veces y en la pantalla apareció un mapa de Europa con un pequeño punto rojo, más o menos en el centro de la bota italiana.  Hizo doble clic sobre el punto y la imagen se amplió. El secretario arrugó la frente y arqueó las cejas en un gesto de confusión.
   —El chico ya ha llegado jefe, el ordenador indica que está a cuatrocientos metros del hotel, supongo que la ubicación no es del todo exacta. ¿Quiere que le llame?
   —No, déjale en paz, querrá descansar. Tengo entendido que podría tardar hasta cuatro días en cagar toda esa mierda. Informa a Luigi y busca a otra chica para esta noche.
   Vangof cogió el teléfono móvil, abrió el Whatsapp, buscó el contacto y escribió el siguiente texto:
                                          Mi mujer ya esta en el hospital aunq creo q
                                          puede tardar en dar a luz unos días
   La respuesta no se hizo esperar demasiado:

                         OK probablemente mañana iremos a visitarla

   La cafetera emitió su característico silbido, ya estaba listo el café.
                    
                                         ****

   Fabio llevaba gran parte de la charla observando el revólver que aguardaba sobre la pequeña mesa del salón.
   —Buscaré un sitio donde podamos hacerlo con tranquilidad y te mandaré la ubicación —dijo Toni dando la conversación por zanjada.
   —Vale, estaré allí cuando anochezca  —dijo y colgó. Inmediatamente después, cogió el arma con tremenda calma y abrió el tambor giratorio, incrédulo observó como la única bala se alojaba en el alveolo destinado a la detonación.
   «Vaya, Vaya, mi querido primito me acaba de salvar la vida… Lástima que haya sido sin querer.»
   De pronto se sintió más vivo que nunca, notaba como la energía crecía y crecía en su interior, se duchó, afeitó y vistió con ropa vieja y oscura, después recopiló el poco dinero que le quedaba por casa, incluyendo las monedas del viejo bote de cereales. Todo lo que tenía. Cerca de las siete, arrancaba el viejo Fiat color verde oscuro. Debía darse prisa, porque quería parar antes para realizar unas compras.
   Una hora después cargaba el maletero en el parking de EL REY DEL TORNILLO, una gran cadena de tiendas dedicada al bricolaje. En el mismo momento que se ponía al volante, el teléfono móvil de Fabio sonó. Toni le mandaba la ubicación acompañada de un texto:

                         Es un viejo polígono abandonado, es perfecto

   Apretó con su dedo índice sobre las palabras: COMO LLEGAR  de la pantalla y la aplicación le indicó que arribaría a su destino a las 21.03 h.
   «Bien» pensó Fabio, a la vez que se introducía entre el tráfico.
   Se mostraba ansioso, fumaba un cigarrillo tras otro, aun así, condujo con cautela, respetando los límites de velocidad y todas las señales, no quería ningún contratiempo. Al fin y al cabo era su vida lo que estaba en juego.
La negrura de la noche estaba en su plenitud, cuando divisó el destartalado y viejo espacio industrial, se trataba de un conjunto de naves ruinosas con las paredes repletas de grafitis.
   Con las luces apagadas, cruzó el umbral de lo que en un tiempo pasado, había sido la entrada al recinto. El móvil le indicaba que ya había llegado a su destino, pero él continuaba sin ver el taxi. El lugar estaba solitario y silencioso. Condujo muy lentamente, hasta que lo encontró en el interior de la cuarta nave, avanzó un poco más y giró en redondo, aparcó en dirección a la salida. Paró el motor y bajó del coche con sigilo.
   «Tenias razón Toni, el sitio es perfecto» pensó, mientras caminaba hacia el taxi.
   A los pocos metros, empezó a escuchar un sonido áspero e intermitente.
   «¿En serio? ¿Estás dormido? Este cabrón está dormido.» Todas las ventanillas estaban bajadas unos centímetros y del taxi manaba un nauseabundo hedor a sangre,  a excrementos  y a orín. Y sí, Toni estaba en el asiento del conductor con el respaldo echado hacia atrás y roncando como un oso asmático.
   «¿Peluca, te has puesto peluca? Y, ¿esa barba? Madre mía, Toni…» pensó, mientras con la linterna de su teléfono miraba el interior del vehículo, el cadáver del mula permanecía recostado con la camiseta  empapada de sangre y vómito.
   —¡Joder, qué guarrada! —murmuró, volviendo a centrar su atención en Toni.
   Le enfocó la luz directamente a la cara, el taxista despertó al instante con una sacudida, al reconocer a su primo, se incorporó con una sonrisa en los labios y bajó un poco más la ventanilla. En cuanto tuvo espacio suficiente, Fabio introdujo su mano derecha por la ventana, la cual empuñaba el revólver, enterró el cañón en las costillas de su primo y le pegó dos tiros a quemarropa. El eco ensordecedor de los disparos, entrechocó  por cada una de las paredes del edificio durante unos instantes.
   El cuerpo sin vida de Toni se inclinó hacia la derecha, quedando apoyado en el reposabrazos con la cabeza ladeada y hundida en el hombro. Fabio podría haber esperado un poco más, utilizarle para sacar la droga y luego darle el pasaporte, como él mismo hubiese dicho, pero su simple presencia le ponía de los nervios, eso no era nada nuevo, había sido así desde niños, aunque hubo un tiempo en que le quiso como a un hermano. Pero aquel ya no era el Toni que él conocía, si no un completo desconocido. Además, últimamente Fabio prefería trabajar solo. Le observó durante un momento, sorprendiéndose de lo fácil que había resultado eliminarle y en seguida se puso en marcha. Fue a su coche, abrió el maletero, sacó dos cubos vacíos de buen tamaño con tapadera, una abultada mochila deportiva negra; cerró el portón y volvió con todo a la nave. Una vez allí, extrajo del petate: un mono de pintor blanco, unos gruesos guantes de plástico amarillo y un cúter de considerables dimensiones.
   —Recuperación de droga patrocinada por el REY DEL TORNILLO —exclamó divertido una vez que estuvo ataviado.
   Nada más abrir la puerta donde yacía Raúl, se arrepintió de no haber comprado también una mascarilla. Buscó por el techo el interruptor de las luces y lo accionó. Después recuperó tres bellotas del regazo del chico y otras once del espeso y rojizo charco de fluidos en el suelo del vehículo. Las metió en un cubo. Luego dispuso el cuerpo de forma plana sobre el asiento. Con el cúter rajó la camiseta de arriba abajo y el torso de Raúl quedó al descubierto, tenía el vientre hinchado y amoratado. Fabio localizó el punto donde acababa el esternón, hundió la cuchilla sin profundizar demasiado y la deslizó suavemente hacia abajo, hasta que se dibujó una línea roja de unos treinta centímetros. Metió la mano enguantada en la raja y en seguida notó la forma ovalada de las cápsulas. La incisión resultó excelente. Una hora más tarde, decidió dar el trabajo por terminado, desconocía si existían más bellotas allí dentro, pero con lo que había reunido era suficiente para saldar su deuda. Además estaba lo otro, que le había hecho sudar la gota gorda, con el regalito estaba seguro que ahora sería Don Carlo quien le debería un favor a él.
   De la mochila sacó cuatro garrafas de alcohol de quemar, se despojó del mono y de los guantes y los lanzó dentro del coche junto con la bolsa.  Roció el contenido de tres recipientes en el interior del automóvil, empapando bien los cadáveres. La cuarta la vació sobre el techo y el capó. Tranquilamente encendió un cigarrillo y lo fumó con deleite, saboreando cada calada, disfrutando del trabajo bien hecho. Al fin lanzó la colilla sobre el cuerpo inerte de su primo. Las llamas surgieron decididas e intensas, enseguida se extendieron por todo el habitáculo del coche. La nave hasta entonces en penumbra, se iluminó y Fabio pudo ver dibujado en la pared del fondo, el rostro de un gran gato negro con sus orejas puntiagudas, bigotes afilados y grandes ojos amarillos. A su lado en grandes letras mayúsculas, rojas y goteantes, leyó la siguiente frase:

                    SATÁN  TE  OBSERVA  A  TRAVÉS  DE  LOS  OJOS  DEL  GATO  

Como para confirmar la cita, un gato maulló en algún lugar cercano. Frente al crepitar del fuego, Fabio se santiguó tres veces seguidas y se marchó.

                                    
                                                                  CONTINUARÁ...

J. R. Carrero
                                                                           




martes, 30 de enero de 2018

Bellotas con leche - Taxi & Rock - J. R. Carrero








   La cuarentona avinagrada había carraspeado, tosido y llamado al chico en numerosas ocasiones; empezaba a sospechar que estaba muerto. Buscaba nerviosa entre los pasajeros que se levantaban y recogían sus equipajes de mano a alguna azafata para comunicárselo, cuando Raúl abrió los ojos muy despacio.
   —¡Ya era hora, pensaba que estaba en el otro mundo! —exclamó la señora con cierto alivio.
   Sus palabras no obtuvieron ninguna respuesta, pasaron a formar parte del aire sin que nadie las escuchase. Raúl no sabía dónde estaba ni qué debía hacer. Se sentía fuera de su propio cuerpo. Las articulaciones, los músculos, los párpados, lo tenía todo completamente relajado a excepción del estómago, allí dentro era como si dos perros rabiosos peleasen sin tregua por hacerse un hueco. Sus capacidades cognitivas, no empezaron a funcionar hasta pasados más de treinta segundos. Ajeno a la mirada asustadiza que su compañera de viaje le dedicaba, comenzaron a amontonársele recuerdos en forma de imágenes desordenadas: «la cocaína, el Yesero, Marilyn, Vangof, el poli del traje negro… ¿Dónde estaba? ¿Nápoles? No, no, era Roma, estaba en Roma, lo habían cambiado a última hora, los dolores, la poción mágica… ¡Mierda las pastillas! ¡Estoy drogado, joder!»  Profirió para sí y le entraron las prisas.
   Debía de salir de allí lo antes posible. Con ambas manos y fuerza, agarró los reposabrazos se levantó muy poco a poco, temiendo que las piernas no le respondiesen. No fue así, respondieron. Sin embargo, no tenía la sensación de ser él quien las manejase. Era como si flotase, como una marioneta a la que manipulan unos hilos invisibles. Ahora eso carecía de importancia, tenía que irse.
   Gran parte del pasaje ya había abandonado el avión, lo que hizo más sencilla la tarea de encontrar su mochila, la cogió y se la colgó a la espalda sin ni siquiera notar el peso.
   Comenzó a andar a través del pasillo enmoquetado de azul marino y por un instante creyó que estaba caminando sobre el mar.
   —Estás colocado Raúl. ¡Joder, contrólate! —masculló y por primera vez pensó, en qué aspecto tendría de cara al exterior. Levantó la mirada con lentitud siguiendo la línea vertical del pasillo, hasta que sus ojos encontraron a la azafata encargada de despedir a los viajeros. La chica le miraba a escasos tres metros de él y le sonreía con complacencia, su rostro no expresaba ninguna anomalía.
   Esto tranquilizó a Raúl que se dirigió hacia ella utilizándola como guía para mantener un trazado recto al caminar.
   Cuando estuvo a su altura, la muchacha incrementó su sonrisa calculada y le dedicó unas palabras de despedida, pero Raúl no estaba, él flotaba y flotaba, y en su cabeza sólo existían dos palabras que de tanto repetirlas perdieron su significado y se convirtieron en un murmullo mental:
   «Caminar erguido caminar erguido caminar erguido
caminarerguidocaminarer…»
   Abandonar el aeropuerto de Roma, no supuso ningún problema más allá de la disputa interior que Raúl tenía en conservar la calma. Mientras avanzaba, los dolores estomacales parecieron remitir un poco, aun así, de vez en cuando lanzaban punzadas que de momento soportaba.
   Un par de policías situados en una de las puertas de salida, le observaron durante un instante, le reconocieron y se apresuraron en desviar la mirada. 
   En el exterior, el sol descarado de media tarde, le recibió luminoso y brillante. Estornudó dos veces seguidas y el dolor abdominal fue tan profundo que a punto estuvo de caer de rodillas, consiguió mantener el equilibrio con un breve tambaleo, pero los perros rabiosos de sus entrañas se habían vuelto a despertar, y peleaban más feroces que nunca.
   Caminó lánguido hacia la zona reservada a taxis y se introdujo con torpeza en el primero de la fila. El ambiente en el interior era espeso, casi masticable, un revoltillo de distintos olores se coló por sus fosas nasales, de inmediato sintió el estómago revuelto. Esforzándose en que sus gestos pareciesen muy naturales, se acomodó en el  asiento, justo detrás del copiloto, colocó la mochila en su regazo y miró al taxista.
   El tipo, un hombre corpulento de mediana edad, se limpiaba con esmero los dedos regordetes con una toallita húmeda sin prestarle la más mínima atención. Lucía una abundante cabellera de pelos negros y rizados que no parecían reales.
   «Es una peluca, lleva una maldita peluca» pensó Raúl.
   Una poblada y canosa barba escondía a medias, la notable papada, ésta se movía  con un vaivén provocado por los movimientos abruptos de la mandíbula que machacaba el último bocado de lo que había sido un bocadillo de pollo.
   De esta guisa el taxista se giró hacia Raúl.
   —¿A dónde vamos? —preguntó con la boca desdentada y llena de comida.
   La imagen provocó a Raúl la primera arcada, notó el sabor agrio de la leche inundándole la garganta y como una de las píldoras ascendía  por el esófago a toda velocidad.
   Cerró la boca y tragó saliva. Y por el momento todo volvió a su sitio.
   —¿Se encuentra bien, señor? —preguntó el taxista un tanto afligido.
   Raúl tragó saliva de nuevo y consiguió articular unas palabras, esbozando casi una sonrisa:
   —Sí, estoy bien. Ha sido un aterrizaje difícil.
   El taxista asintió dubitativo.
   —Y bien, ¿dónde vamos?
   Raúl sacó una hoja de papel de la mochila y se la tendió al conductor quien la leyó con atención.
   —Esto está a casi cien kilómetros de aquí. Necesitaré un adelanto.
   Aquellas palabras cayeron como una losa sobre Raúl. Estaba colocado, muy cansado y dolorido; lo único que quería era llegar al hotel, estirarse sobre la cama y dormir, dormir, dormir. ¡Oh, dios, eso sería maravilloso! Aunque tenía sentido, el destino final de la mercancía era Nápoles, por tanto Vangof, había reservado el hotel en esa dirección y no le había importado demasiado la distancia.
   Raúl extrajo dos billetes de cincuenta euros de la cartera y se los entregó al taxista.
   —Con esto bastará —afirmó el tipo satisfecho poniéndose en marcha.
   Raúl cerró la mochila, la dejó a su lado y se colocó el cinturón de seguridad. Pensó en cerrar los ojos, quizá eso aumentase la sensación de mareo, así que descartó la idea. Los analgésicos habían surgido efecto sin tener claro que eso fuese positivo, pensó qué quizá sin ellos, todo hubiese resultado peor. Al fin y al cabo estaba drogado. Transcurridos los primeros veinte minutos del trayecto, su organismo pareció estabilizarse un poco, él seguía flotando y flotando, y el taxista conducía de forma monótona.  
   No sentía las piernas ni los brazos, en cambio sentía el pelo, su pelo, estaba allí, lo notaba, incluso podía oírlo.
   «¿Cómo coño puedo oírme el pelo? El taxista lleva peluca, me duele, quiero dormir...»
   Divagaba.
   Dormitó durante casi cuarenta minutos y luego despertó sobresaltado, poco a poco lo hicieron sus piernas, flojas, endebles y blandas. También la cabeza, atronadora y zumbadora. De pronto el dolor de barriga fue insoportable y se expandió al pecho. Las punzadas en el estomago eran constantes, como alfileres clavados en el centro de una herida. Notó un hilillo de calor en la nariz, se llevó la yema de los dedos, estaba sangrando. Tenía frío y calor al mismo tiempo, ¿era aquello posible? Al parecer, sí.
   —¿Se encuentra bien? Ya casi llegamos, es la próxima salida —dijo el taxista con la mirada fija en el retrovisor del parabrisas.
   Raúl no pudo reprimir la arcada, hundió la cabeza entre las rodillas y vomitó emitiendo unos sonidos guturales espantosos. Notaba las cápsulas subiendo por la garganta, desgarrándole milímetro a milímetro. Expulsó seis bellotas envueltas todas ellas en un viscoso líquido sanguinolento y blanquecino. A causa del esfuerzo perdió el control del esfínter y se cagó encima. El taxista profería maldiciones a viva voz, entretanto tomaba la salida de la autopista y paraba en el arcén.
   Por un momento las arcadas cesaron y Raúl se derrumbó sobre el respaldo, tenía la boca abierta y toda la barbilla ensangrentada, como un vampiro que acaba de darse un festín. Una cápsula se le había quedado sobre la lengua, la empujó con la misma al exterior y el movimiento le provocó una nueva convulsión. Apoyó la frente en el asiento del copiloto y volvió a descargar. Vomitaba y escuchaba música, un susurro acompasado y rítmico, era rock and roll antiguo, algo de los sesenta o setenta.
   En ese instante supo que iba a morir, lo que no imaginaba era cómo.
   Escuchó una detonación, lejana, como un petardo que explota a medio kilometro de distancia y calor, mucho calor en el pecho. El impacto le impulsó y empotró hacia atrás contra el asiento. La música seguía sonando.
   «¿Esta es la música que se escucha en las puertas del infierno?» pensó sin coherencia, ese último pensamiento le provocó un ataque de risa macabra que enseguida se vio interrumpido. Dos convulsiones espasmódicas provocaron la  extracción de un par de bellotas más, como una máquina expendedora de refrescos estropeada.
   El segundo disparo no hubiese sido necesario pero el taxista apretó el gatillo otra vez, quizá para no seguir mirando aquel dantesco espectáculo.
   Observó el nítido y rojo agujero en la frente del chico y como el cuerpo inerte se deslizaba por el asiento hasta que quedó recostado, dejó la pistola en el asiento del acompañante y bajó el volumen de la radio.
   Sonaba Folsom Prison Blues de Johnny Cash.


                            ******


   Mientras Raúl escuchaba la que sería su última canción, en un pequeño apartamento ubicado al norte de Nápoles, Fabio, un hombre, un año más joven que el taxista, esnifaba una raya de coca. Cogió el revólver del calibre 38 que tenía sobre la mesita del salón, metió una bala en el tambor, lo hizo girar y lo cerró con un leve movimiento de muñeca. Luego se lo metió en la boca.
   «Dispararé cinco veces si salgo con vida pensaré en algo, si no, que te jodan Fabio» pensó.
   A Fabio le gustaba apostar, tanto que aquella tarde había decidido jugarse la vida, de todas formas si no lo hacia él mismo lo harían los chicos de Don Carlo en más o menos cuarenta horas.
   Le debía treinta de los grandes por culpa de una mala mano. Por supuesto, no tenía el dinero ni forma de conseguirlo. Algo serio.
   Sostenía la pistola con las dos manos, notando el tacto frío del metal sobre la lengua seca y rugosa. Se disponía a apretar el gatillo cuando sonó el teléfono. Fue tal el sobresalto que a punto estuvo de disparar por accidente. Con mucho cuidado dejó el revólver sobre la mesa, enjugó las lágrimas con el dorso de las manos, carraspeó un instante y atendió la llamada.

                                                                         CONTINUARÁ…

                       

J. R. Carrero





viernes, 26 de enero de 2018

La historia de un nombre (Parte I) - Benjamín J. Green







Recuerdo adormecido

“Las leyes de los dioses dicen que una vez que el nombre de un recién nacido traspasa la barrera de los dientes de su padre o de su madre, no puede ser retirado ni cambiado, porque la maldición perseguirá a ese niño el resto de su vida, haciendo de su pasar por el tiempo adjudicado en este duro mundo, un infierno de desgracias, padecimientos e infelicidades.”

Esperando en la consulta del dentista, leía un libro sobre las tan humanas vidas de las antiguas deidades griegas, cuando me topé con este pasaje, despertando en mi memoria, una sórdida historia familiar que había estado cogiendo polvo en alguna estantería de mi mente. Digo familiar, porque mi nombre tiene una historia curiosa, triste, y desde ese momento, puede que hasta preocupante.

                                                    
                               
                                                 *****


Mi bisabuelo materno se llamaba Benjamín. Había tenido una prolífica descendencia: cuatro hijos y cinco hijas, y por aquel entonces, lo normal en muchos de los pequeños pueblos españoles, era poner el nombre del padre a alguno de ellos. Pero en este caso y para desdicha suya, ninguno de sus hijos y nietos, se llamaba como él.

Contaba con cincuenta años y era viudo desde hacía un lustro, cuando protagonizó un escandaloso episodio que paso a relatarles, relegando su nombre al más profundo de los olvidos.

Fue una cálida noche de primavera del año 1.928, en un pequeño pueblo de la provincia de Albacete, pegado al río Júcar. Donde las buenas gentes del lugar, la mayoría eran campesinos honrados y piadosos, dormían el sueño de los justos. Todos no, si alguien hubiese mirado desde una ventana de las casas más altas del pueblo a las tres de la madrugada, habría podido ver una sombra escurridiza que iba de casa en casa por los tejados, apareciendo y desapareciendo, esquivando chimeneas y aleros, parándose de tanto en tanto a tomar aliento.

Probablemente ese vecino, se persignaría encomendándose a todos los santos, convencido de que el diablo andaba suelto. En aquellos tiempos, las gentes sabían, que el oscuro y sus acólitos, merodeaban por las techumbres, intentando entrar en las moradas de los creyentes por algún hueco sin bendecir.

Pues no, no era el diablo. Sólo era un hombre que iba al encuentro de su amante que vivía cinco o seis edificios más allá. Ella era casada y su marido trabajaba en Francia, viniendo a verla dos o tres veces al año a casa de su hermano donde se alojaba. Casualmente, amigo íntimo del amante furtivo.

El hombre accedía al aposento de su amada por uno de los aleros del patio, donde una pequeña cancela permitía los encuentros secretos.

Cada casa del pueblo, disfrutaba de un patio interior, que ofrecía fresco en verano y retenía el calor procedente de las habitaciones superiores en invierno. Engalanado con una fuente, mesa, sillas y macetas. Y en la parte superior, un pequeño avancé de fina madera de quita y pon, para protegerse de los rayos del sol de verano, y que se retiraba en invierno para obtener más luz.

Llegando el conquistador a su destino, no se dio cuenta de que el avancé estaba colocado, debido a las altas y tempranas temperaturas de aquel año. El liviano entramado, no estaba hecho para soportar el peso de una persona y la mala suerte quiso que tropezara, lo que le llevo a apoyar el pie sobre el frágil tejadillo de madera. Al pisarlo se rompió, y el hombre se precipitó al patio desde el segundo piso.

Cayó sobre la mesa rompiéndola pero salvando los huesos, o eso creía él. Intentó levantarse medio mareado por el golpe, sin ser consciente de la situación, hasta que unas voces airadas y un garrotazo en la espalda que lo volvió a tumbar en el suelo, lo hizo tomar conciencia de repente, de la cruda realidad en la que se encontraba. Hermano y sobrinos de su amante, lo estaban apaleando a base de bien.

Ella les gritaba:

—¡Vais a matarlo! ¡Parad! ¡Parad! Lo conozco y viene a verme.

Estas palabras frenaron la paliza, que de haber seguido, habría acabado muy mal para el Casanova que ya estaba medio inconsciente, sangrando y con algunos huesos rotos.

Efectivamente, cuando alguien trajo un candil, el dueño de la casa lo reconoció: era su amigo Benjamín. Por aquella época, encamarse con una mujer casada, aunque uno fuera viudo, podía convertirse en una ofensa de sangre, era un asunto muy serio.

El ser amigos de toda la vida, salvó a mi bisabuelo del garrotazo final. El patriarca lo echó de su casa con cajas destempladas, dando por finiquitado cualquier lazo de amistad.

Mientras tanto, en la calle se habían congregado los vecinos alertados por la algarabía y el griterío. Hacía muchos años que no se montaba un escándalo de tal magnitud en la pequeña comunidad rural, concretamente desde hacía tres décadas, cuando la madre del tuerto, ya entrada en años, se fue tras un romancero mucho más joven, llevándose a la mula.

Entre los presentes, estaban los hijos e hijas del Don Juan, que estupefactos, vieron abrirse la puerta de la casa y salir al padre con signos de haber recibido una tremenda tunda que casi no podía caminar. Lo recogieron y se lo llevaron a casa para curarlo y esconderlo, bajo las chanzas y burlas de los vecinos.

La familia se sintió avergonzada del comportamiento del abuelo y se preguntaba con aprensión, qué iba a pasar al regreso del marido traicionado. Quiso el destino que no lo hiciera jamás, enviándolo a mejor vida, ignorante y coronado por magna cornamenta, a causa de un accidente laboral. Dejando viuda a la amante.

La convalecencia del enfermo, se prolongó varios meses, obligándolo a guardar cama y a soportar con estoicismo las largas charlas de Don Venancio, que como buen cura del pueblo, tenía la ardua faena de devolver toda oveja descarriada a su redil.

La familia de ella, furiosa y avergonzada, mandaron a la adúltera con una tía abuela que vivía en la capital.

De no ser por el incidente y la consiguiente oposición de las familias implicadas, mi bisabuelo hubiese tenido una vida diferente, menos solitaria y más acorde a su temperamento aventurero. Se encerró en sí mismo, comunicándose con los suyos por obligación y con el pesar de que ninguno de sus nietos se llamara como él. El clan se sentía tan abochornado que decidieron borrar su nombre del árbol familiar.

Entre silencios fueron pasando los años, hasta que apareció mi padre.



                                                                                        Continuará...



Benjamín J. Green